Sobre la diáspora, por Fernando Rodríguez
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Probablemente no es la hora de preguntarse por el destino futuro de nuestra diáspora, no todavía.
Sabemos todos que en esos ocho millones de connacionales en peregrinación, más o menos –vaya usted a saber cuántos son en esta precisa hora–, hay sí una mano de obra y de pensamiento vital para el eventual futuro próspero de este país en ruinas; desde una minoría muy sofisticada al obrero o al labriego o al transfuga con escasísima preparación. Como en toda migración cuantiosa.
Pero hay algo que sí le específico: su peregrinar ha sido muy largo, casi tres décadas, aunque varíen mucho la extensión de sus ausences del país.
Eso hace que en ese largo lapso de su permanencia en esa otra tierra indica que han podido sembrarse en ella con firmeza y provecho.
Si han logrado mantenerse en lapsos prolongados hace pensar que han encontrado lugar y manera de ganarse la vida. Y, punto fundamental, de mantener o engendrar una familia.
Tiempo hay para hijos, nietos y hasta bisnietos en no pocos casos. Seguramente Esos descendientes seguramente ya serán británicos, colombianos o coreanos del sur.
Ya sabemos que basta la primera generación para tener criollos de pura cepa.
Teodoro Petkoff que no solo era venezolanísimo sino que le dio la manía recurrente de ser Presidente de todos los venezolanos.O Antonio Pasquali no solo fue un gran académico, sino que peleó a muerte porque los medios audiovisuales venezolanos fuesen una palanca mayor de la culturización y democratización de los ciudadanos y no la pocilga que eran. No nacieron aquí.
En las dictaduras cortas, Pérez Giménez, los carajitos de cuatro volvieron de doce. A tiempo para enamorarse de una morenita o anotarse con el Caracas o El Magallanes.
Y papá volvía a un país con petróleo estable y economía dispuesta a crecer. Que es otro punto, la economía en el suelo y la democracia no hace milagros, los mayores lo sabemos. Si es que es democracia.
Si no es el trumpismo chavismo, el Estado 51 o cualquier otra monstruosidad que se le ocurra al Imperio que bastante puede, no todo.
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Para que un profesor eminente llegue a ganar lo que ganaba en su época de esplendor, más de cuatro mil dólares, tiene que llover que jode.
Así que Venezuela no es un imán económico sino un repelente. Igual vale para el obrero que es devorado por el sueldo mísero y los precios inclementes. En síntesis que sin tetas no hay paraíso.
Hay los que creen en que las nuevas tecnologías que todo lo dominan, también lo harán con esto.
Y venezolanos victoriosos, digamos Hausmann o Dudhamel , van a dictar cátedras digitales y hasta corregir exámenes con el ojo puesto en las picardías de IA, suena bien y hasta coherente pero muy limitado y poco generalizable.
No hay que pedirle mucho a esta nueva globalización del saber, no hay como la palmeta para que los muchachos aprendan.
Es solo una somera aproximación a un problema complejo, pero me atrevería a apostar que poco ganaríamos apostándole mucho al regreso de los que se fueron. Ciertamente algunos volverán, en general con la frente marchita.
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