El «diente roto» y la ontología del ascenso en Venezuela, por Gustavo J. Villasmil Prieto
«En la oscuridad de la boca, Juan acariciaba su diente roto sin pensar. Parientes y amigos se hicieron eco de la opinión del doctor, acogida con júbilo indecible por los padres de Juan. Pronto en el pueblo todo se citó el caso admirable del «niño prodigio» y su fama se aumentó como una bomba de papel hinchada de humo».
Pedro Emilio Coll, «El diente roto» (1898).
El fenómeno de Juan Peña, magistralmente delineado por Pedro Emilio Coll en «El diente roto», ha trascendido la narrativa modernista para convertirse en verdadera ontología del ascenso de toda una clase social y política en una Venezuela que ha descubierto en la anuencia y el silencio calculado un poderoso medio para «pasar agachado» en estos tiempos recios.
Nunca opina, no se expone. Nunca toma riesgos ante nada. Como un tapón de corcho –recuerdo que tal fue el moquete que le encasquetaron a otro genio de la sobrevivencia, el dominicano Joaquín Balaguer– la elevación que estos personajes terminaron haciendo de la vacuidad y del mutismo a la categoría de sabiduría encarna toda una naturaleza del ser de cara a sus estructuras de poder.
El «peñismo» venezolano no es una táctica aislada, sino toda una forma de existencia, una estrategia de neutralidad instrumentalizada en la que el sujeto se vacía de contenido para asegurar su permanencia y escalada ante la volatilidad del entorno.
En la obra de Coll, el silencio de Juan Peña es un accidente físico convertido en prestigio social; es el niño que no calla para pensar, sino que su esencia se ve secuestrada por la rugosidad de un molar fracturado. En la Venezuela actual, este proceso ha mutado en una ontología de la nada.
El «nuevo Juan Peña» venezolano —profesional, burócrata, incluso académico con título de doctor— entiende que su identidad no debe estar constituida por lo que afirma, sino por lo que omite. En un sistema institucional tan degradado, en el que cualquier definición ética representa un riesgo de exclusión, el ser se define por su vacuidad: «callado te ves mejor».
Se va cultivando así una profundidad hermética, una prudencia «decorosa», construyendo una imagen de pretendida solvencia intelectual cuya única base es, paradójicamente, la negativa a proponer nada que disrumpa. En la praxis, dicha ontología se despliega sobre todo como «picapasismo». Si el «peñista» es su fachada estática, el «picapasito» es su ejecutor dinámico.
«Picapasito» es todo aquel cuya naturaleza esencial es el movimiento sigiloso. Es el que avanza sin hacer ruido, mordiendo el terreno palmo a palmo para pasar «liso» evitando entrar en el radar del conflicto. El «picapasismo» es la pragmática de una existencia que ha comprendido que destacar por una idea propia es un suicidio ontológico.
Por ello, el sujeto prefiere la sombra del consenso aparente y del desplazamiento lateral asegurando que su ascenso ocurra por decantación y sin dejar nunca una huella o un juicio que pueda ser usado en su contra. Desde una perspectiva sociológica, esta simbiosis revela una profunda erosión del capital moral venezolano.
El ascenso ya no es una consecuencia del mérito, sino el fin último que redefine a un individuo atrincherado en el silencio más ambicioso. La inteligencia se mide ahora por la capacidad de ser irrelevante pero útil, opaco, pero asertivo.
Como en los tiempos del personaje de Coll, que llega a las más altas dignidades del Estado sin jamás haber emitido un juicio propio ante nada, la Venezuela actual asiste el encumbramiento de figuras cuya «esencia» es el silencio absoluto. Están por todos lados: en universidades, en círculos empresariales, en organizaciones filantrópicas, en partidos políticos, en grupos estudiantiles, en medios, etc.
Porque el «diente roto» en la Venezuela contemporánea no es sino la marca de fábrica de una ambición resentida que aprendió que para ser alguien en la cima, primero hay que aprender a no ser nadie. La tragedia de Juan Peña no fue solo su inacción, sino la colectiva ceguera de quienes lo encumbraron pese a ser un absoluto pusilánime.
Si Venezuela está llena de gente jugando al «diente roto» y moviéndose como «picapasitos» por los salones del poder es porque existe un mercado de la adulación y del miedo que ha convertido a esa ontología en norma. La «sabiduría» de la ambigüedad es el síntoma de una sociedad donde el ser ha claudicado para ser sustituido por el parecer.
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Mientras el país requiere de voces que diagnostiquen y sanen sus fracturas, una mayoría prefiere quedarse quieta, tocándose con la lengua el vacío de sus propias convicciones, esperando, pasito a pasito, a que el sistema les premie su calculada inexistencia con el alma puesta en un próximo decreto de ascenso. Así somos.
Gustavo Villasmil-Prieto es médico, politólogo y profesor universitario.
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