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Un “Aleluya”entre el dolor acumulado y la esperanza obstinada, por Alejandro Oropeza G.



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Un “Aleluya”entre el dolor acumulado y la esperanza obstinada
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Alejandro Oropeza G. | @oropezag | julio 25, 2026

X: @oropezag


«Quince gritos / Que suplican / Una tierra que palpita / La sonrisa de un recuerdo /

La mentira de un te quiero / Una niña que pregunta / Unos cuerpos que se juntan.

Aleluya.»

Fragmento canción «Aleluya»: Luis Eduardo Aute, 1967.

En estos días –atravesados por una persistente sed de futuro promisorio y por la experiencia áspera de una realidad que se vuelve, a ratos, frustrante y dolorosa en nuestra Tierra de Gracia– me topé con una canción que escuché en la lejanía de la infancia: Aleluya.

Más que una melodía, es una súplica, una evocación nell’aldilà (al más allá), dijesen los italianos: una plegaria entretejida con días ciertos de carencia, distancia, de ausencia y dolor, exaltada hacia un empíreo incierto que parece querer obligarnos a olvidar un mundo absurdo que, como se dice en la propia canción, no sabe adónde va.

Reflexionar sobre la Venezuela de hoy exige y reclama algo más que cifras, diagnósticos y análisis políticos o indicadores económicos. Impone y necesita, una relectura y reelaboración de los símbolos culturales que condensan el dolor colectivo y la frustración de los años perdidos.

En ese registro, Aleluya –interpretada por Cherry Navarro, fallecido muy joven, y compuesta por el español Luis Eduardo Aute– emerge como un relato vigente y real: una alegoría persistente… casi inevitable.

La canción despliega una sucesión de imágenes que nos recuerdan los círculos dantescos de un infierno reiterado, conocido: penas solapadas al infinito, caminos truncados y extraviados, ecos polvorientos disueltos en una interioridad colectiva herida.

«Una sangre derramada», «mil silencios de un olvido», «una vida que se acaba», «unos pasos sin sentido por 40.000 caminos»: no son solo versos, son huellas de un drama que describe, con inquietante precisión, la trayectoria del país en los últimos 27 años.

La crisis venezolana, como sabemos los muchos que nos atrevemos a pensar, no es coyuntural. Es un proceso acumulativo donde convergen el deterioro institucional, el colapso económico, la migración masiva y, con ella, la fractura de la familia (valor clave de la venezolanidad), además de una profunda ruptura social.

Desde finales del siglo XX –y con mayor crudeza en lo que va del XXI– hemos transitado un modelo político que, lejos de resolver desigualdades históricas, ha intensificado la precariedad material y simbólica.

El colapso de los servicios públicos, la inseguridad jurídica, la erosión de la democracia y la pérdida sostenida del poder adquisitivo, han configurado una cotidianidad marcada por la incertidumbre, el desgaste y el abandono; mientras, ha emergido una neo élite corrupta, consumista, inculta y soberbia.

En este contexto, Aleluya deja de ser una pieza lírica abstracta para convertirse en una crónica emocional que se incrusta en la experiencia colectiva.

Cuando escuchamos «un mañana siempre incierto» o «el dolor de aquella gente», no solo reconocemos un pasado y un presente que nos define: nos enfrentamos a un espejo roto que devuelve, fragmentada y borrosa, la imagen de angustias compartidas.

Es el eco de millones de vidas cuyos proyectos se han diluido. La repetición del «aleluya» –lejos de ser un canto triunfal– funciona como un recurso irónico y trágico: una exclamación suspendida entre la resignación, la esperanza y una rabia silenciosa por los mundos rotos.

A esta realidad se suman eventos que intensifican la sensación de vulnerabilidad. Los sismos del 24 de junio –fecha ya cargada de simbolismo en la historia nacional– introducen un elemento doloroso adicional: la percepción de que incluso la tierra se estremece bajo los pies de una sociedad exhausta.

La naturaleza parece dialogar con la crisis humana, amplificando la fragilidad y el sentimiento de desamparo frente a un Estado que ha estado y está ausente, que es incapaz y, lo peor, que desea serlo.

Queda, en su lugar, un universo de promesas incumplidas, edades de oro subastadas al azar, una corrupción galopante, descarada y burlesca, y el desgaste institucional que socava cualquier horizonte inmediato.

Sin embargo, reducir la lectura a un relato puramente fatalista sería una simplificación por demás injusta, que no corresponde con lo que somos y nos define. Si algo ha demostrado la sociedad venezolana es su resistencia de acero y la negativa a rendirse.

La misma canción contiene imágenes de pujanza y fuerza: «una madre que amamanta», «una tierra que palpita». Y allí persiste la vida, como en las oquedades silentes de los escombros de ilusiones colapsadas.

En medio de la adversidad, Venezuela sigue produciendo cultura, vínculos, solidaridad. Nos hemos visto –dentro y fuera del país– sosteniendo lo esencial de nuestro ser colectivo perenne.

Y en esa nueva geografía dispersa, la diáspora, aunque nacida del dolor, ha construido redes que reconfiguran la identidad venezolana y amplían su horizonte a una globalidad que nos acoge.

La vigencia de Aleluya radica en su ambigüedad. No es un himno de derrota ni un lamento definitivo. Es aquel espejo referido de dolor colectivo y, al mismo tiempo, un punto de conexión entre sentido y fe: una forma de nombrar lo que ocurre cuando la historia se vuelve adversa.

Su repetición no es estancamiento sino respiración, pausa, mantra sanador: una cadencia que insiste, que vuelve, que busca sin tregua. En ese movimiento circular se incuba la posibilidad, la estrategia: transformar el dolor en energía social, en proyecto compartido, en futuro posible de Nación.

A 27 años de transformaciones profundas –muchas de ellas traumáticas, absurdamente atemporales e inútiles– Venezuela se encuentra en una encrucijada; si, de nuevo.

El agotamiento del modelo actual es evidente, pero las alternativas aún no logran consolidarse con plenitud en un espacio público caracterizado por la confusión de múltiples actores (propios y ajenos) confrontados.

*Lea también: Los terremotos, el Estado fallido y la respuesta colectiva (II), por Samuel Pérez Hermida

En ese vacío, la cultura –y una de sus expresiones fundamentales, la música– brinda un espacio de articulación simbólica donde la sociedad pueda reconocerse, procesar y sanar heridas y proyectar otros futuros.

Entonces, Aleluya no es solo una canción del pasado: es un texto vivo que interpela el presente, que nos sacude los cimientos desde el desgaste, la desolación y tantos desasosiegos.

En medio de la tragedia prolongada y de los terribles sobresaltos recientes, su retumbo emerge como pregunta abierta: ¿es posible transformar el dolor en esperanza? o seguirá siendo el «Aleluya» un grito suspendido en la incertidumbre.

Apostar por la esperanza, en este contexto, no es ingenuidad: es una decisión valiente, ética y responsable. La sociedad venezolana, una y otra vez, ha demostrado que pertenece a esa estirpe de sociedades que no se rinden jamás.

Escúchenla por favor: https://www.letras.com/cherry-navarro/aleluya/

 

Alejandro Oropeza G.: Residenciado en L’Aquila, Italia, es Director de la organización  italiana, Voce Civica Strategica – VCS. CEO del Observatorio de la Diáspora Venezolana – ODV. Madrid-España/Miami, Washington DC-USA/Lima, Perú; y,  Dtor. Académico del Center for Democracy and Citizenship Studies – CEDES. USA. Email: [email protected] 

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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