Venezuela y «el vil egoísmo», por Enrique Ramón Díaz
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Ninguna palabra es neutra y, como cualquier otro dispositivo o cosa que dispone de nuestra atención (ambiente, lenguaje, tradición, etc), repercute de algún modo en el comportamiento social.
Así se entendería el arraigo de ciertos valores y particularmente los legitimados en un país –desde los símbolos patrios–; como en aquel canto nacional que hilvana criterios positivos y que busca generar saberes, discursos y formas de vida que hacen más grande el espíritu ciudadano. Y, por lo que, aquello alejado de dicho propósito merecería una reconsideración crítica y sobre todo didáctica.
En consecuencia, en el canto de un Himno –nacional, regional, local–, dado que se busca interiorizar unas positividades, entonces, lo propio ha de ser una coherencia profunda que se aproxime a una escritura ideal; es decir, a un nivel de resiliencia y corroboración atemporal y con capacidad de superar aquella prueba falsable que resiste cualquier intento de refutación (Popper, dixit).
En el caso del Himno Gloria al Bravo Pueblo, existe el propósito de apreciar dicha falsabilidad en una cierta expresión que pareciera oponerse, al menos, a la experiencia histórica y religiosa. Sí, «el vil egoísmo» (pero específicamente la frase que lo reafirma) «que otra vez triunfó», la cual pareciera constituir una negatividad; en general, porque contradice el principio cristiano de que el mal –jamás o nunca más– triunfará sobre el bien, lo que representa el reinado del amor.
Y, asimismo, confirma Gandhi que, «a lo largo de la historia el camino de la verdad y el amor siempre ha ganado. Ha habido tiranos y asesinos, y por un tiempo pueden parecer invencibles, pero al final, siempre caen. Piensa en ello, siempre». Sí, por ejemplo, en la ilustración de David frente a Goliat o en el destino histórico de Hitler y otros dictadores inhumanos.
Como es obvio, el problema no sería la enunciación de «el vil egoísmo», sino aquella negatividad que lo complementa; y, sobre lo cual, se agregaría que una frase o palabra apropiada y bien dicha a su tiempo, «¡oh! Cuán buena es» (Proverbio 15,23).
Además, la reafirmación triunfal del egoísmo estaría alejada de los vítores de una Filosofía estética que redescubre cada vez lo bello en la naturaleza humana y, de una Psicología, que enaltece el altruismo como principio de sanidad mental.
En virtud de ello la frase («que otra vez triunfó»), dado que el Himno se habría configurado entre 1810 y 1816, quizás, pudo haberse relacionado con aquella emoción de pérdida de la primera y segunda república (durante la lucha de independencia); y, de ser así, aquel sentido estaría desactualizado; pero con el agravante de alentar, tal vez, la imposición de la fuerza por sobre la razón; y, especialmente, el irrespeto a la soberanía del pueblo.
De hecho, en la historia política de Venezuela pareciera triunfar siempre el vil egoísmo.
Verbigracia, con el nacimiento de la República se derroca al primer presidente civil, José María Vargas (1836), y luego hubo de esperarse más de cien años para que se eligiera a otro presidente civil, Rómulo Gallegos (1948), quien fue derrocado también a los nueve meses; teniéndose que esperar otros doce años para instaurar una democracia (1958) que fue nuevamente interrumpida por el ego militarista (desde 1998), y que actualmente mantiene en el exilio al actual presidente electo Edmundo González.
Por ello, de una forma constructiva y asumiendo que las cuestiones terminológicas repercuten en la forma de percibir y actuar una sociedad, entonces, a la frase expuesta le surgirían otras consideraciones posibles como las que se indica en el paréntesis: «A este santo nombre/ tembló de pavor/ el vil egoísmo» (que jamás/ nunca más/ y el amor) triunfó.
Al final, como diría Borges, «Escribir (incluso lo ya plasmado en nuestras tradiciones) es un modo de soñar, y uno tiene que tratar de soñar sinceramente».
Enrique R. Díaz es doctor en Educación y autor del libro, “Bio-Eco-docencia: Dialógica, Pedagogía y Política”.
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