Sorpresas, por Fernando Rodríguez
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El muy atolondrado de Trump declara hoy que Venezuela no está lista todavía para ir a elecciones. Disentimos, pero valga.
Ahora bien, dice igualmente –a renglón seguido– que la causa mayor de este impedimento nacional es que venimos, hace muy poco, de «una dictadura poderosa y despiadada». De acuerdo.
Pero concluye el esperpéntico razonamiento diciendo que «nos llevamos muy bien con el gobierno. Delcy, como saben, está haciendo un trabajo excelente. Muy respetado».
No hay que recordarle a nadie que la tal Delcy, junto a su hermano y Diosdado, el trío hoy gobernante, fueron los sostenes y cómplices mayores durante años de la criminal dictadura.
El irrespeto a la coherencia lógica indica una muy seria avería mental y es capaz de conducir a las peores atrocidades y desaciertos, como hemos visto a cada rato con el poderoso y despiadado republicano.
La verdad es que nos ha tocado vivir en este round trumpista, además de la locura y la maldad, una especie de continua sorpresa.
Verse rodeado durante meses, nosotros venezolanitos empobrecidos a más no poder y migrantes por millones, por una flota gigantesca; acompañada por las peores acusaciones, casi diabólicas, de perversidad nacional, no cabía en la cabeza de ningún politólogo.
Tanto que más que miedo la gente pensaba en alguna filmación hollywoodense de una de esas películas muy costosas, repetitivas y truculentas de guerra.
Y de repente, una noche, en una operación más bien surrealista, se llevaron al dictador y dejaron al régimen, negaron a la única líder del país y dejaron presidiendo a la segunda de la tiranía, vicepresidenta de años, y al tercero y al cuarto, uno el estratega, el otro el matón.
Vaya sorpresa. Agregar para ser más deslumbrantes continuas alabanzas del Gran Dictador sobre las virtudes de la sumisa sustituta.
Ahora, dejamos de lado mil y un sobresaltos, viene lo del tratado petrolero. Este al menos nos terminó de enseñar que no había ningún misterio en lo de la superproducción bélica. La razón era el petróleo y solo el petróleo, que democracia ni que mariacorina, mercaderes sin alma solo querían nuestras reservas.
El gobierno títere cumplió y colaboró y firmó un tratado que ha dejado pasmados a los más eruditos conocedores del ramo. Otro sobresalto.
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Pero faltaba la guinda de la torta.
Resulta que el gran mediador del inmenso negocio es uno de aquellos bolichicos que se hicieron millonarios vendiéndole al país velas por electricidad, en tiempos del eterno comandante (ahora, el pobre, en venta como trasto usado). El «empresario» está buscado por policías de España y Suiza y a Venezuela le debe hasta el alma.
Pero no solo no importa, sino que Trump parece regocijarse por la junta con estos sujetos.
A no olvidar que él mismo ha pasado por unos cuantos tribunales y le esperan otros, juzgado y condenado por delitos tan poco honorables como el chantaje a una dama de equívoco vivir; y los negocios de él y su familia, hasta el primo del yerno, utilizando las políticas de Estado para su botín.
Y si la vicepresidenta lo era del encarcelado presidente, todo queda en familia delictiva, como la mafia.
Y algunos venezolanos han vuelto a preguntarse el porqué y han caído en el insomnio y el desconcierto vital.
¿Cuál será el próximo evento? No lo sabremos hasta que suceda.
Por ahora nos queda, cada vez que se pueda, poner algún letrerito que diga lo que ayer parecían vainas de extremistas, de comunistas, yanquis go home.
Ojo con los esbirros de Diosdado.
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