El cambio de época en la Venezuela de 2026, por Omar Ávila
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Hay fotografías que retratan un simple encuentro institucional y hay otras que inmortalizan un cambio de época, como el observado en el contexto diplomático de la 81.ª Asamblea General de las Naciones Unidas, donde Venezuela fijó posición ante la comunidad internacional.
Quienes hemos seguido con rigor el devenir político de nuestro país no podemos pasar por alto el contraste: ver a la representación del Estado venezolano hablar desde la tribuna global de cooperación, entendimiento y reconciliación, y agradecer públicamente la disposición del gobierno de los Estados Unidos y del presidente Donald Trump para retomar el camino de las relaciones bilaterales y la seguridad energética, marca un punto de inflexión histórico.
Atrás va quedando la retórica de la confrontación estéril que dominó el debate durante años; por lo tanto, lo que presenciamos hoy es la irrupción implacable de una verdad fundamental de las relaciones internacionales: los países no tienen enemigos eternos, sino intereses permanentes.
Este viraje diplomático no es un hecho menor ni casual; responde a lo que en teoría política se conoce como pragmatismo de Estado: tras años de polarización extrema, sanciones y parálisis, la realidad termina imponiendo su propio peso.
Desde Unidad Visión Venezuela, llevamos años divulgando la necesidad de destrabar la economía nacional, reactivar el aparato productivo y devolverle la viabilidad al país, sustituir los extremos y entender el realismo geopolítico.
El reconocimiento de la necesidad de equilibrios en el mercado energético global, la búsqueda de alivio a las restricciones financieras y el llamado a la reconstrucción nacional no son concesiones retóricas, sino decisiones pragmáticas indispensables.
Como bien se ha debatido en los círculos de política exterior más influyentes –incluso desde posturas tan firmes como las del secretario de Estado Marco Rubio–, resulta inviable aspirar a una república estable y duradera sobre la base de un colapso económico y social continuado.
La recuperación económica no es un lujo teórico, es la premisa básica para cualquier gobernabilidad.
Sin embargo, el pragmatismo político, siendo un instrumento sumamente eficaz para desbloquear crisis complejas, no debe ser un fin en sí mismo, sino el medio para alcanzar un objetivo superior: la estabilidad democrática y el bienestar del ciudadano.
El compromiso planteado por la presidenta encargada Delcy Rodríguez ante la ONU de avanzar hacia una «transformación democrática, institucional y verificable», fundamentada en el diálogo y en la realización de procesos electorales con garantías, debe convertirse en la hoja de ruta que acompañe a la apertura económica.
La economía abre las puertas y genera confianza, pero son las instituciones sólidas y transparentes las que garantizan que el progreso sea duradero y equitativo.
El verdadero desafío que se nos presenta a las puertas del último trimestre de 2026 es entender que este cambio de época nos exige a todos una madurez política proporcional al tamaño de la crisis que hemos atravesado; en tal sentido, superar la polarización no significa renunciar a las convicciones ni borrar las diferencias, sino asumir de una vez por todas que la identidad y el futuro de Venezuela están por encima de las expectativas personalistas.
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Bienvenido sea el pragmatismo si sirve para atraer inversiones, reactivar el empleo y devolverle la tranquilidad a los hogares venezolanos; pero retomemos nuevamente la política como herramienta fundamental para la solución de los problemas de nuestra gente.
Omar Ávila es secretario general nacional de Unidad Visión Venezuela.
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