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A Clara Andrea, en el día de su graduación, por Gustavo J. Villasmil-Prieto



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Opinión TalCual | abril 21, 2018

Autor: Gustavo J. Villasmil-Prieto | @gvillasmil99


“Gaudeamus igitur,
juvenes dum sumus”

(“Alegrémonos, pues,
mientras seamos jóvenes”)

Mi querida Clara Andrea:

Pasillos, aulas y salas clínicas esta mañana exultan alegría. Todos, hasta el perrito que merodea la Facultad y que en época de vacaciones se constituye en su único habitante, están felices. Es que hoy amanecimos de graduación y por la ventana te he visto pasar – solemne y soberbia- vistiendo con elegancia y donaire la toga académica de los graduandos en marcha hacia el Aula Magna, donde una vez más tendrá lugar el antiguo y noble ritual con el que esta casa honra y despide a sus hijos que culminan estudios.

Para mí será un día de sentimientos encontrados. Por una parte, estaré feliz de verte recibir el meritorio diploma de grado tras años de esfuerzo y de sacrificio. Mereces cada ovación, cada abrazo que hoy recibas. Porque fueron muchas las noches de intenso estudio e incontables las jornadas de duro trabajo que rendiste para llegar a titularte hoy bajo las “Nubes” de Alexander Calder. Pero por el otro me doy cuenta de que hoy te irás y ya no te tendré más en mi clase, como en aquella mañana luminosa, hace unos años, cuando tus ojos negros fijos sobre la pantalla clavaron su mirada inteligente en los intríngulis del modelo de Mac Farlane y la hermética “cascada” de la coagulación…Me toca quedarme aquí, como un Peter Pan sin Wendy, recordándote en los “chi-cuadrados” y los “odd ratios” de aquel ensayo clínico que no alcanzamos a publicar. Y es que sin darme yo cuenta los años fueron sucediéndose uno tras otro, con sus cursos, sus prácticas y sus pasantías. Hoy es fácil constatar que ya estás lista para cerrar el ciclo de la Facultad y disponerte a abrir otro, sin duda más brillante, quién sabe dónde.

*Lea también: ¿Qué va a pasar en Colombia?, por Leandro Area Pereira

Hoy con tu diploma recibirás el mandato superior que obra sobre todo aquel iniciado en el sagrado arte de curar. Estas a muy poco de descubrir que el curar entraña un significado profundo más allá de toda la tecnología e incluso de los saberes de los que se vale. Porque toda cirugía, toda terapéutica, se funda esencialmente en un acto de piedad, de genuina compasión por el hombre que sufre. Compasión que es más que lástima porque supone “padecer con” el dolorido, tanto más en un país en el que el enfermo ha sido dejado a merced de una circunstancia sobrevenida –la enfermedad- y en ningún caso escogida. Por eso hoy te llamo a atender a una última lección a cargo de este, el más modesto de todos tus profesores: y es que por sobre ciclos bioquímicos, abordajes quirúrgicos, posologías de drogas, técnicas imagenológicas, etc, te llamo a que nunca pero nunca olvides que el último de los hombres, ese cuya estampa se pierde en la penumbra al final de la sala de espera, es el más importante. Jamás le abandones a su suerte.

Con el próximo curso vendrán otros estudiantes tan entusiastas y esforzados como tú. Con ellos, la academia verá reiniciar una vez más y pese a tantas acechanzas el maravilloso ciclo de enseñar y ser enseñado que por siglos ha congregado a los estudiosos en esta y en todas las universidades del mundo. Más sin embargo yo siempre habré de guardar el tuyo entre mis recuerdos más queridos. Porque tras veinte años de lucha en todas las arenas a las que un venezolano de estos tiempos pudo ser retado a batirse por un país mejor, fue aquí, en la Universidad, donde al fin pude venir a sanar las tantas heridas recibidas en combate; heridas todas de frente, como son las que reciben los que embisten en la refriega y jamás de espaldas, como las de los que la rehúyen.

Estoy consciente de que no fui yo quien más te enseñó. Ese privilegio toca, con justicia, a otros distinguidos miembros del profesorado de la Facultad. Yo apenas, como decía Don Mario Briceño-Yragorri, te mostré los que fueron mis caminos, con la esperanza de que de algo pudiera servirte en el trazado de la ruta que hoy emprendes y en la que ya no seré yo, sino las estrellas, las que te guíen. Cuando vine a enseñar a la Universidad rogué al Cielo que me diera aunque fuese un discípulo, uno solo. Uno que tuviera la generosidad de escuchar mis tediosas disertaciones y de leer mis viejos papeles, que mucho menos que rigurosos “papers” académicos son la bitácora de dos décadas de lucha cívica por una sanidad mejor. ¡Y mira tú cuán espléndidamente ha sido premiada mi oración que ese Cielo te puso a ti en la primera fila de pupitres del aula 503 en la mañana inolvidable de mi primer día de profesor! Antes de que te marches, quiero que sepas que por siempre te estaré agradecido por ello. Porque ese día, sin tan siquiera tu sospecharlo, me salvaste del destino que tuviera el gran Arístides Rojas, de quien se dijo había sido “un eterno profesor sin cátedra”.

¡Alegrémonos, pues! A lo lejos ya se escuchan las notas del Gaudeamus, la antigua canción con la que la academia celebra en todo el mundo la fiesta de la colación. Te he visto venir luciendo sobre el pecho la medalla que la Facultad te ha impuesto. Ella simboliza la meritoria marcha que hoy termina en el Aula Magna. Por donde vayas por el mundo, llévala siempre con honor.

Te despido impartiendo sobre ti aquella misma bendición con la que mis venerados maestros me despidieron a mi hace 30 años allá, al pie del “Pastor de Nubes” de Jean Arp. En ti y en tu generación pervivirá la mejor expresión del gran magisterio del que todos los ucevistas somos hijos

Ve con Dios.

Vive, estudia, sirve. Honra a tu Facultad y a tus maestros.

Y lucha por ser feliz.

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Gustavo J. Villasmil Prieto


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