Verdades incómodas, por Gonzalo González
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En América Latina existen regímenes autoritarios que han logrado construir sistemas de control social tan eficaces y resilientes apalancados en el control absoluto de los poderes e instituciones del Estado –en particular las Fuerzas Armadas y Cuerpos Seguridad– que permiten aplicar en situaciones límites y críticas el terrorismo de Estado sin cortapisas o límites.
Disposición que les han posibilitado resistir toda clase de presiones internas y externas, para garantizar de esta manera su continuidad en el ejercicio del poder.
Incluso a pesar de que sus gestiones de gobierno han sumido a sus sociedades en situación de emergencia humanitaria compleja y de que la mayoría social ha expresado de forma contundente y reiterada su deseo de cambio político en numerosas movilizaciones y protestas contra el régimen.
Hechos y acciones que en otras sociedades, han derrocado y obligado a los gobiernos y regímenes a negociar una transición hacia otra clase y modo de gobernanza.
Los casos a los que nos referimos son en orden de longevidad: Cuba, Venezuela y Nicaragua.
Quienes, con las diferencias del caso, guardan similitudes y afinidades importantes: llegaron al poder mediante actos disruptivos, fueron en buena parte de su trayectoria hegemónicos porque la mayoría de sus sociedades compartieron su ideario, su visión del bien común y su gobernanza; y que una vez agotada su capacidad de retribución simbólica o material o ambas han acudido al poder duro –el terrorismo de Estado incluido– para garantizar su continuidad en el poder.
Todos ellos, sin excepción, se presentan como los máximos exponentes y depositarios del nacionalismo y devenido en estados forajidos porque afectan la seguridad nacional y los intereses de otros estados.
Un rasgo importante y clave que los caracteriza es que han pervertido, partidizado y convertido a sus fuerzas armadas en actores económicos para ganar fidelidad por compartir intereses creados con la élite civil del régimen.
Esas instituciones castrenses se han convertido en guardias pretorianas y por momentos en virtuales fuerzas de ocupación; actuando a contravía de los intereses del Estado y la sociedad.
Las verdades incómodas a que alude el título de estas reflexiones es a la imposibilidad de que las fuerzas y sectores internos que disienten y luchan por el cambio político no logran por sí solos generar la fuerza política suficiente para abrirle camino al cambio aun a pesar de que representan a la inmensa mayoría social que desea la sustitución del régimen.
La otra verdad –consecuencia directa de la primera– es que sin la ocurrencia de un acto político disruptivo proveniente de una coalición potente de otros estados o de una gran potencia no se puede superar el status quo autoritario y abrirle paso a la liberación de esas naciones.
De hecho, organismos multilaterales como ONU, OEA, UA han legislado al respecto y elaborado mecanismos de intervención en sus respectivos entornos para defender a las sociedades víctimas de regímenes autoritarios o dictatoriales que sojuzgan a sus poblaciones y aplican el terrorismo de Estado.
Sin embargo, esas intervenciones no garantizan del todo que la situación que emerge de las mismas suponga la vigencia plena y efectiva de los derechos humanos, civiles y políticos en esas sociedades.
Tampoco que los viejos actores no intenten o logren reproducir maquillada la gobernanza autoritaria que se pretendía sustituir o que el «necesario» tutelaje que se argumenta para impedir el vacío de poder y garantizar el proceso de cambio devenga en permanente para en realidad salvaguardar intereses corporativos y nacionales de otros estados.
En Venezuela exista incertidumbre sobre si lo ocurrido el 3 de enero se agota en la salida de Maduro y de algunos de sus secuaces y en la reproducción de la gobernanza dictatorial algo mitigada bajo el Rodrigato o que la ventana de oportunidad que parece abierta para instaurar una gobernanza del Estado acorde con los mandatos de la constitución se concrete mediante una transición hacia ese objetivo.
Mayor incertidumbre al respecto existe en relación a la futura situación de Cuba si es verdad que Estados Unidos decide intervenir en ese país.
Pactar o imponerle a los Castro un cambio político para sean ellos quienes continúen conduciendo al Estado no es el cambio aspirado por los cubanos de adentro ni tampoco por la numerosa comunidad cubana exiliada, sobre todo la residente en Estados Unidos.
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El desenlace exitoso para la nación venezolana del proceso iniciado el 3 de enero es que conduzca a una transición real a la libertad y al progreso mediante la elección de un gobierno legal y legítimo consecuencia de la expresión y reconocimiento de la soberanía popular libremente expresada.
And para la nación cubana es que una eventual intervención de EEUU suponga el fin del castrismo y el advenimiento de la libertad.
Gonzalo González es politólogo. Fue diputado al Congreso Nacional.
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