Venezuela: Un cuarto de siglo perdido, por Gregorio Salazar
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Si los años 80 pasaron a la historia de América Latina como la “década perdida” cuando el continente fue atravesado por una profunda crisis económica y social donde convergían inflaciones descontroladas, endeudamiento y contracción económica, aumento del desempleo, pobreza creciente e inestabilidad política y social, no encontraremos los venezolanos de estas fechas razones para no considerar que los primeros 25 años del siglo XXI han sido para Venezuela un cuarto de siglo trágicamente perdido.
Ni la más benevolente de las miradas, ni el más despistado de los analistas que se asomara a la realidad nacional pudieran concluir en que el corte de cuenta de estas dos décadas y media, al 31 de diciembre de 2025, no arroja un resultado –más allá de cualquier metáfora– en rojo, con visos de hecatombe para una nación que, como se ha repetido hasta la saciedad, fue bendecida con recursos naturales de toda índole, sobre cuya base cimentar el bienestar de su población y el desarrollo hasta el final de los tiempos.
Que durante todo este período del tercer milenio, Venezuela haya sido controlada y conducida por el mismo grupo y proyecto político surgido desde la intentona golpista del 4 de febrero de 1992 pone sobre los hombros de los dos gobiernos chavista la responsabilidad inexcusable sobre el actual estado de cosas, donde el rumbo del país no puede ser más incierto e impredecible. Mucho más con una amenaza de intervención militar por parte de la primera potencia mundial.
El fracaso que marcan todos los índices económicos y sociales, ofrecidos mayormente por investigadores privados vista la ausencia de estadísticas oficiales, tiene una descomunal agravante.
El grupo en el poder contó, desde los tiempos en que Chávez recibió el respaldo del voto mayoritario del pueblo venezolano, con todo lo necesario para adelantar una trascendental transformación del país en todos los órdenes. Contaron con apoyo popular a raudales, ingentes recursos económicos (cuando la demanda de la economía china disparó los precios del petróleo), control institucional de los poderes que existían y los que crearon. Una oportunidad de oro miserablemente perdida para conducir a Venezuela a un gran futuro.
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“Porque sin duda no existe una degradación mayor para una Nación que aceptar, pasiva e indiferente, la conculcación sistemática y cotidiana de los más elementales derechos humanos consagrados y garantizados por la Constitución Nacional, y la instauración de una tiranía que pretende ocultarse ostentando máscara de democracia, mientras usurpan la soberanía popular”. No se equivoque, no crea que está leyendo palabras salidas de un incendiario discurso de la líder opositora María Corina Machado. La puede encontrar, con firmas autógrafas, en el documento emitido desde el Cuartel San Carlos por los felones del 4F el 24 de junio de 1992, a menos de cuatro meses de la intentona. Divulgado, detalle no menor, por toda la prensa nacional, la misma que hoy está reducida a cenizas.
No obstante, habría que destacar algunas falacias y/o contradicciones. Aquel gobierno no usurpaba la soberanía popular. Había salido inobjetablemente de las elecciones de diciembre de 1988.
Tampoco había una conculcación cotidiana de los derechos humanos semejante a la que hoy vivimos, con por lo menos siete centenares de presos políticos, que han padecido desapariciones forzadas, aislamiento e incomunicación, desasistencia médica e indefensión. Más allá de las torturas y muertes que registran los informes de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).
Hay un contraste que no admite comparación entre el trato que el gobierno contra el cual habían insurgido dio a los golpistas y el que ellos, hoy desde el poder, dan y someten a quienes haciendo uso de las garantías que les otorga la Constitución quisieron, elementalmente, ejercer sus derechos políticos. Prueba irrefutable de ello, amén de las increíbles licencias que el país todo conoció, es el testimonio de la periodista Angela Zago cuando los visitó en su lugar de reclusión: “Parecía que visitáramos a unos oficiales que no habían podido salir de su cuartel por algún inconveniente menor y no a unos presos por rebelión militar”.
Tiene que considerarse un cuarto de siglo perdido para un país donde lejos de saldarse la deuda social, como se prometió, el salario ha desaparecido, al punto que son los funcionarios públicos quienes al ser explotados, sostienen el funcionamiento del Estado-partido régimen o como diantres se le quiera llamar, en vez de éste proveerlos a cambio de su trabajo de los ingresos que les permitan satisfacer las necesidades más elementales de sus familias.
No hay espacio para mayores inventarios, lo cual implicarían elementos y datos numerosos y diversos, pero la aplastante realidad que viven los venezolanos es demasiado ostensible. Y conducen a una ristra de interrogantes: ¿Dónde está el salario? ¿Dónde la moneda nacional? ¿Por qué el aparato económico se redujo a una cuarta parte? ¿Por qué PDVSA dejó de ser el dinamo de la economía nacional? ¿Por qué la salud y la educación han descendido a alarmantes niveles de mediocridad y desasistencia? ¿Por qué Venezuela ha visto marcharse a más de 8 millones de sus hijos? ¿Por qué no se respetan la libertad de expresión y el derecho a la información? Y finalmente: ¿Por qué gobiernan quienes no han podido demostrar que ganaron las elecciones del 28 de julio de 2024?
Gregorio Salazar es periodista. Exsecretario general del SNTP.
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