«Clapsy» o la tragedia moral venezolana, por Gustavo J. Villasmil-Prieto
Los vientos que hoy soplan sobre Venezuela no son los mismos de hace dos décadas, ni siquiera de hace cinco meses. Sin embargo, el barco que navega con todos nosotros abordo –de acuerdo con el diagnóstico de Mario Briceño Iragorry– sigue a la deriva.
Si en su tiempo el apreciado autor trujillano advertía sobre la grave enfermedad moral venezolana, hoy tal patología ha evolucionado hasta convertirse en una crisis sistémica que acabó desfigurando el rostro de toda una nación. A dicha enfermedad, Briceño Iragorry la llamó «crisis de pueblo».
Crisis que percibe en el rostro de los millones que han partido buscando en otras tierras la dignidad que se les ha negado en la suya: la diáspora que hoy se cuenta por millones, el más doloroso indicador de tal desarraigo.
Se manifiesta también en el colapso de la ética pública en el que la corrupción se ha convertido en un monstruo sistémico que devora la confianza mutua, normaliza la trapisonda y pulveriza la fe en las instituciones. Como se manifiesta, sobre todo, en el envilecimiento de las masas, domesticada en las artes de la sobrevivencia diaria.
En medio de este drama, tragedia y sátira se entrelazan, como en la parodia de «Clapsy». En las redes sociales de Venezuela, la llegada de «Clapsy» –personificación satírica del programa asistencialista de la conocida bolsa gubernamental de alimentos– se ha vuelto chiste amargo y fenómeno viral.
El contenido de Jonathan Hernández (@elkevinjh), su creador, se enmarca en una parodia social y política basada en arquetipos de la cultura popular venezolana de estos tiempos que visibilizan la profunda enfermedad moral que nos aqueja.
A través de la mofa al mencionado programa, de sus productos de dudosa calidad –cuyo importador caído recientemente en desgracia terminó haciéndose multimillonario– y de su errática distribución, el creador utiliza el humor como mecanismo de defensa ante la humillación continuada institucionalizada en la figura del «jefe de calle».
No puede uno dejar de recordar uno al personaje de «La Mariscala» de la novela de Sainz Borgo, arquetipo de toda la perversa red de comisarios políticos que se lucró con el hambre de este pueblo e hizo de él un poderoso instrumento de control político.
La «bolsa CLAP», institucionalizada y convertida en avatar mediático, sostiene un ecosistema alimentario en el que la eficiencia bioenergética y la palatabilidad sustituyen la diversidad nutricional. En corto: para la política de los CLAP, «matar» el hambre generando sensación de saciedad en el beneficiario es más importante que nutrirlo.
Según Encovi 2025, el 81,7 % de los hogares venezolanos la recibe, de los que dos terceras partes apenas si cada dos o tres meses. La carne enlatada es un simulacro proteico en el que el contenido proteico real es diluido con almidones.
El aceite refinado perpetúa desequilibrios lipídicos e inflamatorios mil veces advertidos en la literatura médica y el arroz blanco encarna la paradoja de una pretendida soberanía alimentaria sin funcionalidad biológica.
Por ultimo, si bien la harina de maíz enriquecida intenta mantener la tradición de la arepa mediante la fortificación vitamínica, ni de lejos logra incidir en el problema de nuestra monocultura dietética ni tampoco en la escasa diversidad de fuentes vegetales accesibles al venezolano.
Esta distribución masiva de productos ultraprocesados, celebrada cínicamente por la propaganda oficial y parodiada por el ingenio popular en videos y memes como los de Jonathan Hernández, plantea un dilema ético sobre el tipo de cuerpo social que se pretendió construir desde el Estado a partir de políticas orientadas a hacer de la venezolana una sociedad de estómagos agradecidos.
La dieta reducida a harinas y simulacros cárnicos constituye una forma de proletarización biológica: un cuerpo mal nutrido es más fácil de someter. Aquí es donde la necesidad de la desproletarización de la sociedad venezolana, concepto central para los ordoliberales alemanes, adquiere para nosotros hoy carácter de urgencia, más que política, moral.
El sistema rentista ha reducido al venezolano a individuo dependiente ya no de un empleador, sino de la caridad estatal. Le ha despojado de toda capacidad de generar su propio sustento con dignidad y de constituirse en agente económico autónomo con propiedad, ahorro y derecho a forjar su propio destino.
En última instancia, la saga de «Clapsy», «La Negrita del Gas», «Yurwanghely», de su muñeca «La Totona» y de «La Menora», trasciende el drama de la precariedad material para revelarse como una crítica ante la domesticación biopolítica que amenaza con destruirnos como pueblo.
*Lea también: Innovación en gobiernos subnacionales de América Latina, por Marino J. González R.
Al reducir la ciudadanía a una existencia biológica mínima fundada en la supervivencia calórica y en la sujeción al poder, se sepulta la aspiración de una nation soberana de hombres y de mujeres libres.
La verdadera tarea de la reconstrucción de Venezuela no pude limitarse al «bussiness» y a la recuperación de los indicadores macroeconómicos: es necesario ir al rescate del alma venezolana enferma tras 25 años de deliberado envilecimiento.
La meta final es la reconstrucción ontológica de la nación a través de la restauración de la autonomía personal de cada venezolano, que de súbdito del hambre vuelva a ser ciudadano productivo, dueño de su voluntad y arquitecto de su propia libertad. Nadie habla de eso en Valle Arriba, lo tengo claro. Y en Washington, menos.
Referencia:
ENCOVI 2025. En: Universidad Católica Andrés Bello. Encuesta Nacional sobre Condiciones de Vida (ENCOVI) 2025 [Internet]. Caracas: UCAB; 2026 [citado el 10 de jun. de 2026]. Disponible en: https://www.proyectoencovi.com/
Gustavo Villasmil-Prieto es médico, politólogo y profesor universitario.
TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo





