Tomar la palabra, por Gustavo Villasmil Prieto
El silencio que hoy envuelve al destino venezolano no es el de la paz sino el de la exclusión y la incertidumbre. Cónclaves se suceden sin que emane fumata blanca creíble. Se enumeran «importantes cambios» desde el 3E siendo que todo sigue exactamente igual: apretones de manos y declaraciones de prensa calibradas desde oficinas foráneas van y vienen; de todo hay, pero sin que el país real que padece y sobrevive una cotidianidad llena de infortunios perciba cambio alguno.
Espectadores mudos; convidados de piedra en el mejor de los casos, ausentes en las decisiones que se toman aquí y más allá de nuestras fronteras: eso somos. La República se ha convertido en el objeto inerte de una transacción en la que su soberanía es la mercancía y su futuro el saldo.
El tutor extranjero y sus mandatarios venezolanos han roto de manera definitiva con el país real. Aquí hay mucho más que un problema técnico o una mera fricción gerencial; estamos ante un grave y profundo problema político como nación.
Asistimos al penoso espectáculo de una representación arrogada por quienes se sientan a la mesa en nombre de Venezuela, pero no son sino mandatarios de Washington. Carentes de brillo y peso propios, desprovistos de fuelle y de arraigo popular, su única credencial es el endoso de la metrópoli que los teledirige.
Es una tragedia histórica que el porvenir de millones de ciudadanos descanse hoy en manos tan chatas, en liderazgos de laboratorio incapaces de articular un discurso soberano genuino ni de sostener una mirada sin consultar antes el libreto que les dictan desde el Norte. En esa orfandad política estamos hoy, atrapados entre lo que quedó de país y una tutela exterior vergonzosa que instrumentaliza nuestra crisis para sus propios intereses geopolíticos.
Tan horrenda anomalía es posible porque el verdadero liderazgo real del país está ausente. Se le considera inoportuno.
Menuda paradoja esta: ¡clamando yo hoy por el regreso de la señora Machado al país siendo que, en lo personal, jamás fui cercano a ni a ella ni a su grupo, mientras que la comparsa de partidos que tanto juraron en su nombre no tardaron mucho en dejarla en el hombrillo para pasar por el aro de Washington como obedientes caniches!
Lo que hoy opera en el escenario venezolano es metapolítica pura, gambetas entre las sombras gestadas en laboratorios sin mandato validado del soberano y sin grandes costos para quienes las ejecutan detrás de cortinas opacas. Es el terreno donde se mueven a sus anchas los llamados «operadores», burócratas de paltó y corbata que toman decisiones cruciales sobre el destino de la nación sin tener que rendirle cuentas a absolutamente nadie por ello.
Para esta élite de intermediarios, verdaderos «brokers» de la política, aquí no se trata de buscar el bien común de la República, sino de diseñar una transición fría y calculada en la que el país queda reducido a un pliego de condiciones técnicas y el juego consiste en que los poderes foráneos concernidos queden más o menos contentos.
El rigor de la indignación estalla al revisar uno las prioridades de este intercambio. Temas esenciales, de una carga moral y humana tan imperativa que debieron haber precedido a cualquier fotografía oficial, acuerdo preliminar o distensión diplomática, han sido reducidos a menciones en un par de comunicados.
Hablo concretamente de los presos políticos. Las listas se conocen con precisión quirúrgica, con sitios de reclusión, nombres, apellidos y grados; hay civiles y militares pudriéndose en los calabozos de las policías políticas y en las cárceles militares del país, cuando no en chekas.
Liberarlos a todos y sin excepción es un imperativo moral. ¿Por qué no se les pone como condición primera e innegociable? La respuesta es tan cínica como transparente: para el pragmatismo financiero que mueve los hilos de la negociación, el sufrimiento de estos hombres y mujeres es apenas una variable de ajuste, un costo tolerable frente a la urgencia de reabrir el grifo petrolero y asegurar el retorno de las inversiones transnacionales.
Existe una máxima implacable en el realismo político que hoy nos retrata de cuerpo entero: si no estás sentado a la mesa, es porque estás en el menú.
Y Venezuela, balcanizada y empobrecida, es hoy el plato principal de un banquete en el que una potencia extranjera y las élites corporativas transnacionales se reparten el botín bajo el amparo de una transición cuyos avances no se ven.
El tutelaje americano, lejos de ser la tabla de salvación que la ingenuidad de algunos vio, está resultando profundamente lesivo para la dignidad nacional venezolana. Ninguna democracia se funda sobre los dictámenes de protectorado alguno ni ningún país recupera su libertad entregando las llaves de su soberanía al mejor postor, ya sean la Casa Blanca o las firmas financieras de Wall Street.
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Frente a este secuestro de nuestra representación, los venezolanos tenemos que llamarnos a un acto de insurgencia cívica e intelectual: tenemos que tomar la palabra. No podemos seguir permitiendo que el relato de lo que somos y de lo que seremos sea redactado por burócratas en Washington, por los administradores del régimen en Caracas o, en el mejor de los casos, por oficinistas bien intencionados carentes de arraigo y de apoyo popular.
Tomar la palabra significa exigir que la libertad de cada civil y de cada militar preso sea el primer punto en cualquier agenda de negociación y reclamar el derecho inalienable a decidir nuestro destino sin intermediarios coloniales.
Es hora de que el país real hable con voz propia y en primera persona, recordándole al mundo que Venezuela no es una corporación quebrada en liquidación sino una República civil que se niega a ser devorada por los ambiciosos, sea que se trate de rusos, chinos, iraníes o, como es el caso hoy, de norteamericanos.
Somos los venezolanos; hemos de tomar la palabra en tanto que sus titulares directos.
Gustavo Villasmil-Prieto es médico, politólogo y profesor universitario.
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