La desinformación como segunda tragedia, por Luis Ernesto Aparicio M.
A dos semanas de una tragedia que muchos quisiéramos borrar de nuestra memoria y de la historia del país, los desaparecidos se siguen contando, la irreparable pérdida de vidas continúa en aumento y lo que hasta hace poco fue el hogar de miles de venezolanos simplemente ha desaparecido.
También se acumulan las dudas, las medias verdades y las cifras que no coinciden entre las versiones oficiales, el voluntariado y otras fuentes.
Todo ello resulta frecuente en países donde nunca ha existido una verdadera cultura de prevención ni planes eficaces para la gestión de riesgos, pero también en aquellos donde la opacidad frente al escrutinio ciudadano se ha convertido en una práctica habitual, como ha ocurrido en Venezuela durante las dos últimas décadas
No obstante, lo más preocupante, sobre todo para quienes han perdido a un ser querido, es que toda tragedia abre una enorme necesidad de información y esta no siempre es atendida de manera objetiva, oportuna y transparente.
Las personas buscan respuestas inmediatas: cuántos fallecidos hay, dónde están los desaparecidos, qué ayuda se necesita y qué ocurrió realmente.
Pero cuando la confianza ya se ha deteriorado por acción u omisión, esa necesidad de información se transforma en incertidumbre, ansiedad y rabia.
Es precisamente allí donde o se refuerza la aparición de dudosos datos oficiales y aparecen actores cuyos intereses poco o nada tienen que ver con la dimensión humana de la tragedia.
Aprovechan el vacío que deja la ausencia de una sólida y creíble estrategia de comunicación para ocupar el espacio con versiones parciales, especulaciones o información deliberadamente manipulada.
Lo que hemos visto durante estos días confirma que ese vacío termina siendo aprovechado por quienes difunden desinformación.
Salvo el trabajo responsable de numerosos periodistas y medios de comunicación independientes, algunos lo hacen por intereses políticos; otros, para obtener visibilidad en las redes sociales; y no faltan quienes simplemente comparten información sin detenerse a verificar su autenticidad.
Por otra parte, tragedies de esta magnitud son especialmente vulnerables a la improvisación informativa.
Personas sin experiencia en la verificación de datos difunden cifras, imágenes o testimonios cuya procedencia resulta incierta.
A ello se suma la circulación de datos exageradamente contradictorios, utilizados unas veces para minimizar el desastre y otras para aumentar el dolor, según los intereses de quienes los difunden.
Las redes sociales terminan amplificando el problema.
Un video antiguo, una fotografía tomada en otro país o unas declaraciones auténticas, pero sacadas de su contexto, pueden alcanzar millones de personas en cuestión de horas y convertirse, para muchos, en una aparente verdad.
La posverdad no solo constituye un problema en sí misma; también profundiza la desesperanza de quienes intentan reconstruir lo poco o mucho que han perdido.
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Una imagen manipulada o una declaración descontextualizada puede generar falsas expectativas, rabia, angustia o resentimiento que, inevitablemente, terminan convirtiéndose en frustración. Por eso insisto en que el problema no es únicamente la mentira. También lo es la descontextualización de los hechos.
En momentos como estos, verificar una información antes de compartirla también constituye una forma de solidaridad. Ayudar no consiste únicamente en remover escombros o donar alimentos; también implica impedir que el miedo, el odio y la manipulación se propaguen más rápido que la verdad.
De allí la importancia de apoyarse en aquellas comunicaciones, que por muy tradicionales que sean, son las más verificadas y por lo tanto seguras.
Luis Ernesto Aparicio M. es periodista, exjefe de prensa de la MUD
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