El día después del autoritarismo, por Luis Ernesto Aparicio M.
Como para cerrar un ciclo, he venido desarrollando una serie de reflexiones sobre lo que podría venir para Venezuela, muy a pesar del empeño de la naturaleza -sin ánimo de retarla- y de quienes, desde dentro y desde fuera del país, parecen hacer todo lo posible para impedir que ese momento llegue.
Quisiera detenerme ahora en un asunto del que se habla muy poco: qué debería comenzar a diseñarse para el día en que Venezuela inicie una verdadera transición política, ya sea como resultado de unas elecciones, de un gobierno de coalición, de una junta o de cualquier fórmula que permita abrir el camino hacia la construcción de un nuevo país.
Las transiciones políticas no terminan el día de las elecciones. En realidad, comienzan ese mismo día.
Gobernar después de un largo período de concentración del poder exige mucho más que sustituir a un presidente. Exige decidir qué instituciones deben reformarse, cuáles pueden preservarse y, sobre todo, cómo evitar que un nuevo gobierno termine reproduciendo los mismos mecanismos que hicieron posible el autoritarismo.
De Venezuela se habla constantemente sobre cómo salir del chavismo, pero mucho menos se habla de cómo desmontar el entramado institucional, administrativo y jurídico que el chavismo construyó durante veintisiete años.
Y ese, probablemente, será uno de los mayores desafíos.
La historia ofrece distintas experiencias. Algunas exitosas, otras no tanto. Cada país ha debido encontrar su propio camino para recuperar el equilibrio entre los poderes públicos, restablecer la independencia judicial, reconstruir la confianza institucional y devolver al Estado su verdadera razón de ser: servir a los ciudadanos y no al grupo que circunstancialmente ocupa el poder.
En ese contexto, Hungría está ofreciendo hoy un caso especialmente interesante.
Más allá de las diferencias evidentes entre ambos países, la experiencia húngara permite observar uno de los problemas más complejos de toda transición democrática: ¿cómo desmontar un aparato de poder profundamente arraigado sin debilitar el propio Estado de derecho que se pretende reconstruir?
Durante años, el gobierno de Viktor Orbán concentró progresivamente el poder político, redujo los espacios de control institucional y fortaleció un modelo que él mismo definió como una «democracia iliberal», expresión que con el tiempo ha terminado siendo utilizada por otros dirigentes para justificar fórmulas similares de concentración del poder.
Al mismo tiempo, fue consolidándose una extensa red de intereses políticos, económicos e institucionales difícil de desmontar de un día para otro. Precisamente por eso, el eventual cambio político no puede limitarse a la sustitución de unas autoridades por otras.
El verdadero reto consiste en recuperar las reglas democráticas sin caer en la tentación de utilizar los mismos métodos que se pretende superar.
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Por eso, una de las primeras iniciativas impulsadas por el nuevo gobierno húngaro ha sido promover reformas orientadas a limitar nuevamente la concentración del poder. Entre ellas destacan la limitación de los mandatos del primer ministro y cambios destinados a recuperar la independencia de instituciones llamadas a ejercer funciones de control constitucional.
Más allá del resultado que finalmente tengan esas reformas, el mensaje resulta relevante: las democracias no se reconstruyen únicamente ganando elecciones; también deben crear mecanismos que dificulten que el autoritarismo vuelva a instalarse. Esa es una discusión que en Venezuela también debería comenzar a darse.
No se trata de copiar el caso húngaro. Ninguna transición es idéntica a otra. Pero sí de comprender que desmontar veintisiete años de concentración del poder exige mucho más que un triunfo electoral.
Mientras algunos discuten si las elecciones deben realizarse hoy o dentro de algunos meses, quizás también convenga dedicar tiempo a responder otra pregunta igual de importante: ¿cómo garantizar que quien resulte elegido pueda gobernar con instituciones capaces de sostener la democracia y evitar que el país vuelva a recorrer el mismo camino?
Porque el verdadero desafío no será únicamente cambiar un gobierno. Será construir un Estado que haga mucho más difícil que otro autoritarismo vuelva a instalarse.
Luis Ernesto Aparicio M. es periodista, exjefe de prensa de la MUD
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