La sociedad también tiene respuestas, por Luis Ernesto Aparicio M.
A propósito del anterior artículo, en el que abordábamos el principio fundamental de estar preparados para enfrentar acontecimientos o catástrofes naturales, hoy nos referiremos a la oportunidad que tienen todos los ciudadanos de convertirse en un factor de planificación y ayuda ante estos acontecimientos, evitando con ello la improvisación y convirtiéndose en ese punto de apoyo que toda sociedad organizada requiere frente a las tragedias.
Como ya lo mencionamos, aunque todos los momentos son adecuados para instaurar una cultura del riesgo, lo que han dejado los terremotos debería convertirse en el punto de partida definitivo para comenzar a trabajar en ella.
No solo desde el Estado, sino también con la participación de todos aquellos que tengan algo que aportar desde el conocimiento, la experiencia y la capacidad para enfrentar las consecuencias de un desastre natural. En pocas palabras, hay que avanzar hacia quienes pueden ayudar a construir esa cultura y, sobre todo, hacia quienes pueden aportar propuestas cuando el Estado no tiene todas las respuestas.
Apartando sus responsabilidades y deberes para con los ciudadanos, una sociedad preparada para los desastres no se construye únicamente desde el Estado. También necesita ciudadanos organizados, organizaciones no gubernamentales, especialistas y equipos voluntarios capaces de producir conocimiento, formular propuestas y acompañar la respuesta pública.
Estas líneas no serán para inventar un papel nuevo para las ONG. Se tratará, más bien, de plantear que Venezuela necesita desarrollar con mayor profundidad una función que ya forma parte de los enfoques modernos de gestión del riesgo. La idea fundamental es que también necesitamos una sociedad capaz de pensar, organizarse y proponer qué debe hacer el Estado ante un desastre.
Y es que los terremotos han demostrado, al menos en Venezuela, que más allá de sus reconocidos logos y de los mensajes que se han sembrado en la conciencia de todos, las organizaciones no gubernamentales pueden aportar capacidades que no necesariamente están disponibles en el Estado en un momento determinado.
La Cruz Roja ha jugado un papel fundamental al mantener activos hospitales y algunas clínicas, a pesar de las condiciones en las que se encontraban antes y después de la tragedia, lo que permitió el apoyo de equipos internacionales en las labores de respuesta. Cáritas Venezuela es otra de las organizaciones plenamente activas luego de los sismos, apoyada en su estructura nacional para atender rápidamente las necesidades de las comunidades y priorizar las necesidades reales, más allá del agua y algunos artículos que muchos decidieron donar. Ambas organizaciones han sabido enfocarse en necesidades concretas.
Hay muchas organizaciones más, nacionales e internacionales, que con su conocimiento y experiencia han contribuido a atender las necesidades de quienes han sufrido pérdidas humanas y materiales. Con esto se quiere decir que no se trata simplemente de «llegar con ayuda». Hay una lógica que combina conocimiento local, capacidad técnica y continuidad.
No obstante, la importancia de las organizaciones no gubernamentales en la atención inmediata de quienes lo necesitan también debería incorporar otro elemento: el conocimiento. ¿Qué queremos decir con esto? Pues muy sencillo. Después del rescate de los sobrevivientes y de la dolorosa primera fase de recuperación de los cuerpos posibles, vendrán otras etapas en las que más de un ciudadano tendrá algo que aportar, ya sea como profesional o a partir de su experiencia.
*Lea también: Construir una cultura para enfrentar los desastres, por Luis Enrique Aparicio M.
Es aquí donde las ideas que puedan sumarse para la reconstrucción y la promoción de una cultura del riesgo adquieren especial importancia. Pueden surgir desde una ONG o desde alguna iniciativa ciudadana, como la que se han propuesto un grupo de venezolanos a través de un proyecto denominado Desafío Fénix Venezuela. Allí, profesionales con conocimientos diversos han decidido enfocarse en la presentación de propuestas que contribuyan a reducir la vulnerabilidad ante los riesgos derivados de amenazas naturales.
De tal manera que, más allá de la inmediatez de la ayuda en el sitio, es importante reconocer que este tipo de organizaciones también puede desempeñar un papel fundamental en el establecimiento de esa cultura del riesgo de la que hemos hablado y en la construcción de una planificación ajustada a políticas públicas reales, aplicables, duraderas y efectivas.
Porque, como ya lo mencionamos, la tragedia ha demostrado que Venezuela no solamente necesita un Estado preparado para responder ante los desastres. Necesita también una sociedad civil capaz de organizarse, producir información, aportar conocimiento especializado, vigilar los recursos y formular propuestas para enfrentar la fuerza de la naturaleza.
Luis Ernesto Aparicio M. es periodista, exjefe de prensa de la MUD
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