Tiempo y dinero para reconstruir un país, por Luis Ernesto Aparicio M.
De las muchas preguntas que hoy nos hacemos, tanto en el ámbito público como en el más íntimo, quizás la más importante sea esta: ¿cómo volver a levantar a Venezuela? Y hablo de Venezuela en su conjunto, porque el terremoto no golpeó a un país sólido y preparado, sino a uno que ya arrastraba profundas debilidades institucionales, económicas y de gobernanza, problemas que la naturaleza ha venido a agravar de la peor manera.
Partiendo de que la recuperación de cualquier país descansa en gran medida sobre su capacidad económica, Venezuela enfrenta este desafío con una economía que apenas había comenzado a mostrar algunos signos de recuperación después de años de deterioro y estancamiento.
Antes del terremoto, algunos organismos internacionales proyectaban un modesto crecimiento económico para este año, lo que permitía pensar que, al menos en términos económicos, el panorama comenzaba a mostrar señales de cambio. Pero, como suele ocurrir con la naturaleza, nadie contaba con la magnitud de su fuerza.
La devastación dejada por los terremotos todavía no puede cuantificarse con precisión. Apenas unas semanas después de la tragedia, las imágenes continúan siendo de desolación: edificios derrumbados, comunidades destruidas y, posiblemente, personas que aún permanecen bajo los escombros. Las fotografías que hoy recorren el mundo muestran escenas que recuerdan a las de ciudades devastadas por la guerra.
Todo ello ha llevado a un centenar de economistas de distintas partes del mundo a presentar un documento propositivo, algo poco frecuente en la historia reciente. Comprendiendo que el terremoto golpeó a un país ya disminuido por décadas de deterioro, estos especialistas parten de una realidad incuestionable y es que Venezuela necesitará dos recursos fundamentales para ponerse nuevamente de pie: tiempo y dinero.
En cuanto al primero, existe relativa claridad. Ningún país devastado por una tragedia de esta magnitud se reconstruye en meses ni mediante discursos cargados de optimismo o promesas populistas. La recuperación será larga y exigirá paciencia, planificación y perseverancia.
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El segundo recurso, el dinero, es el más escaso. Buena parte de los recursos que hoy serían indispensables para atender la emergencia y emprender la reconstrucción se perdieron en medio de la corrupción y el despilfarro que han acompañado al país durante años. Otra parte permanece comprometida por deudas y obligaciones financieras acumuladas.
Ante esa realidad, el documento de los economistas plantea la necesidad de eliminar cualquier obstáculo económico y financiero que impida el alivio y la reconstrucción del país. También propone algo que, incluso para quienes no somos especialistas en economía, parece razonable en estas circunstancias: la suspensión o reestructuración de las obligaciones financieras que impiden disponer de mayores recursos para la emergencia.
Como señalan los propios firmantes del documento: «Una crisis de deuda en estas condiciones es una crisis de desarrollo y humanitaria».
Es comprensible que muchos venezolanos observen estas propuestas con desconfianza. La memoria colectiva todavía conserva el recuerdo de cómo fueron administrados los enormes recursos que alguna vez tuvo el país. Yo mismo comparto esa preocupación. Sin embargo, también existen mecanismos de supervisión y control internacional que podrían garantizar que los recursos destinados a la reconstrucción sean utilizados precisamente para ese propósito.
La propuesta de estos economistas adquiere una importancia especial porque, a medida que transcurren los días, el impacto inicial de la tragedia comienza a desvanecerse en la atención internacional, mientras que la situación de los venezolanos afectados puede agravarse.
Es por eso por lo que la recuperación dependerá no solo de las capacidades del país, sino también de la disposición de organismos internacionales, instituciones financieras y otros Estados para acompañar este esfuerzo.
Al final del documento aparece un párrafo que invita a una profunda reflexión, especialmente para quienes creen que este es el momento de anteponer intereses o demandas económicas:
«La emergencia es humana. El rescate, el refugio, los hospitales, el agua, la energía, el transporte, la comida y los medicamentos no pueden esperar a la negociación diplomática, los comités de acreedores o la documentación de sanciones. Cada hora de retraso convierte un desastre natural en una catástrofe social evitable».
Quizás esa sea la mayor lección de este momento. Los terremotos son inevitables; convertir sus consecuencias en una tragedia prolongada por la inacción, la burocracia o los intereses particulares sí es una decisión humana.
Y la reconstrucción de Venezuela, hoy más que nunca, exige comprender que levantar un país requiere algo más que buenas intenciones: requiere tiempo, recursos y la voluntad de colocar la vida y la dignidad de las personas por encima de cualquier otra consideración.
Luis Ernesto Aparicio M. es periodista, exjefe de prensa de la MUD
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