Los pedazos de lo que alguna vez fuimos, por Gustavo J. Villasmil Prieto
El recién finalizado Campeonato Mundial de Fútbol fue para muchos conocidos míos la clase de geografía que quizás nunca tuvieron. Se enteraron, por ejemplo, de la existencia de países de los que no habían oído hablar: Ghana, Cabo Verde y Costa de Marfil, por ejemplo.
Se entiende las razones tras tal desconocimiento: en África, las metrópolis europeas impusieron estructuras prefabricadas –en corto: estados postizos– destinadas puramente a la extracción de recursos hacia el exterior, anulando cualquier necesidad de pactar derechos con la población local.
El franco CFA es una prueba de ello. Lanzado en 1945 como «Franco de las Colonias Francesas de África», fue y sigue siendo una moneda atada a Francia.
¡Hasta sus billetes se imprimen en territorio galo y el valor de estos mantiene una paridad fija con el euro respaldada por el tesoro francés!
Países del África Central como Camerún –por cierto, de gran tradición futbolera, si bien no estuvo en esta edición de la Copa FIFA– aún entregan el 50% de sus divisas a las arcas francesas y mantienen funcionarios de la exmetrópoli en su banco central.
Resultados a la vista: tragedias sociales y políticas como las de Mali, Níger y Burkina Faso son demostrativas de hasta qué punto estados hechos a la medida de un hegemón extranjero terminan siendo verdaderos «toy countries» expulsores de pobres.
En este lado del mundo tendríamos que verlo claro. El ejemplo lo tenemos en el querido Puerto Rico: a pesar de que el estado de Mississippi es históricamente el más pobre de la Unión americana, su PIB per cápita nominal (aproximadamente $56.000 USD) supera al de Puerto Rico (cerca de $40.650 USD).
Dos señores de apellido Jones se encargaron de la ingeniería legislativa tras esto: uno, William, con su ley de ciudadanía de 1917: pasaporte azul, sí, ¡pero nada más!
El otro, Wesley, con la de cabotaje de 1920: de Puerto Rico, todo; para Puerto Rico, ¡nada!
El estatus político de la isla como «territorio no incorporado» la excluyó de entrada de la paridad en el acceso a fondos federales automáticos y le impuso leyes de cabotaje que encarecieron drásticamente el costo de vida.
Esto, sumado a una prolongada crisis de deuda y a la constante fuga de cerebros hacia el continente, ha provocado que la tasa de pobreza en Puerto Rico duplique a la de Mississippi, superando el 37% de su población.
De los territorios en el Pacifico bajo el régimen COFA (Compact of Free Association o Tratado de Libre Asociación) ni me ocupo: sus respectivos estatus jurídicos son verdaderamente miserables.
Estemos claros: si hemos de levantar a Venezuela de su postración, la tarea no puede consistir en inventar un país ficticio sobre planos extranjeros, sino en recoger con orgullo los pedazos de todo lo que alguna vez fuimos para reconstituirnos como nación decente.
Frente a la ruina material que hoy nos circunda, la peor de las colonizaciones que podríamos terminar padeciendo no sería la de los buques de guerra ni la de los petrodólares sino la del espíritu, expresada en esa narrativa desahuciada y cobarde que pretende sembrar en el alma venezolana la certeza de nuestra propia invalidez atávica como nación, empujando a una sociedad fatigada como la nuestra a la humillante tentación de trocar su soberanía por una frágil y falsa sensación de orden bajo tutela estadounidense, cualquiera que sea la forma que esta adopte.
Ante el entreguismo pronorteamericano que no ve en nuestro suelo sino un pozo petrolero de ultramar y en nuestro gentilicio un pueblo de huérfanos incapaces, es imperativo blandir, con el rigor del cirujano y la fe del repúblico, lo que Augusto Mijares una vez bautizó como «lo afirmativo venezolano».
Mijares nos enseñó que la historia de nuestra patria no se reduce al recuento pornográfico de sus tiranías ni el inventario de sus vicios, sino la persistencia subterránea y civil de virtudes que necesitamos reconocer como nuestras.
Lo afirmativo venezolano es esa reserva moral de una nación que, aún en las horas más oscuras, siempre encentró en sus propias entrañas las fuerzas para protagonizar su propio milagro.
No somos una página en blanco que deba ser visada para entrar a Washington, ni tópico de conversación entre fanfarrones en una sobremesa en Ankara. Tampoco podemos conformarnos con ser tenidos como un pueblo genéticamente condenado al fracaso que deba ser tutelado por los burócratas del Norte.
*Lea también: El Desafío Fénix de Venezuela, por Marino J. González
La memoria histórica desmiente con saña esa matriz de incapacidad inducida.
Hubo una Venezuela cuyo ejército, hoy denostado por donde quiera que pasa, fue el único de la región capaz de derrotar al castrocomunismo donde había que hacerlo: en el campo de batalla.
Hubo una Venezuela cuya sanidad pública, actualmente incapaz de proveer a un niño venezolano tan siquiera de una vacuna, venció a la malaria antes que los estadounidenses en Florida.
Hubo en Venezuela una educación pública, hoy entre las peores del mundo, que hizo posible que los hijos del pueblo más humilde se titularan de doctores bajo las nubes de Calder contribuyendo con ello a crear una de las clases medias más vigorosas y cultas del planeta.
Como hubo también una industria petrolera nacional, hoy desportillada y sin prestigio, que se ubicó una vez entre las más importantes del mundo, creando tecnología propia y cumpliendo un papel estelar como proveedor confiable de energía en el mundo.
Tanta grandeza no fue por accidente. Fue la obra de estadistas con visión de patria y no solo de tecnócratas como esos que hoy pretenden gerenciar la tragedia venezolana armados tan solo con una hoja de cálculo, desprovistos de alma y de memoria.
El entreguismo colonial que hoy bosteza ante los despojos del país tiene asumido que la solución es convertirnos en un protectorado perpetuo, en una dócil posesión de ultramar similar a Guam o Guantánamo.
Se equivocan. Esta es la hora de estadistas con arraigo y audacia histórica, no de los contables de un nuevo saqueo internacional.
La república no ha muerto. Ni en los escombros de Vargas ni en los despachos del Norte; la república habita, latente, en el «ADN histórico» de quienes se niegan a ver a Venezuela convertida en una gasolinera con bandera prestada.La reconstrucción de la patria rota no vendrá empaquetada como ayuda humanitaria ni diseñada en bufetes corporativos extranjeros.
Será una tarea doméstica, ruda y urgente. La conciencia nacional necesita, con urgencia histórica recuperar el pundonor patrio. Pongámonos de pie por una república decente. Una república civil y meritocrática que entienda que la soberanía no se negocia en conciliábulos de vitrina, sino que se ejerce con la dignidad de quien sabe de dónde viene y se sabe dueño absoluto de su destino.
Tendremos que hacerlo nosotros mismos, de pie, con el barro pegado en las botas y el conocimiento en la mano, uniendo los pedazos que quedaron de todo aquello que alguna vez fuimos.
Gustavo Villasmil-Prieto es médico, politólogo y profesor universitario.
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