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Venezuela: un ensayo explicativo (2ª. Parte), por Leandro Area



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19 de abril
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Leandro Area Pereira | @leandroarea | abril 25, 2019

@leandroarea


El capítulo sobre la “orfandad” estará dedicado a reflexionar sobre el primero de los cuatro “miradores” propuestos y anunciados anteriormente para el establecimiento y discusión de un esquema perspectivo y prospectivo desde donde analizar el proceso político venezolano e incidir sobre él.

Como recurso excesivo y provocador a los fines de esta segunda entrega me serviré de la mención que se hace de tal cuestión en el Acta del 19 de abril de 1810, más de doscientos años hacen ya:

“En la ciudad de Caracas a 19 de abril de 1810, se juntaron en esta sala capitular los señores que abajo firmarán, y son los que componen este muy ilustre Ayuntamiento, con motivo de la función eclesiástica del día de hoy, Jueves Santo, y principalmente con el de atender a la salud pública de este pueblo que se halla en total orfandad, no sólo por el cautiverio del señor Don Fernando VII, sino también por…”

Esa circunstancia que subrayo a los fines señalados, nos aterriza de golpe y porrazo en lo que posiblemente hemos sido y seguimos siendo, hoy más que nunca: huérfanos, ausentes de un “nuestro”, permanente y solido, civil y democrático, núcleo imantador.

Arrancados y expulsados a la fuerza del “Edén originario”, “Tierra de Gracia” , ¿qué es si no La Conquista?; faltos de madre y padre ciertos, aunque España y el Rey lo fueran aún “postizos”, durante más de 300 años; anclados después en Bolívar, el “Padre de la Patria”, el monarca que no fue, huérfano él mismo, despreciado y enterrado por “traidor” por los suyos, sus hijos, y luego trasmutado por los mismos en héroe sacrosanto; sin raíces culturales y emocionales propias, ¿cuál raíz?, ¿las originarias? (ya ni aborígenes ni europeos, ¡zape!, Decreto de Guerra a muerte); con prejuiciada pluralidad racial  (ni indios, ni negros, ni blancos, criollos inciertos, pardos, mulatos, ni etcétera siquiera, “crisol de razas” edulcorado); sin territorio firme, definido y defendido, ¿cuál territorio?; sin autoridades incontestables por legítimas que no sean el miedo o el culto por los que portan armas o el terror al infierno y sus regentes, o la combinación de ambos más una coletilla de “letrados” ( La espada, la cruz y la tinta como testigos oficiantes); ahora para más señas sin mitos ni símbolos políticos claros que ordenen y organicen nuestro destino como nación, antes bien caudillaje que vendría a ser aquella, y también esta, reunión dispersa y circunstancial de tribus desorientadas cuyo lazo en común es la necesidad de seguir vivos (el hambre, el miedo y la rapiña, el rebusque, el mando y la obediencia); el idioma en común si acaso; sin organización social estable, y demás.

¿Cómo llamar entonces si no orfandad, desapego, desarraigo, a esa errancia? Antes y ahora por igual. Porque sentir el abandono del que hablo, la falta de vínculo afectivo, no es un hecho personal o familiar en este caso, sino social e histórico, normalmente inconsciente, de mitos y símbolos disueltos o pertenencias truncadas y ya dichas, que estructuran la razón, el nido, el piso, de lo que creíamos ser y no hemos sido.

En tal destierro, después de 1810, a partir de allí o ya incubado desde antes, hay autores que explican y dan razones varias, nos persiguen el abandono colectivo, el relinche de “pueblo” como argucia demagógica, el apetito pertinaz por los caudillos, la violencia, el botín, la sumisión, la inmadurez, la corrupción, el exceso de legalismo, la costumbre por la esclavitud mental, el servilismo transformado y aprovechado por otros en turbación nuestra y en falta de vocación y respeto por lo individual y por lo colectivo.

Sucumbimos igual frente a las montoneras, al clasismo, al feudalismo territorial y al viciado ejercicio del poder amparado en todas estas premisas, por las maneras de creer, de pensar y de hacer, en urgencia de progenitores ficticios (héroes, caudillos, Estado, gobierno, autoridades eclesiásticas, civiles o militares, el honor es su divisa, ni se diga).

Allí en ese abandono, cómodos de barbarie al mayor y al detal, se instalan los nuevos-viejos reyes, los nuevos-viejos esclavos, los nuevos-ancianos códigos, los nuevos-importados ideales, los nuevos cacareados hombres viejos o los hombres viejos reencauchados de nuevos, en negociado consentido por las partes; dando y dando.

Nuevos decrépitos en todo caso inconexos, pobres, condicionados, abriendo huecos, minerales, estirando la mano, saltando de árbol en árbol, trashumantes, mendicantes hasta el sol de hoy, bienvenida la ayuda humanitaria, culpando a otros. Manumisos.

Cada conductor privilegiado, cada meritorio esfuerzo, cada logro, cada éxito particular, abulta la evidencia del desatino colectivo, la falta de organicidad, de unidad de propósito, de sentido (en) común, el disparate social,  la ausencia de bienestar con ciudadanía.

Ahora necesito definir la orfandad que por sí sola no explicará sino una cara del múltiple caleidoscopio de nuestras tribulaciones. Por algún lado hay que comenzar a buscar el hilo originario y aún sabiendo de antemano de esa empresa imposible, saber que de ese esfuerzo pertinaz por comprender, entender y orientarnos, al menos dejaremos de ser engullidos tan fácilmente por la perplejidad que en la actual hora nos fulmina: distorsión del pasado, exceso de presente y ausencia de futuro. ¡Hasta cuándo!

Encuentro además que el parto biológico es único, y los partos sociales, históricos y múltiples y que en estos últimos somos capaces de renacer constantemente y en compañía de otros pero a diferencia de los primeros, estos corren bajo nuestra plena responsabilidad, los provocamos, pues somos libres de escogerlos y hasta de moldearlos y de tener éxito; son posibilidades que están allí frente a nosotros para ayudarnos a renacer, enmendar el camino, aprender a aprender, con otros, en terapias cívicas e intensivas, para ser arquitectos de nuestro propio destino y también de caer, por qué no, y saber levantarnos. A ello apuesto.

La orfandad entonces no es el fin del camino ni cicatriz oprobiosa ni pecado original, pero si la dejamos hacer y socavar de su cuenta nuestras existencias es de una voracidad que nos atenaza, engulle y regurgita a su gusto. Nos hace prisionero, víctimas de su hilar corrosivo, del poder, en un repetir que no nos deja, que nos indetermina, ensimisma y desanima, y con el que nos dejamos indiferentes en manos del que llena el vacío: el dogma, el camarada, el militar, el partido político el imperio, la frustración; siempre el otro.

En esos territorios desolados el poderoso es el que administra soberano el hospicio, el país, al que acudimos; el que maneja a su capricho la electricidad, el agua, la medicina, la comida, los estados de ánimo, el dueño y señor de nuestras vidas, todo por taquilla, a su gusto y a cambio; ese es el “Estado Misional” al que recurrimos diariamente, haciendo “la cola” y expectantes a ver si nos dan algo, si nos tiran algo: el populismo, la dictadura, la militancia, el compañerismo, el anonimato, el carnet, todo como dejadez de nuestra autoestima y a fin de cuentas la llaga que no dejamos de lamer en público, llorar lastimeros y pedir limosnas enseñando pobreza, teniendo toda la riqueza en derredor, con una desfachatez que da lástima, vergüenza y rabia.

Y así permanentemente, con triunfos individualidades, tipos raros, fulanito por aquí, zutanita por allá, paréntesis históricos que parecen más bien construidos por seres extraordinarios, infrecuentes planetas, se reinicia inclemente la máquina de destruir, de repetir, Sísifo, esclavo-amo, huérfano-caudillo, el reino lucrativo de la sumisión para ambas caras del poder corrupto: al que le gusta mandar y al que le fascina obedecer. No hay amos sin esclavos. No hay República.

En esa lógica trituradora y multiplicadora, en ese andamiaje, pastamos hoy como nación, así lo siento, así lo entiendo, y si me equivocase es por tener razón al denunciar que pedir, implorar, mendigar, no pueden ser los verbos que mejor nos identifiquen como seres humanos ni como sociedad.

Mirar mirándonos en subjetividad militante y sincera, puede ser un primer paso para entender lo que no queremos seguir siendo. Tomar conciencia de haber sido una sociedad marcada históricamente por la orfandad, sin saberlo o consintiéndolo, nos puede enseñar a tomar la iniciativa en el difícil pero necesario arte de la ciudadanía, parto en común, virtud cívica productiva que surge del encuentro entre la libertad y la responsabilidad, la conciencia nuevamente, con la que podemos llegar a ser y construir en el desenvolvimiento diario si tomamos las riendas del destino de Venezuela, a través de la Política como guía-maestra, en manos de nuestras voluntades prósperas.

 

Leandro Area Pereira

Caracas, 22 de abril de 2019

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