Venezuela: del gas quemado a los centros de datos, por Leopoldo Martínez Nucete
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Cómo transformar energía desperdiciada en la infraestructura estratégica del siglo XXI
Hay ideas que atraviesan generaciones sin perder vigencia. «Sembrar el petróleo», la célebre exhortación de Arturo Uslar Pietri en 1936, sigue siendo una de ellas. Durante décadas, Venezuela ha debatido cómo convertir su riqueza energética en una economía más diversa, productiva y sostenible.
Hoy, en plena revolución digital, esa aspiración adquiere una forma inesperada: transformar el gas que se quema inútilmente en los campos petroleros en la energía que alimenta centros de datos, inteligencia artificial y servicios digitales.
Esta reflexión también surge de mi experiencia en el norte de Virginia, en Estados Unidos, una región que en las últimas dos décadas se ha consolidado como el principal centro de datos del mundo.
Como actor político y asesor de políticas públicas en ese estado, he tenido la oportunidad de observar de cerca cómo una combinación de visión estratégica, estabilidad regulatoria, inversión en infraestructura y colaboración entre el sector público y privado permitió transformar una ventaja competitiva en un ecosistema tecnológico de alcance global.
La experiencia de Virginia demuestra que el desarrollo de la economía digital no es producto del azar, sino de decisiones de política pública consistentes y sostenidas en el tiempo.
Esa lección resulta especialmente relevante para Venezuela, que cuenta con recursos energéticos excepcionales y una oportunidad única para insertarse en las industrias del futuro.
En este articulo nos proponemos analizar una oportunidad estratégica para Venezuela: aprovechar el gas natural que actualmente se desperdicia mediante la quema en campos petroleros para impulsar una nueva industria basada en centros de datos, servicios digitales e inteligencia artificial.
La propuesta busca convertir un pasivo ambiental en una fuente de crecimiento económico, inversión y modernización tecnológica, alineando los recursos energéticos del país con las demandas de la economía digital global.
La propuesta puede parecer audaz, pero responde a una lógica económica cada vez más evidente. La infraestructura digital depende de energía abundante, confiable y competitiva.
Allí donde exista esa combinación surgirán oportunidades para atraer inversiones en computación en la nube, inteligencia artificial y procesamiento de datos. Venezuela dispone de un recurso que hoy desperdicia y que podría convertirse en una ventaja estratégica.
El crecimiento acelerado de la inteligencia artificial y los servicios digitales está impulsando nuevas inversiones en infraestructura tecnológica.
Empresas como Microsoft, Amazon Web Services, Google y Oracle buscan ubicaciones capaces de ofrecer energía suficiente para operar centros de datos de gran escala.
Pocos países combinan grandes volúmenes de gas desaprovechado, extensas áreas disponibles y una ubicación geoeconómica tan estratégica como Venezuela.
Si somos capaces de convertir energía desperdiciada en capacidad de procesamiento digital, podríamos transformar un pasivo ambiental en una fuente de inversión, exportaciones, innovación tecnológica y diversificación económica.
Actualmente Venezuela figura entre los países con mayores niveles de quema de gas del mundo. De acuerdo con estimaciones del Banco Mundial, el país quema anualmente entre 8 y 10 mil millones de metros cúbicos de gas natural, suficiente energía para sustentar una nueva industria de escala nacional.
Capturar solo una parte de ese gas asociado y convertirlo en electricidad permitiría generar entre 1.500 y 2.500 megavatios continuos, dependiendo de la eficiencia de las plantas y de las condiciones operativas.
Esa capacidad podría abastecer múltiples campus de centros de datos dedicados a computación avanzada, almacenamiento de información e inteligencia artificial.
En lugar de desperdiciar este recurso, Venezuela debería impulsar un programa nacional de captura, procesamiento y monetización del gas asociado, orientando parte de esa producción hacia sistemas de generación eléctrica para infraestructura digital.
La oportunidad es relevante porque los centros de datos sustentan servicios esenciales de la economía moderna, desde la inteligencia artificial y la computación en la nube hasta las telecomunicaciones y los sistemas financieros.
La Agencia Internacional de Energía estima que su consumo eléctrico podría más que duplicarse antes de 2030. La energía que hoy se pierde en forma de gas quemado podría convertirse en empleo, crecimiento económico, exportaciones y recaudación fiscal.
La disponibilidad de energía competitiva abre la puerta a una segunda oportunidad: atraer inversiones en infraestructura digital de escala global.
Los centros de datos se han convertido en activos estratégicos porque alojan servicios de nube, inteligencia artificial, plataformas digitales y sistemas críticos para empresas y gobiernos.
Esta estrategia también permitiría dar uso productivo a vastas extensiones de terreno actualmente subutilizadas. Regiones como Monagas, Anzoátegui y Bolívar podrían albergar parques tecnológicos, corredores digitales y centros energéticos capaces de atraer inversión nacional e internacional.
Los precedentes internacionales son claros. El norte de Virginia se ha convertido en la mayor concentración de centros de datos del mundo gracias a una combinación de energía disponible, conectividad y estabilidad regulatoria.
Irlanda se transformó en una de las principales puertas digitales de Europa mediante políticas favorables a la inversión y una sólida infraestructura de telecomunicaciones.
Más recientemente, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita han destinado miles de millones de dólares para posicionarse como polos regionales de inteligencia artificial y servicios digitales.
Si bien los centros de datos no generan grandes volúmenes de empleo directo una vez construidos, sí impulsan actividad económica durante su desarrollo y operación.
Ingenieros, técnicos, especialistas en telecomunicaciones, empresas constructoras y proveedores de servicios forman parte del ecosistema que surge alrededor de estas inversiones.
Más importante aún, contribuyen a crear entornos favorables para la innovación, el emprendimiento y la economía del conocimiento.
Sin embargo, la energía por sí sola no basta. Si Venezuela aspira a convertirse en un actor relevante de la economía digital, deberá modernizar su infraestructura de telecomunicaciones.
Los centros de datos requieren conectividad de alta capacidad y confiabilidad. Redes nacionales de fibra óptica, puntos de intercambio de tráfico de Internet, conexiones internacionales mediante cables submarinos y sistemas resilientes son tan indispensables para la economía digital como los puertos y carreteras para la economía tradicional.
La buena noticia es que ambos objetivos se refuerzan mutuamente. Las inversiones en centros de datos generarían incentivos para expandir y modernizar las telecomunicaciones nacionales.
Una mayor capacidad de fibra óptica y mejores conexiones internacionales beneficiarían no sólo a las empresas tecnológicas, sino también a universidades, hospitales, escuelas, comercios y ciudadanos en todo el territorio nacional.
La infraestructura necesaria para conectar a Venezuela con la economía digital global también contribuiría a conectar mejor a los venezolanos entre sí.
La convergencia entre energía, centros de datos y telecomunicaciones exige una estrategia coherente que permita transformar esta oportunidad en una política de desarrollo nacional.
Para materializar esta visión, Venezuela debería avanzar en tres prioridades secuenciales y complementarias.
Primero, convertir el gas quemado en energía productiva mediante un programa nacional de captura, procesamiento y generación eléctrica. El objetivo es transformar un pasivo ambiental en una fuente confiable de energía para nuevos proyectos industriales y digitales.
Segundo, crear las condiciones para la inversión mediante un marco transparente de alianzas público–privadas y una modernización integral de las telecomunicaciones. Esto incluye ampliar la fibra óptica, fortalecer la conectividad internacional y ofrecer reglas estables que reduzcan riesgos y atraigan capital nacional e internacional.
Tercero, desarrollar polos de infraestructura digital con incentivos específicos para centros de datos, computación en la nube e inteligencia artificial. El resultado esperado es la instalación de inversiones ancla capaces de generar actividad económica, impulsar la innovación, diversificar exportaciones y posicionar a Venezuela como un nodo regional de la economía digital.
Existe además una ventaja estratégica adicional. Los proyectos de captura de gas y generación eléctrica podrían desarrollarse de forma independiente al sistema eléctrico nacional, suministrando energía directamente a parques industriales, centros de datos y nuevos desarrollos económicos.
Este modelo permitiría atraer inversiones sin incrementar la presión sobre una red eléctrica que todavía requiere importantes esfuerzos de rehabilitación y modernización.
En otras palabras, estaríamos creando nuevas fuentes de crecimiento económico a partir de recursos hoy desperdiciados, sin agravar las limitaciones existentes.
Ahora bien, esta visión no sustituye la reconstrucción de las industrias tradicionales del país. La complementa.
Así como en el siglo XX las carreteras, los puertos y las redes eléctricas definieron la competitividad de las naciones, en el siglo XXI la infraestructura digital se ha convertido en un activo estratégico de primer orden.
Los países que comprendan esta transformación y actúen con visión de futuro atraerán inversiones, crearán oportunidades y ocuparán posiciones relevantes en las industrias del mañana.
Para los inversionistas internacionales, la oportunidad es particularmente activa. Venezuela ofrece acceso a uno de los mercados de infraestructura digital menos desarrollados del hemisferio, respaldado por abundante energía potencial, grandes extensiones de terreno disponibles y una ubicación privilegiada entre los principales mercados del continente.
Pero más allá de la rentabilidad financiera, estas inversiones contribuirían a reducir emisiones, diversificar la economía, modernizar la infraestructura nacional y acelerar la inserción del país en las cadenas de valor de la economía digital global.
El gas que hoy se quema podría alimentar mañana centros de inteligencia artificial y servicios de computación en la nube.
Las tierras subutilizadas podrían convertirse en corredores tecnológicos. Las inversiones en telecomunicaciones que el país necesita con urgencia podrían transformarse en la columna vertebral de una economía más conectada, productiva y competitiva.
La pregunta ya no es si Venezuela posee los recursos necesarios para participar del futuro digital. La verdadera pregunta es si tendremos la visión, el liderazgo y la capacidad de aprovecharlos.
Porque la prosperidad del siglo XXI no dependerá únicamente de los recursos que una nación posee, sino de su capacidad para transformarlos en oportunidades.
Leopoldo Martínez Nucete es abogado internacional y exdiputado venezolano. Es fundador del Center for Democracy and Development in the Americas (CDDA) y se desempeñó como Consejero Senior del Departamento de Comercio de EEUU durante la administración de Joe Biden.
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