¿Cuándo debe votar un país?, por Luis Ernesto Aparicio M.
Hoy Venezuela enfrenta un dilema que trasciende la política y obliga a pensar en las prioridades nacionales.
Mientras algunos dirigentes consideran indispensable comenzar cuanto antes el camino hacia unas elecciones presidenciales, desde el gobierno sostienen que ninguna convocatoria puede convertirse en el centro del debate cuando el país aún intenta recuperarse de una de las mayores tragedias de su historia reciente.
No se trata de una discusión sencilla. Tampoco admite respuestas absolutas. Precisamente por eso conviene abordarla sin consignas y con la serenidad que exige un momento excepcional.
Como ya lo hemos comentado, la democracia no consiste únicamente en votar. También exige que existan condiciones materiales e institucionales que permitan a los ciudadanos ejercer plenamente sus derechos.
Cuando un país enfrenta una emergencia de gran magnitud, resulta legítimo preguntarse si la prioridad inmediata debe ser la competencia política o la recuperación de las capacidades mínimas del Estado y de la sociedad.
Por un lado, es comprensible pensar que, después de una catástrofe cuya magnitud aún continúa siendo evaluada, la prioridad inmediata debería centrarse en la atención humanitaria, el rescate, la reconstrucción y la estabilización institucional.
En situaciones de emergencia nacional, ciertos países han optado por aplazar procesos electorales porque organizarlos requiere recursos económicos, capacidad logística, seguridad y una atención institucional que, en circunstancias extraordinarias, suele estar concentrada en atender la emergencia.
Desde esa perspectiva, los llamados a elecciones podrían percibirse como desconectados de las necesidades más urgentes de la población o incluso como intentos de aprovechar una coyuntura para obtener ventajas políticas.
Por otro lado, quienes defienden la realización de elecciones sostienen que precisamente las crisis profundas requieren mecanismos de legitimidad democrática y renovación institucional.
Para ellos, unas elecciones pueden convertirse en una vía para reconstruir la confianza ciudadana y dotar de legitimidad a las decisiones difíciles que habrá que tomar durante la recuperación.
No obstante, ambas posiciones deberían responder primero una serie de preguntas que, más allá de la disputa política, conduzcan a decisiones orientadas al bienestar de unos ciudadanos que han vivido más de dos décadas de crisis permanente.
Entre estas preguntas destacan: ¿Están garantizadas las condiciones mínimas para que la población participe? ¿Existen las capacidades institucionales y logísticas para organizar un proceso creíble? ¿La prioridad nacional debe concentrarse hoy en la competencia política o en la atención de las víctimas y la reconstrucción? ¿Contribuirían las elecciones a acelerar la recuperación o terminarían desviando recursos y atención de la emergencia?
*Lea también: Reformar hoy para no lamentar mañana, por Omar Ávila
Creo que esas preguntas son más importantes que un «sí» o un me gusta o no «no» automático a las elecciones.
Nada de esto significa resignarse a la continuidad de un modelo político que ha contribuido al deterioro institucional, económico y social del país. El cambio es necesario y, para muchos, representa una aspiración legítima después de tantos años de crisis.
Lo que merece una reflexión serena es si ese cambio debe perseguirse sin considerar las condiciones extraordinarias que hoy enfrenta Venezuela o si, precisamente para que sea definitivo y estable, debe construirse sobre prioridades claramente definidas. La historia reciente demuestra que cambiar un gobierno no basta para cambiar un país.
Tal vez el verdadero desafío no consista en decidir si las elecciones deben realizarse pronto o más adelante. El desafío es evitar que la urgencia política termine desplazando la urgencia humana. Porque quienes hoy han perdido familiares, viviendas, hospitales o escuelas difícilmente entenderían que la prioridad nacional pase primero por una campaña electoral antes que por la reconstrucción de sus propias vidas.
Las elecciones llegarán –y deberán llegar–, porque forman parte indispensable del cambio. Pero también deberán encontrar un país con instituciones capaces de organizarlas, ciudadanos en condiciones reales de participar y una nación que haya comenzado a levantarse de una tragedia cuyas consecuencias todavía siguen desarrollándose.
Luis Ernesto Aparicio M. es periodista, exjefe de prensa de la MUD
TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo.





