Serenatas, por Marcial Fonseca
Agradecido a Roberto Echeto por la idea.
El director del trío se levantó temprano; era jueves y este era el día cuando el conjunto musical se dedicaba a preparar el repertorio para el fin de semana. Claro, primero revisaba los correos recibidos que generalmente llegaban entre miércoles y jueves. Ya el nuevo del trío (este estaba reemplazando a uno de ellos que murió en un accidente de tránsito; por lo que tuvieron dos semanas de duelo) se había acoplado a los otros dos.
Viendo las solicitudes, el fin de semana sería tranquilo. Dos serenatas el viernes en la noche, una, alrededor de la diez, la otra un poco después de la medianoche. Para el sábado, tres compromisos y una actuación para el domingo a mitad de la mañana.
Ya reunidos todos, ensayaron primero las canciones que eran nuevas para ellos, además de que algunas habían sido solicitadas en uno de los correos recibidos. Y en verdad que las canciones eran las comunes en el ambiente, con la excepción de una que un nieto pedía para su abuelita en sus ochentas años de edad: Endrina, del folklore larense y cuyo autor era el conocido Napoleón Lucena. También ensayaron una dedicada a una joven por su hermano para celebrar la graduación de enfermera profesional.
El viernes llegó sin mucho contratiempo. Aunque hubo un percance que ocurrió cuando una de las cuerdas de la guitarra se reventó; sin embargo, el trío demostró su profesionalismo al reemplazarla en menos de dos minutos. La primera velada del sábado fue para una quinceañera, su padrino era el oferente. Los músicos se lucieron con Fúlgida Luna y Sombra en los médanos y de último, el Feliz Cumpleaños al estilo venezolano; esto es, bien largo.
La segunda y tercera serenatas serían a las diez de la noche y medianoche, respectivamente. Aquella fue dada con las luces prendidas, pero la ventana cerrada; en la mitad de la segunda canción la abrieron y se asomó una bella mujer y fue claro que el retardo era porque se estaba poniendo una elegante bata de noche. Mientras el anfitrión conversaba con la dama, pasó una botella y tres vasos a los músicos para celebrar.
Luego de unos treinta minutos, la dama cerró la ventana y los ejecutantes partieron a cumplir el tercer compromiso. Mientras se trasladaban, contactaron al que los había contratado para que supiera que en unos veinte minutos estarían frente a la casa. Ya en el sitio, después de los escuetos saludos normales en estos casos, el contratante les indicó la ventana; la vivienda era pequeña pero muy vistosa, de dos pisos y las luces internas apagadas.
Empezaron a cantar; en la mitad de la segunda canción la casa se iluminó y los ejecutantes pusieron más entusiasmo en sus melodías.
Abrieron la ventana, se asomó un hombre, los cantantes se atemorizaron porque o era el padre o peor, el marido. Si el primero, los músicos sabían que podían ponerlo de su lado cantando las canciones apropiadas; claro, si el esposo, a lo mejor hasta correr tenían que.
Decidieron tocar por oído, y continuaron. Un músico le preguntó al que estaba pagando la serenata si cambiaban a canciones más propias de la amistad. «Sí, pueden cambiar», respondió, «él es un amigo desde la escuela».
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Marcial Fonseca es ingeniero y escritor
Imagen de portada creada con IA
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