Venezuela: entre la verdad y la mentira, por Enrique Ramón Díaz
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Allá donde habita la racionalidad amplia florecen grandes pensamientos que unifican y desarrollan un país; mientras lo contrario en una cerrada, que no coexiste con el pensamiento diferente, es el sometimiento de aquello que no entra en su cabeza.
Pero aun no se aprende de este estado gregario que no sabe de convivencia, es decir, que piensa por el otro y no con el otro.
Así, en Venezuela, se llegó a sustituir un espíritu sabio por un lenguaje rudimentario; por ejemplo, con frecuentes cadenas de radio y televisión y con duración algunas veces de hasta ocho y diez horas de agitación social.
Era el discurso estresante de Chávez que continuó con Maduro y, de cierta forma, replicado en programas televisados como «La Hojilla» y «Con el mazo dando» que combinaban mediocridad, temor y confusión permanente bajo aquella conseja socialista del otrora ministro de Hitler, Joseph Goebbels: «Una mentira mil veces dicha se convierte en una gran verdad».
Y como en la falsedad constante no es posible distinguir entre el bien y el mal o lo que favorece de lo que perjudica; entonces, «con un pueblo así –donde mentira es igual a verdad– puedes hacer lo que quieras» (Arendt, dixit).
Bajo este estado de manipulación, cuando se le quitaba la tierra a un humilde campesino (caso Franklin Brito) o se expropiaba un medio de comunicación o empresas (nacionales y extranjeras) o se abandonaban los centrales azucareros o las fincas productoras de carne y leche eran arrasadas, etc., los revolucionarios gritaban: «Así, así, así es que se gobierna».
Luego, cuando aumentó el desempleo, repetían: «Con hambre y sin empleo con Chávez/Maduro me resteo». Y mientras se regalaba petróleo y dinero a otros países, afines a su proyecto político, y estos reaccionaban con elogios a «don regalón», pese al colapso en educación, salud, electricidad, vialidad, etc., cantaban: «alerta… que camina la espada de Bolívar por América Latina».
Más aún, cuando la falsedad era tan pública y notoria, como el robo de las elecciones del 28 de julio de 2024, la solución fue legalizar la mentira –haciendo que lo totalmente falso fuese legalmente verdad– por medio del tribunal supremo de «injusticia».
Al final, durante 26 años, con el dominio de los medios de comunicación, se fue forjando una especie de crimen cultural, dado que se bombardeaba la verdad –que todos podíamos ver– inoculando siempre mentiras, de las cuales aún se conserva la idea errónea, en una minoría, de que los opositores son vendepatrias, incitadores de odio, narcoterroristas, corruptos; los mismos delitos de los que son señalados, ellos mismos, por la ONU y en tribunales internacionales.
Dada esta realidad, de confusión inducida, sugiero rescatar la razón serena frente a la sobrecarga informativa y el agite emocional; luego, la indagación suficiente antes de afirmar o negar una información sobre todo las de carácter político, teniendo presente, como advierte Platón, que «no es en (la palabra de) los hombres sino en las cosas donde hay que buscar… Mejor un poco que está bien hecho, que una gran cantidad imperfecta».
Enrique R. Díaz es doctor en Educación y autor del libro, “Bio-Eco-docencia: Dialógica, Pedagogía y Política”.
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