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Venezuela sin apellidos, por Alexis Alzuru



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Venezuela sin apellidos
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Opinión TalCual | junio 16, 2026

X: @aaalzuru


La destrucción de Venezuela fue consecuencia de los gobiernos de H. Chávez y N. Maduro, pero también del fracaso de una oposición incapaz de comunicarse, deliberar y construir acuerdos. Ocho millones de venezolanos abandonaron el país. Se desmantelaron instituciones. Colapsaron servicios públicos. Se perdió un universo crítico del capital humano. Se fracturó el tejido social.

Lo ocurrido no fue un simple error de un gobierno. Ni un traspié histórico de sus adversarios. Ni siquiera una tragedia política susceptible de corregirse mediante nuevas promesas, liderazgos reciclados o campañas electorales más eficientes.

En Venezuela hay una crisis de civilización, no una simple transición política.

Una crisis civilizatoria se produce cuando una sociedad pierde simultáneamente instituciones, confianza, capital humano y la capacidad de imaginar y construir un futuro compartido. Y si esta premisa es cierta, que lo es, entonces, las soluciones no pueden reducirse a un apellido.

Las soluciones no pueden apellidarse.

No pueden secuestrarse. No pueden quedar subordinadas al criterio de un pequeño grupo de dirigentes convencidos de que encarnan la voluntad nacional.

Las crisis políticas pueden resolverse mediante acuerdos partidistas. Las crisis civilizatorias son distintas. Exigen reconstruir los espacios de comunicación entre los ciudadanos, organizaciones, partidos y las instituciones. Exigen restaurar la confianza. Exigen recuperar la capacidad de deliberar sobre el futuro.

Cuando las sociedades se rompen, la reconstrucción involucra a todos. El asunto rebasa a las mayorías electorales y, con mayor razón, a los acuerdos entre camarillas.

Los traumatismos de un país no se remiendan mediante programas de gobierno, repartos burocráticos o pactos entre élites. Comienzan a superarse cuando una sociedad logra deliberar y articular una visión compartida sobre sí misma y sobre el futuro que desea construir.

Por eso resulta en extremo inquietante la sola idea de que la transición pueda reducirse a conversaciones excluyentes. A encuentros entre algunos amigos. A negociaciones reservadas entre pequeños grupos de actores políticos. O a la autoridad de un candidato respaldado por una mayoría circunstancial.

¿Acaso no se ha aprendido nada de un siglo perdido entre caudillos, salvadores y personalismos?

Una transición es una invitación a conquistar el futuro, no una vuelta al pasado.

*Lea también: El cambio represado, por Gregorio Salazar

Mucho menos una convocatoria para restaurar aquellas prácticas políticas que normalizaron la incomunicación, la polarización y la personalización del poder.

En Venezuela, apellidar la transición equivale a reproducir el patrón que posibilitó primero el agotamiento de la democracia puntofijista y, después, el éxito de la autocracia chavista: la creencia de que una nación puede resumirse en un líder.

Lo que está planteado no es sustituir un apellido por otro.

Lo que está planteado es construir una democracia nueva.

Una democracia edificada sobre la autonomía de las personas, la distribución del poder, la fortaleza de las instituciones y la recuperación del pensamiento crítico. Una democracia capaz de sobrevivir a sus gobernantes porque ya no dependerá de ellos para existir.

Venezuela no necesita un nuevo apellido. Necesita una nueva idea de país.

 

Alexis Alzuru Aponte es Doctor en Ciencias Políticas. Magíster y Licenciado en Filosofía. Profesor jubilado de UCV.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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