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Venezuela y el orden mundial, por Pablo Ospina Peralta



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Venezuela y el orden mundial
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Opinión TalCual | enero 15, 2026

X: @Latinoamerica21


Mientras George W. Bush hizo repetidas genuflexiones intentando inventar razones medianamente aceptables o compatibles con las leyes internacionales que justificaran la invasión a Irak o a Afganistán, Donald Trump ni siquiera amagó el gesto. Es una diferencia.

Pero no creo que califique para marcar la distinción entre un orden mundial y otro. El orden mundial, desde que hay orden y cuando hay orden, siempre ha sido el orden del más fuerte. La legalidad internacional siempre ha oficiado como una excusa más o menos ignorable.

Eso no significa que la fuerza pueda darse el lujo de prescindir de legitimaciones. Todo poder las requiere, incluso el más despótico.

El régimen venezolano ofreció sobradas razones para hacerse odiar por el mundo y sus vecinos. Es un régimen abyecto que, sin embargo, no es el más abyecto que se haya enfrentado al poder imperial. Los talibanes en Afganistán eran bastante peores. Saddam Hussein era un criminal bastante más peligroso y despreciable que Nicolás Maduro.

A mis ojos, ni siquiera en esos casos extremos se justifican las operaciones policiales norteamericanas, porque aceptar su rol de policía mundial significa someternos a los caprichos del juicio de los políticos norteamericanos sobre quién merece y quién no merece justicia.

Los kurdos la merecen contra Saddam y contra ISIS, pero los palestinos no la merecen contra Israel, otro conocido ejemplo de un país que jamás invoca ninguna legalidad para justificar sus operaciones policiales o abiertamente genocidas.

Experimentos sociales éticamente defendibles como el Chile de Allende o el sandinismo de la primera época, merecieron la felonía y la traición sin la menor consideración por ninguna ley internacional. Estamos lejos de un orden mundial aceptable.

Lo central, por supuesto, no es lo que yo opine, sino que el régimen venezolano estaba suficientemente desprestigiado mundialmente como para oficiar de paraguas moral a una intervención que también usó la excusa del narcotráfico, aunque no hubiese demasiadas pruebas defendibles para incriminar a los acusados. Toda fuerza se atiene a un cierto consenso imprescindible.

Por eso a Donald Trump le resulta incomparablemente más difícil hacer una operación policial en Groenlandia que en Venezuela. Tiene la misma fuerza y el mismo interés geopolítico. Carece de un mínimo umbral de legitimidad.

Este tipo de límites siempre existió en el orden mundial del más fuerte. Lo realmente nuevo para el orden mundial es la doctrina de que cada potencia tiene derecho irrestricto a sus áreas de influencia, que Europa tiene que arreglárselas por sí misma, que Ucrania no es responsabilidad de Estados Unidos, que Venezuela no puede decidir convertirse en punta de proa de la influencia china, rusa o iraní en el hemisferio occidental.

El patio trasero, «our backyard», fue explícitamente invocado por Marco Rubio. ¿Significa esto, realmente, que Estados Unidos está renunciando a su hegemonía mundial para aceptar una hegemonía hemisférica desde la que podría negociar con otras potencias regionales de peso equivalente?

No sabemos si este cambio, que, de confirmarse, es incomparablemente más importante que el desprecio a una excusa deleznable, sea una política permanente, más allá de Donald Trump. También sabemos que, como siempre, estas políticas son el resultado agregado de balances de influencia y poder de distintas corrientes de opinión y diversos intereses dentro de la política norteamericana.

Y este es un cambio mayúsculo que exige un realineamiento de fuerzas muy poderosas. A John Bolton le resultó inaceptable tener que lidiar con el aislacionismo que traía consigo naturalmente el carácter de Trump. Al parecer, J.D. Vance es el portaestandarte de la corriente antiintervencionista, mientras Marco Rubio parece que quisiera llevar la doctrina del monopolio de la fuerza en el hemisferio occidental hasta sus límites conocidos, es decir, hasta Cuba y Nicaragua.

Bolton sería la expresión de una línea neoconservadora que, hasta donde se puede entender, es mayoritaria entre los especialistas de política exterior, centrada en debatir diversas opciones destinadas a mantener la hegemonía mundial norteamericana contra las amenazas de China y Rusia. Bolton considera ilusa la estrategia de Trump de acercarse a Putin para alejarlo de China, en algo así como la reedición de la estrategia de Nixon con Mao en 1973.

*Lea también: La primera víctima del Corolario Trump: Venezuela, por María Isabel Puerta

Su opción es llevar la intervención en Venezuela, y en Irán, hasta su conclusión lógica en el cambio de régimen.

Más allá de los personajes visibles y las especulaciones, lo central serán los diversos intereses de los distintos actores colectivos detrás de cada uno de estos personajes. Lo que podemos decir, a ciencia cierta, es que el aislacionismo original de la doctrina MAGA se ha transfigurado en la política de configurar una completa soberanía hemisférica imperial que vuelve a poner a América Latina en el centro de la estrategia norteamericana, por primera vez desde la caída de las torres gemelas.

Que sea estable o que vaya a triunfar dentro del paralelogramo de fuerzas de la política norteamericana, no lo sabemos.

¿Es un nuevo orden mundial? Los gritos de dolor que escuchamos por doquier quizá sean dolores de parto. O quizá son las tradicionales víctimas del viejo orden que sigue sin dar su brazo a torcer.

La imagen de portada fue creada con IA

Pablo Ospina Peralta es docente del área de Estudios Sociales y Globales de la Universidad Andina Simón Bolívar y militante de la Comisión de Vivencia, Fe y Política.

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TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo.

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