Aventuras de Carlo Petrini en Caracas, por Miro Popić
Carlo Petrini ha muerto. Para quienes ignoran de quién se trata, Petrini fue el brazo intelectual y creador del Movimiento Slow Food, sin duda el grupo más influente y revolucionario del sector alimentario mundial cuya visión cambió el rostro de la afrancesada gastronomía de entonces para hacerla más humana, reivindicando el placer de la mesa a partir de los alimentos más humildes.
Todo comenzó en marzo de 1986 cuando un grupo de intelectuales italianos, entre ellos Carlín, como le llamaban sus amigos, decidió protestar por la apertura de un McDonald’s en plena Plaza España de Roma, y publicó un manifiesto en contra de la desaparición de las tradiciones alimentarias locales amenazadas por la homogenización del gusto.
Tres años después, en París, en noviembre de 1989, se realizó la presentación del movimiento con la firma de una declaración de principios que, entre otras cosas, proclamaba: «comencemos desde la mesa con la Slow-Food, contra la estandarización producida por la Fast-Food, y redescubramos la riqueza y los aromas de la cocina local». La idea evolucionó y se hizo mundial luchando para garantizar que todo el mundo tenga acceso a alimentos buenos, limpios y justos.
Cualquier buscador y su IA les resumirá sin faltas de ortografía todo lo grande que es hoy en día el Slow Food, con su caracol como insignia, así como la firmeza de sus propuestas bajo la conducción de Carlo Petrini, entendiendo la comida como cultura e identidad, ligada a la tierra, con respeto y solidaridad. Promovía siempre el vínculo del hombre y la calidad de vida, luchando por formar comensales informados.
Lo que muy pocos saben es que fue en Caracas donde primero se habló de ese movimiento, en febrero de 1989. Conocí a Petrini en un viaje a Piemonte en busca de la trufa blanca de Alba, poco antes de su primera visita. Lo escribí en noviembre de 1988 en el suplemento Feriado de El Nacional, como debe constar en el archivo confiscado por el régimen que decidió acabar, inútilmente, con ese periódico.
Tampoco saben que uno de los firmantes del manifiesto del Slow Food en París fue José Rafael Lovera, en representación de Venezuela. Ignoran que Carlín sufrió una curiosa insolación en Los Roques y que en alguna de nuestras calles viven aún unos familiares suyos. Tampoco que estuvo en el Caracazo. Esto no se los dirá la IA, pero se los contaré yo porque estuve allí y trabajé con Petrini en algunos de los primeros proyectos del Slow Food.

De izquierda a derecha: Yolanda Quintana, mi esposa. Jean Luc Lemmonier, chef de Member’s. Miro Popic. El chef italiano del Bocondivino. Carlo Petrini. Esto fue en Members en febrero de 1989.
Petrini vino a Caracas en febrero de 1989 para un festival de cocina piamontesa que organizó Jean Paul Coupal en el Club Member’s de La Castellana. Estuvo aquí varios días y compartimos momentos memorables, lejos del lujo, pero cercanos a la trufa y a la gente. Fuimos un par de días a Los Roques para que ese hombre de montaña conociera el mar de los Caribes.
No acostumbrado a nuestro sol, no se bañó en sus aguas, solo mojó sus pies sobre la blanca arena, mientras buscábamos langostas con los pescadores locales. Yolanda, mi esposa, le advirtió que el sol de aquí no era como el sol de allá y él respondió que solo sus tobillos estaban expuestos al calor del trópico, que no pasaría nada. Pero pasó.
Al regresar a Caracas, Petrini sufrió una insolación que lo dejó con sus extremidades rojas, rojitas, tan inflamadas que requirieron asistencia médica para poder estar presente en la inauguración del festival.
Entre sus tareas tenía pendiente encontrarse con un familiar cercano que había migrado a nuestras tierras en los años cincuenta del siglo pasado. Luego de una búsqueda entre la comunidad italiana, logramos contactarlo. Me lo recordó estos días Biagio Botto con un mensaje en IG: «En 1989, fui el invitado de Carlín en Member’s con mi padre y sus dos hermanos, mis tíos. Carlín era su primo hermano y encontrarlo en Caracas, saludarlo y pasar la noche con él fue algo inolvidable».

Libro con dedicatoria personal
Comentando luego ese encuentro, Carlín me comentó que le resultaba curioso el dialecto piamontés con el uso de palabras antiguas que ya casi no se usaban en Piemonte.
Pero lo más riesgoso que le tocó vivir a Petrini en Caracas ocurrió el lunes 27 de febrero. Ese era su último día y estuvimos almorzando en el Vía Appia, en Altamira, invitados por Pippo Fallone y su esposa Marisa, también piamontesa como Carlín.
La ciudad estaba inquieta y antes de terminar el almuerzo llegaron rumores de que había disturbios en Guarenas y que los barrios estaban bajando. Ante el riesgo de no poder llegar a Maiquetía, se decidió que se fuera de una vez y, para resguardar su seguridad, Pippo llamó a un amigo suyo en la Guardia Nacional para que lo acompañara y pudiera llegar sano y salvo al aeropuerto. Así comenzó el temido y lamentable Caracazo que sacudió la ciudad y marcó para siempre el devenir político e histórico del país.
En 1990 se fundó Slow Food Editore y Carlo Petrini me invitó a colaborar en la edición de la Guía Mundial del Vino, tarea que nos tomó unos cuantos años y beber muchos vinos de los mejores del mundo. En la segunda edición, logré por primera vez incluir el nombre de Venezuela como país productor con los vinos de Pomar. Muchas historias más que contar, pero será en otra oportunidad.

Carlo Petrini ha muerto. ¡Viva Carlín!
Miro Popić es periodista, cocinólogo. Escritor de vinos y gastronomía.





