Yo acuso, por Fernando Rodríguez
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Despertando el siglo XX el notable escritor francés Emile Zola escribió un artículo trascendental, «Yo acuso», en el que defendía la causa de Dreyfus, un alto oficial francés, acusado y condenado falsamente de espionaje.
El artículo tuvo una notable influencia y modificó sustancialmente la opinión pública en favor de éste, y en definitiva fue un factor decisivo en el levantamiento de esa falaz condena, fuertemente contaminada de antisemitismo.
Así nació la figura, muy francesa, y luego universal, del compromiso del artista con su sociedad que, con altas y bajas, llega hasta nuestros días.
No basta limitarse a la creación de la obra artística o de pensamiento, sino que con ésta o con su toma de posición explícita, el creador, que labora en el terreno de las ideas y los valores, está conminado a comprometerse en los conflictos sociales, que lo son en última instancia de valores e ideas.
Incluso, es arbitrario ese pretendido inicio porque, de una u otra manera, los hombres de pensamiento siempre fueron conminados por ese imperativo. Sócrates bebe la cicuta para que reine la verdad en Atenas. En fin.
A lo que vamos es al inmenso y prolongado silencio de la intelectualidad venezolana en estos últimos casi treinta años de tiranía que aun vivimos. Por supuesto hay excepciones, no pocas. Pero el grueso de artistas y pensadores humanísticos han callado ante no sólo la destrucción del país sino de las mismas instituciones –universidades, editoriales, museos…– que promovían su oficio; en Caracas deben quedar cuatro o cinco librerías.
A lo cual hay que agregar una enorme cantidad que se fueron lejos para no contaminarse del desastre nacional –Madrid es una ciudad bella y vital–.
Yo agregaría, yo, que la derechización de la tribu intelectual es abrumadora, es decir, su distancia con el país mayoritariamente agredido y mísero y con un mundo cada vez más distante de sus más deseables posibles.
Digo esto ahora porque creo que es más necesario que nunca, y por supuesto no soy el primero que lo apunta, crear una opinión nacional robusta ante la humillante y creciente imposición norteamericana, que veja nuestra soberanía, con la complicidad sin nombre del salvaje chavismo nacional.
Ya le hemos visto todos sus dientes e intenciones al proyecto trumpista para nuestro país y, ya es también flagrante, para toda América Latina; otra vez el humillante patio trasero, el látigo de Monroe, pero llevado a niveles inéditos.
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En un país sumido ya por años en el silencio y la postración –salvo el grito libertario de las elecciones del 28 de julio– ese despertar de la voz de la nación no puede ser sino desde «arriba» y posiblemente desde los sectores civiles, dada la demolición de los partidos de oposición política, el gran número de activistas exilados, el trauma de los medios, la represión disminuida pero viva…
Eso ha comenzado y debe multiplicarse, eso va a crecer y pesar. Es la hora de buscar esos consensos ideológicos, al menos debatirlos, no es el tiempo de la calle.
Sería bueno, y volvemos a Zola, que los intelectuales entiendan que también es un deber suyo, para el cual están mejor armados que el ciudadano común, el acusar y el proponer.
Lo que vivimos es demasiado trágico, humillante y triste como para mirar a otro lado, para callar.
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