Del Capitán América a Míster Danger, por Gustavo J. Villasmil Prieto
Escribo estas líneas desde lo más hondo del hueco al que han arrojado a la república en Venezuela. Estamos asistiendo no a una negociación política o un acuerdo estratégico, sino al remate final de lo que quedaba de nuestra soberanía, que bien poco que ya era.
Ser testigos de la cesión formal de nuestra riqueza petrolera a los intereses estadounidenses es constatar que ya no somos un país sino un dominio, un terreno ocupado por pisatarios, una bomba de gasolina de carretera en la que se agolpan los pedigüeños extendiendo la mano en procura de la moneda que algún conductor quiera darles mientras llena el tanque. En eso nos han convertido.
«Inmamable». Dispénseme el lector por no encontrar término más descriptivo de la náusea que produce tanta pusilanimidad junta: la del espectáculo de quienes ahora pretenden que salgamos a la calle con la bandera de las barras y las estrellas en la mano, entonando el «Yankee Doodle» y declarándonos oficialmente felices tras nuestra abdicación como país.
Hace poco, algún tonto útil de estos tiempos –uno de estos políticos de uno o dos dígitos bajos en cualquier encuesta de opinión– hablaba desde un podio de alquiler instalado en un hotel de cinco estrellas. Decía que no podíamos hablar de soberanía porque ya la habíamos perdido con rusos, chinos, persas y cubanos.
¡Carajo!: ¿acaso no nos hemos batido bravíamente por ella en estos veinticinco años, mucho antes del 3E? ¿Acaso fue para esto que quedaron tantos venezolanos muertos por el camino?
He de decirlo: jamás, ni siquiera durante mi infancia y mi juventud, sentí mucho afecto que digamos por la nación del Norte. Ora a la entrada, ora a la salida: siempre la hacen. Ellos son y han sido siempre eso: «otra gente», distinta y distante de nosotros.
La de carcajadas que solté viendo en las redes imágenes producidas con IA en las que se mostraba a una vigorosa águila calva americana abrazando fraternamente a una de nuestras guacamayas: ¡menuda ridiculez!
Y ruego al lector que no me vaya a meter en el saco de los acomplejados «antimperialistas» de estos y de otros tiempos, hiposuficientes intelectuales hoy felices exhibiendo sus flamantes visas para viajar a Miami.
¡Tantos que esperaban ver llegar al Capitán América el 3E y resulta que quien llegó fue, en realidad, el mismísimo Míster Danger!
Ver hoy a un poder que se creyó invulnerable arrodillado ante el yanqui entregando el subsuelo a cambio de su propia sobrevivencia es la expresión de una miseria moral que excede a cualquier estimación previa.
Y ver correr a quienes al poder aspiran detrás de un Joe Schmoe con credencial de embajador lo reafirma aún más.
Pero lo que verdaderamente recibe uno como un escupitajo al rostro no son tanto los titulares internacionales sino el abismo que media entre esos salones en los que se firman los nuevos contratos petroleros y la realidad de las aceras: mientras fotogénicos bandidos de cuello blanco y visa americana –algunos incluso asistidos por abogados de la barra de Londres– suscriben contratos petroleros a 100 años, la vida del venezolano se extingue en el silencio.
Ayer mismo, una querida paciente, antigua profesora de Educación Media –una de esas venezolanas que dedicó la vida entera a formar a las generaciones de relevo de este país–, me miró a los ojos para comunicarme una noticia devastadora: había decidido abandonar su quimioterapia.
No porque no quiera vivir ni tampoco al conjuro del exhorto de algún «influencer» de moda, sino porque dice ya no poder más: «me pongo en manos de Dios, doctor. En la casa ya no podemos con esto», me dijo, con esa resignación que no es sino la denuncia más atroz contra un sistema que siempre despreció la vida.
Frente a este lodazal, me niego rotundamente a ser incluido en el pote de una culpa injustamente compartida.
Rechazo categóricamente esa primera persona del plural con la que pretendidos analistas y cómodos opinadores desde el extranjero pretenden despachar el juicio que ha de hacer la historia.
«Es que entre todos destruimos al país». «Es que no fuimos capaces de hacer bien las cosas». «Es que hay que tener paciencia porque son tres las etapas que dijo Rubio». ¡De ninguna manera!
En este último cuarto de siglo, una generación entera de venezolanos ofrendó vida, juventud, fuerza y talentos luchando y resistiendo desde la decencia.
Aquí hay un presidente electo con más de siete millones de votos: los estadounidenses, especialistas como han sido siempre en sostener tiranuelos de toda índole en Hispanoamérica y el mundo, se oponen tan obscenamente a su investidura.
Cuando lo público se vuelve una fosa de transacciones infames se impone la necesidad de un repliegue ético a todo aquel que no esté dispuesto a participar de la bacanal ni a que se le condene a la misma pira en la que hoy arden los responsables históricos de esta tragedia.
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No se trata de una huida cobarde ni de una rendición resignada; es, por el contrario, el último acto de resistencia que le queda a un venezolano decente.
Replegarse éticamente es trazar una línea innegociable en la arena y decir: «hasta aquí llegan ustedes, mi dignidad no entra en su subasta».
Es retirar la mirada y la energía de un juego perverso para salvar el fuego sagrado en los únicos territorios que nos pertenecen: el de los afectos y el del deber moral.
Desde lo profundo de esa letrina a la que la han arrojado, Venezuela clama al Cielo, encendida la luz de la esperanza de ese país que nunca claudicó y que ha de reclamar su sitial más temprano que tarde.
Gústele a quien le guste. Cuéstenos lo que nos cueste.
Gustavo Villasmil-Prieto es médico, politólogo y profesor universitario.
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