Existir y política, por Gisela Ortega
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Vivir es un modo de existir de los seres organizados. El mundo en que estamos no nos es dado elegirlo y la vida de cualquier instante consiste en afrontar, queriéndolo o no, ese conjunto de cosas que nos afectan y que constituyen lo que el filósofo español José Ortega y Gasset –1883-1955– acuñó en su libro, en 1914, Meditaciones del Quijote, una frase que generó un largo debate filosófico: «yo soy yo y mis circunstancias, y si no la salvo a ella no me salvo yo».
Esta expresión puede dar significado a muchas cosas, siempre, por supuesto, en función del punto de vista de cada cual. Sin embargo, esto de la circunstancia y la esencia de la persona puede ser algo extenso o mal interpretado.
La oposición política es la expresión de ideas opuestas a las del gobierno. No es una característica exclusiva del Estado moderno. Nació formalmente en la Antigua Grecia, alrededor del siglo VI a. C., con la invención de la democracia.
Fue en este momento histórico donde dejó de ser un acto de rebelión para convertirse en un derecho ciudadano plasmado en asambleas, debates públicos y votaciones.
Dentro de ese mundo, la política crea situaciones insoslayables en que nos encontramos de pronto, sumergidos, queramos o no. Ante una realidad, una actuación y un pensamiento político, cabe asumir posiciones. Quienes lo hacen forman la oposición.
Se mantienen, además, otras actitudes: la del pusilánime que carece de misión y para quien vivir es simplemente existir, quedar entre las cosas que están hechas por otros.
La de los nihilistas que, por sentirse incapaces, buscan compensación aniquilando los valores del mundo.
La de los oportunistas que sacrifican los principios para adaptarse a las circunstancias del momento.
Las de aquellos que no perciben las contradicciones y las equivocaciones ni el cómo las intenciones originales pueden transformarse y degenerar en fracasos.
Las de quienes sí lo perciben, pero se sienten temerosos de dejar oír sus opiniones y de hacer públicas sus objeciones, creyendo así poner a salvo sus propios intereses.
La de quienes, por comodidad, les importa cada día menos sentenciar y ser jueces y prefieren las actitudes más fáciles del halago y de la complacencia, con las que marean y se marean.
La de los cobardes que, con grave mengua del coraje viril, hacen gala y ostentación de un asqueroso espíritu servil.
Forman parte de ellos los adulantes o tolerantes de profesión; los que tradicionalmente van acatando sucesivos credos políticos; los que temen formular una objeción en aras de una posible figuración y de una eventual aceptación.
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Pero existen también y al mismo tiempo quienes, en vez de ocultar las negatividades actuales, optan por ponerlas de manifiesto, por acusarlas y definirlas consciente y honestamente, aspirando quizás a que lo negativo se convierta en positivo.
Los que critican, los que alertan sobre los deterioros, los que se angustian de que los programas a largo plazo descuiden las actuaciones inmediatas y perentorias y porque el entusiasmo impida ver de cerca los obstáculos que se impondrán a su realización; los que cuestionan, en definitiva, desde su punto de vista, la conveniencia de esos planes y del camino para lograrlos.
Son los que desean un porvenir claro, concreto y serio.
En cuanto a su nicho de las ideas, pocos han sido tan productivos, inventores, cándidos, físicos, genios como Arquímedes de Siracusa.
Fue él quien dijo Eureka cuando se estaba bañando porque descubrió la relación entre líquido desplazado y volumen.
Estando en la playa de su ciudad, vio llegar la flota romana, sintió una indignación sin límites, hizo mano de unas superficies brillantes, creó los espejos ustorios y quemó varias naves de la flota.
Un marino se bajó de una nave que ya se encontraba cerca y, aunque tenía orden del capitán de la flota de no tocar al genio, se le acercó.
Arquímedes estaba haciendo dibujos en la arena con un cayado. «No me molestes», dijo cuando vio al soldado de cerca –estoy haciendo algo importante–.
El soldado lo atravesó sin más con la espada.
Arquímedes nació y vivió por su pueblo y su nicho de ideas. El soldado era solo eso, un soldado del Imperio romano.
¿Sabrá alguien siquiera su nombre?
Gisela Ortega es periodista
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