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Venezuela: una transición frágil sin la diáspora, por William Clavijo y Nancy Arellano



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Venezuela: una transición frágil sin la diáspora
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Opinión TalCual | abril 14, 2026

X: @Latinoamerica21


Enero de 2026 abrió una fase excepcional para Venezuela: reacomodo de poder, presión internacional y un horizonte de transición que vuelve a discutirse en clave de «estabilización, recuperación y elecciones». Pero hay un punto ciego que puede arruinar la legitimidad y la viabilidad de cualquier hoja de ruta: la diáspora venezolana.

No estamos hablando de un «detalle social» ni de una agenda secundaria. Hablamos de alrededor de ocho millones de ciudadanos que no dejaron de ser venezolanos al cruzar una frontera, y a quienes se les ha restringido el derecho a la identidad, la participación y la representación. Si la transición pretende restaurar la democracia, debe empezar por reconocer al demos completo.

La gran omisión

La diáspora no surgió por elección. Durante años, Venezuela expulsó a su población ante el colapso de las condiciones materiales y de convivencia: cierre del espacio plural, persecución de la disidencia y destrucción de capacidades productivas y de servicios básicos.

Y todo ello sumado a una política estatal perversa hacia sus nacionales emigrados: negación del fenómeno, servicios consulares precarios, trámites costosos y barreras a la identidad y a la participación política.

El resultado es una ciudadanía fracturada: personas con vínculos familiares, sociales y económicos en el país, que sigue de cerca lo que ocurre y que, en muchos casos, quieren volver, pero que son tratadas como si su ciudadanía fuese «de segunda» por haber salido.

En una transición, esa fractura se convierte en un problema de política pública, no solo de justicia: debilita la legitimidad y abre espacio para nuevas formas de exclusión y de captura institucional.

Proponemos una hipótesis: incorporar a la diáspora en el diseño de la transición —con inclusión y retorno como política pública— tiene una triple utilidad inmediata y medible.

Primero, amplía las fronteras democráticas: extiende la comunidad política efectiva y fortalece la soberanía popular más allá del control territorial. Segundo, oxigena la institucionalidad: aporta capacidades estatales con criterios de mérito e integridad en una fase en la que el Estado necesita funcionar, no solo prometer. Tercero, acelera las capacidades técnico-productivas: moviliza capital humano, redes y financiamiento de origen privado para reactivar la economía y servicios.

«Medible» implica rendición de cuentas: documentación y participación electoral en el exterior, reposición de capacidades por concurso e integridad e inversión canalizada con trazabilidad. Dicho directamente: la diáspora no es solo «víctima» ni «remesa», sino un activo de gobernabilidad democrática.

Voto exterior: el muro democrático

En contextos de captura institucional o de coacción, el voto dentro del territorio puede verse distorsionado por el miedo, la dependencia o el control de facto. El voto en el exterior, en cambio, puede operar como una reserva de soberanía ciudadana menos vulnerable a la intimidación. Garantizarlo no es un gesto simbólico: es un ancla de legitimidad.

Meritocracia: la seguridad también es capacidad estatal

Toda transición se juega en dos tableros: el político (acuerdos, reglas, elecciones) y el administrativo (Estado funcionando). Sin capacidad estatal mínima —servicios críticos operativos, finanzas públicas gestionables, reglas de integridad aplicables—, la estabilización se vuelve frágil y fácilmente capturable.

Aquí la diáspora puede «oxigenar» la institucionalidad: profesionales con experiencia en las más diversas áreas, desde gestión pública hasta infraestructura, energía, salud o educación, contribuyendo a reconstruir capacidades bajo criterios verificables de mérito, transparencia y trazabilidad.

Este enfoque permite salir del falso dilema entre «trabajar el olvido» y «cacería de brujas». La reconstrucción institucional requiere saneamiento, pero, sobre todo, reconstrucción meritocrática: concursos, protección de las funciones técnicas, estándares de integridad y gestión orientada a resultados. En la práctica, eso es seguridad democrática: reduce la dependencia de las redes clientelares y fortalece la resiliencia de la nación.

Capital de la diáspora: inversión temprana, confianza gradual

La recuperación no se financiará solo con grandes anuncios. Requiere inversión temprana, redes, conocimiento aplicado y mecanismos para reconstruir la confianza. La diáspora puede aportar un «capital patriótico de riesgo»: inversión directa, redes comerciales, transferencia tecnológica, financiamiento a las pymes y asistencia técnica para la reconstrucción local.

Este aporte no sustituye reformas macroeconómicas ni políticas de Estado, pero sí puede reducir las presiones de endeudamiento, acelerar los encadenamientos productivos y mejorar la calidad de la reconstrucción cuando hay restricciones fiscales y urgencias sociales.

*Lea también: El síndrome K, por Aglaya Kinzbruner

Del discurso al diseño: condiciones habilitantes

Traducir esta tesis en política pública exige tres condiciones mínimas. Primero, una arquitectura institucional que coordine identidad, registro electoral, reintegración e inversión, con un liderazgo claro y coordinación intersectorial.

Segundo, estándares de integridad y transparencia que bloqueen la captura y la corrupción, asegurando la trazabilidad de trámites, beneficiarios, contrataciones y fondos. Tercero, metas verificables por fases, para que la inclusión de la diáspora no quede en retórica bienintencionada ni se convierta en un nuevo espacio de discrecionalidad ilimitada.

Esto permite anticipar riesgos —backlash, captura y cuellos de botella— e incorporar salvaguardas desde el inicio. Estos riesgos no desaconsejan la inclusión: obligan a diseñarla bien.

Si la transición se estructura en las fases de estabilización, recuperación y elecciones, la agenda de la diáspora debe traducirse en medidas concretas, verificables y con responsables claramente definidos para cada una de estas etapas.

La primera fase, de estabilización, requiere garantizar la identidad y la documentación mediante servicios consulares accesibles y eficientes, con reducción de barreras de costo y de tiempos.

Además, hay que abrir y actualizar el registro electoral exterior, con un acceso claro y cronogramas auditables, y ofrecer una protección prioritaria a la población en alta vulnerabilidad en los países de acogida, especialmente en Suramérica.

La segunda fase, de recuperación, debe orientarse al retorno voluntario, seguro y digno, acompañado de procesos de reintegración social y laboral; al reconocimiento de credenciales mediante la homologación de títulos y experiencia para aprovechar el capital humano; y a la creación de una ventanilla de inversión de la diáspora con reglas simples, garantías mínimas y transparencia que permita canalizar una inversión productiva y apoyar la reconstrucción local.

Finalmente, la tercera fase, de elecciones, implica asegurar el voto exterior pleno con garantías y promover una participación política efectiva que abra una discusión sobre la representación de la diáspora para que la ciudadanía y la democracia no terminen en la frontera.

Una transición sin diáspora nace incompleta

La soberanía popular no se suspende al cruzar una frontera. Sin derechos no hay ciudadanía; sin ciudadanía no hay democracia, y sin la diáspora no hay transición plenamente legítima. Venezuela no podrá reconstruirse como democracia si empieza por repetir la lógica de exclusión que profundizó su crisis. Reconocer a la diáspora no es solo justicia: es gobernabilidad, capacidad estatal y recuperación.

Se necesita una Ley de Retorno y Reconciliación Nacional que complemente la Ley de Amnistía y convierta el cambio político en reintegración real del país consigo mismo. Nada de esto es una utopía institucional: hay experiencias comparadas de retorno, voto en el exterior y representación en países como Ecuador, España o Italia. Lo central es asumir el principio: la transición será inclusiva o será frágil.

William A. Clavijo, es Doctor en Políticas Públicas, Estrategia y Desarrollo por la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ). Es becario postdoctoral en el Programa de Recursos Humanos de la Agencia Nacional de Petróleo, Gas Natural y Biocombustibles (ANP) de la UFRJ.

Nancy Arellano es investigadora de la Universidad del Pacífico, Perú. Máster en Gobierno y Gestión Pública América Latina de la Universidad Pompeu Fabra, España. Especialista en Finanzas Internacionales con Diplomado en Política Internacional.  

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TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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