Venezuela y el clamor del cambio, por Stalin González
Venezuela comienza 2026 con una coyuntura política compleja. Los venezolanos siempre hemos trabajado incansablemente por un mejor país y el retorno de todas las vías democráticas; así debemos continuar para lograr la reconstrucción nacional.
Ante esto, hay un peso profundo en nuestra sociedad que no podemos olvidar: el de millones de voces que han sido silenciadas. Voces de quienes callan por miedo, de quienes fueron perseguidos por pensar distinto y de quienes tuvieron que irse del país porque aquí no encontraron oportunidades ni garantías para vivir con dignidad.
Pero su sufrimiento no es invisible ni ha sido en vano. Hoy más que nunca, es necesario decir con claridad que la crisis venezolana no es solo económica o institucional: es también una crisis de derechos, de libertades y de humanidad. Uno de los dramas más graves que enfrenta el país es la existencia de cientos de personas detenidas injustamente por razones políticas.
Hombres y mujeres privados de libertad no por haber cometido delitos, sino por opinar, disentir, organizarse o exigir cambios. Pensar distinto no es un crimen, nunca lo ha sido y nunca puede serlo en una República que aspire a llamarse democrática.
A inicios de 2026, el acto más urgente y valiente que necesita Venezuela es el reencuentro. Este país no puede seguir atrapado en la lógica de la persecución y la polarización permanente. La historia demuestra que las naciones se reconstruyen cuando son capaces de sentarse, verse a los ojos y acordar, incluso en medio de profundas diferencias.
No puede haber diálogo genuino ni gobernabilidad posible mientras existan ciudadanos encarcelados por razones de conciencia o pensamiento político. No hay desarrollo sin democracia, y no hay democracia sin derecho irrestricto a los derechos humanos.
La liberación de todos los detenidos injustamente debe entenderse como un gesto de Estado, no como una concesión política. No puede ser visto como un favor. Todo lo contrario. Es una condición mínima para recuperar la confianza, reconstruir el tejido social y abrir caminos reales hacia la estabilidad.
La amnistía, en este momento histórico, es una herramienta para cerrar heridas, descomprimir tensiones y devolverle a la política su carácter civil, pacífico y democrático. Al mismo tiempo, la política venezolana está obligada a transformarse en algo útil para la gente. No basta con administrar conflictos ni prolongar crisis.
La Asamblea Nacional y los espacios de representación deben convertirse en lugares donde se defiendan derechos, se denuncien abusos y se construyan soluciones concretas para los hogares golpeados por la inflación, la pobreza y la incertidumbre. El tiempo perdido no se recupera, y la sociedad venezolana no puede seguir esperando gestos vacíos.
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Estamos en esta coyuntura y debemos seguir adelante para que todos podamos gozar de calidad de vida, pero sin olvidar a las víctimas. La represión a un solo venezolano significa la represión a todos nosotros.
Hablar de soberanía implica algo muy concreto: garantizar que ningún venezolano sea perseguido por pensar distinto y que nadie tenga que huir del país para sobrevivir. La soberanía no se defiende con miedo ni con cárceles, se defiende con instituciones que respeten la ley, el voto y los derechos fundamentales.
Venezuela necesita una política que sane, no que castigue; que incluya, no que excluya. Porque solo así, con libertad y justicia, será posible comenzar de verdad la reconstrucción del país.
Stalin González es político, abogado y dirigente nacional del partido Un Nuevo Tiempo
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