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La Pax Trumpeana, por Gustavo J. Villasmil Prieto



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La Pax Trumpeana
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Gustavo J. Villasmil-Prieto | @gvillamil99 | junio 27, 2026

X: @Gvillasmil99


La Pax Romana de Augusto el 27 a.C no fue desinteresada: por el contrario, fue impuesta por un orden imperial que exigió la sumisión de las periferias. Decretada tras el fin de las sangrientas guerras civiles republicanas, se fundamentó en la centralización del poder militar y la pacificación forzosa de las provincias.

Bajo el manto de tal estabilidad, Roma garantizó el flujo ininterrumpido de tributos, esclavos y recursos hacia el centro del imperio.

Copiosa acumulación de capital permitió hacer – afirmo una vez Suetonio- de la tosca villa de ladrillo de los tiempos de Tarquino esa magnífica ciudad de mármol de los césares cuyas ruinas aún nos causan admiración.

La historia parece que se repite. La Pax Trumpeana impuesta a Venezuela – estrategia de intervención contínua disfrazada de tutela democrática y de arbitraje internacional – persigue la instauración de un orden favorable a los intereses geopolíticos y corporativos de Washington, con Donald Trump actuando como el nuevo Augusto global.

Nadie con un mínimo de lecturas sobre historia hispanoamericana debería sorprenderse mucho por eso. Loa americanos son así. Siempre lo han sido. Lo de meterse en todos los patios buscando gallinas ajenas está en su naturaleza.

Nunca ha faltado quien salude tales lances: recuerdo a cierto empresario venezolano, al que no dudé en mandar largo al carajo hace unos años, que consiguió hastiar a un gentío con su devoción trumpeana, inundando los teléfonos de la gente con muñequitos con la imagen del obeso 47º presidente.

Mientras la retórica justificadora de la intervención americana se centra en temas como el de las licencias petroleras y la minería, poco se dice de la realidad material del país en el que la persistencia de los problemas básicos de la población, el colapso de los servicios públicos, el sufrimiento de los ciudadanos y la fractura del tejido social se profundizan.

«Todo eso está supeditado a lo económico», me dicen. Falso. Porque lo institucional subyace a todo, inclusive a lo económico.

Las inversiones de largo plazo que Venezuela necesita no van a llegar sin un mínimo de restauración institucional. Pero Trump no viene a eso, no: él y los americanos vienen a cobrarse lo que se les debe. En tal estrategia, los venezolanos no somos sino un accidente.

La injerencia externa instrumentaliza el sufrimiento social como un arma de presión política convirtiendo las necesidades más elementales de los venezolanos en moneda de cambio.

Por allí vimos al señor Barrett entregando insumos en un hospital de Caracas; un hospital que en cualquier estado de la unión cuyos intereses él representa tendría que estar clausurado. Claro está: el hombre fue por la foto y la obtuvo.

Lejos de ser un alivio, la promesa de reactivación económica actúa como torniquete que asfixia la presión interna mientras justifica la inmovilidad del Estado en la atención de lo más elemental.

Detrás de la fachada del conflicto geopolítico; Estados Unidos despliega el verdadero motor de la intervención puesta en marcha el 3E: el negocio extractivista.

Bajo la sombra de la inestabilidad convenientemente aprovechada por los interesados extranjeros, los sectores petroleros y mineros continúan operando mediante esquemas que benefician a capitales transnacionales y sus élites corporativas.

Mientras la población vive sumida en la incertidumbre, la producción petrolera venezolana ha repuntado agresivamente, superando los 1,25 millones de barriles por día.

En paralelo, la fiebre del extractivismo se extiende al subsuelo minero: la explotación en el Arco Minero del Orinoco cerró con 9,5 toneladas de oro extraídas y proyecta un incremento del 30% para superar las 12 toneladas, configurando una economía de pillaje en la que las corporaciones extranjeras obtienen concesiones leoninas aprovechando la debilidad institucional de un estado prácticamente fallido.

Lo más alarmante de esta dinámica es la absoluta ausencia de salida política previsible. La intervención estadounidense ha clausurado las vías legítimas de negociación interna al imponer condiciones maximalistas y tutelar a unos actores locales carentes de autonomía real.

Al dinamitar los puentes para un diálogo soberano, la Pax Trumpeana condena a Venezuela a un estado de interregno permanente en que el conflicto se cronifica para justificar la necesidad de la presencia imperial.

No se ve transición alguna en el horizonte, sino la perpetuación de un statu quo degradante en el que la soberanía nacional es sacrificada en el altar de los intereses corporativos estadounidenses.

Ante este escenario de subordinación y saqueo encubierto, se hace urgente un llamado a la acción colectiva y a la movilización de la conciencia soberana de los venezolanos.

Las fuerzas sociales, intelectuales y populares de Venezuela deben romper el cerco de silencio que se les impone y rechazar categóricamente la pretensión americana de ejercer una tutela permanente sobre Venezuela.

El chistecito del «estado 51» no es tal: es el «aviso a navegantes» de quien viene a quedarse con un país al que considera su botín de guerra.

El regreso a Caracas de Dinorah Figuera tras 10 años de exilio hace parte de tal política. En sus redes sociales, Figuera reaparece ostentando el cargo de presidente de la Asamblea Nacional electa en 2015 que había omitido hacia años.

Debo decir que nunca fuimos cercanos ni en los tiempos de la Facultad de Medicina ni durante mi antigua militancia en Primero Justicia, salvo por nuestra común amistad con el recordado Fernando Albán. Como confieso también que habría preferido a otra persona al frente de esta crucial coyuntura.

Pero es ella. Y punto. Tiene la legitimidad del voto obtenido hace una década, además de la unción de Washington. Lo demás es «flatus vocis».

«Bolas» y rumores no se hicieron esperar: «¿a qué viene?». En entrevista que le vi dijo reconocer el liderazgo de la señora Machado» y ser «una política prestada a la institucionalidad».

Lo cierto es que los presos, presos siguen y aquí no se habla sino de barriles de crudo y de legislaciones que faciliten las cosas a los intereses estadounidenses. De elecciones, nada. El tufo normalizador cunde.

*Lea también: Buscando remedios, encontrando problemas, por Luis Ernesto Aparico M.

Creo firmemente en que la buena fe se presume y que la mala se demuestra, incluso en política. Por ello doy mi voto de confianza a la diputada.

Una década de un exilio no habrá de haber transcurrido en vano, por lo que espero que la diputada Figuera tengan respuesta a la pregunta que tantos venezolanos se hicieron al verla aparecer por Maiquetía.No vaya a ser que esta Pax Trumpeana que se nos ofrece termine reduciéndonos al nivel de una gasolinera con bandera propia para que yanquis y europeos vengan a llenar sus tanques cada vez que les cierren el estrecho Ormuz.

 

Gustavo Villasmil-Prieto es médico, politólogo y profesor universitario.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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