Si entre libros vivimos, por Marcial Fonseca
Miró su biblioteca y entendió que moriría cuando terminara de leer su último libro. La plata, que venía de su trabajo, no solo era finita, es que prácticamente el dinero que nos toca viene ya con un destino previsto.
Pero, así pensó él, tenía que haber una solución sencilla. Ante este dilema, claro, acudiría a los libros de la biblioteca pública; ahí había la cantidad suficiente; esa fue su solución, lo hizo y le dio el resultado esperado; pero tuvo otra vez la sensación de angustia, de pesar. Eso significaba, para él, que no estaba abordando la solución correctamente.
Bueno, dijo para sí, si no es mediante préstamos, tendrá que ser substrayéndolos subrepticiamente. Esta idea no surgió por sí sola; recordaba que la había leído; sin embargo, cuando la leyó, el pasaje maldito tenía una llamada que el no vio, por lo que no fue al pie de página que rezaba «Los ejemplares tienen que ser adquiridos decentemente; de lo contrario la partida final sería muy trágica. NA».
Sí, se sentía muy asustado, y no sabía qué rumbo tomar; en eso tocaron la puerta; no esperaba a nadie; las únicas visitas que él recibía eran sus dos nietos y eso era cada tres semanas. Se dirigió al zaguán, abrió la antepuerta; ahí estaba un señor vestido de overall y que no le era familiar. El visitante se presentó, era un carpintero y le dijo «Lo que necesita usted es una biblioteca para darle orden a sus libros y yo se la puedo ensamblar».
El dueño de la vivienda no entendía, él no había hablado con nadie de algún inconveniente con sus libros; pero de todas maneras le dio la bienvenida. «Usted necesita», continuó el visitante, «un buen mueble para colocarlos». «Ese ha sido mi sueño», respondió el otro.
«Entonces le tengo la solución, solo necesitará una colección de letras, es decir, tipos, en cantidad suficiente, por supuesto, incluyendo los signos gramaticales coma, punto y coma y punto; y los más importante un bombo de los usados en los juegos de bingo. Luego, empieza a sacarlos aleatoriamente y eso le garantizará acceso a todos los libros existente y por existir. Todo, obras clásicas e insulsas. La labor es lenta; pero mientras tanto puede comprar unos pocos libros».
Al dueño de la casa le gustó la idea y podía empezar cuando quisiera.
El carpintero inició la obra siete días después. Tabicó el área de trabajo. Ya terminada esta etapa, el propietario entró en una especie de laberinto, muy contento, buscando el minotauro, pero no quería extraviarse, ya conocía la leyenda griega y llevaba una tiza y con ella iba rayando la pared y así pudo regresar.
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Luego, se dedicó a leer libros abstrusos, especialmente de filosofía, a la vez que poblaba la biblioteca, y aquí su debacle porque se empecinó en adquirir ejemplares de poco uso, viejos, pero tan viejos que a los meses él sufría de convulsiones debido a la absorción de plomo.
Marcial Fonseca es ingeniero y escritor
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