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Resistir en la costa, por Nelson Oyarzábal P.



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Resistir en la costa, por Nelson Oyarzábal P.
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Opinión TalCual | agosto 19, 2026

X: @neloyarz11gmai1


Transcurrido cierto tiempo desde que el rugido telúrico fracturara la calma del litoral, pero el rastro de la catástrofe permanece suspendido en el aire como una exhalación amarga. Al descender desde Caracas, serpenteando las laderas que conducen hacia el mar, la atmósfera se espesa con una pesadumbre que se adhiere a la piel.

Nuestra mirada, curtida ya por el relato del desastre, se quiebra inevitablemente al atravesar los escombros de Caribe, Los Corales, Caraballeda y Tanaguarena. Allí, la vista se torna borrosa, extraviada entre las ruinas de lo que fue y los vericuetos polvorientos de una vía que parece no conducir a ninguna parte.

El paisaje es una estampa de parálisis. A los lados del camino, la desolación cobra forma humana en las hileras interminables de vecinos que aguardan por un plato de comida.

El trayecto, marcado por una angustia visual casi insoportable, experimenta un quiebre azaroso al avanzar hacia el oeste de esa delgada franja litoralense. De pronto, el gris del salitre y el escombro ceden ante la aparición de Anare.

Los lugareños lo llaman el «pueblo bendito», un apelativo que adquiere tintes de milagro geográfico al constatar que, en medio del desplome general del estado, esta pequeña comunidad no sufrió daño directo alguno.

Al cruzar el umbral de su plaza, el cambio de energía es una sacudida vital. La escena es un desafío a la desolación: niños que corretean tras un balón con una alegría contagiosa, pequeños artistas concentrados en convertir simples piedras marinas en monumentos de pigmento y esperanza.

Para quien viene de transitar la zona crítica, Anare se erige como un refugio de paz, un espacio donde la vida ha decidido germinar con una fuerza inaudita sobre la cicatriz de la tragedia.

En el epicentro de esta resistencia anímica emerge la figura de Neomar, un joven de 26 años cuya piel, bruñida por el sol y la sal, narra su historia como surfista de pura cepa. Sin embargo, tras el sismo, sus tablas quedaron descansando en un rincón de su hogar.

Neomar decidió abandonar el «encierro hogareño» en el que muchos se sumieron tras el desastre para navegar las olas, mucho más azarosas, de la resiliencia comunitaria. «Dejé las tablas por un tiempo para hacer algo positivo», nos dice con la serenidad de quien ha encontrado un propósito mayor.

Su liderazgo es el motor de las actividades recreativas que mantienen viva la plaza, pero su mirada no ignora la crudeza del entorno. El «pueblo bendito» no es inmune al hambre: la parálisis turística ha secado las fuentes de empleo, los pescadores observan el mar sin poder zarpar y los salarios se han evaporado.

En un lugar donde apenas quedan sitios para comprar alimento, Neomar organiza la esperanza, transformando su vocación de surfista en la de un gestor incansable.

En un rincón de la plaza, el esfuerzo local converge con la entrega de Elizabeth Teixeira, quien encabeza una red de solidaridad familiar de ascendencia portuguesa proveniente de San Antonio de los Altos. Activados apenas 48 horas después del «doblete sísmico», los Teixeira representan la ayuda que no conoce de burocracias.

Lo que entregan son insumos recolectados entre vecinos y familiares, entregados de mano en mano a rescatistas, campamentos transitorios y comunidades en resistencia.

*Lea también: La sobrepolitización del ser humano, por Fernando Mires

Bajo la protección de árboles frondosos que filtran la luz del mediodía, las madres de Anare sostienen una tertulia animada, una estampa de normalidad recobrada que hace más placentero el ambiente. Sus ojos, sin embargo, nunca pierden de vista a sus hijos en los círculos de juego; es una supervisión amorosa que asegura la continuidad de la alegría en la plaza.

Nuestra llegada a este punto fue el resultado de una intuición socio-periodística necesaria. El plan original apuntaba hacia una organización que clamaba por ayuda en el ruido digital de las redes sociales.

Sin embargo, al enfrentar su indiferencia y la escasa receptividad de sus voceros, decidimos apostar por lo tangible. Optamos por ignorar el eco vacío de la red para establecer alianzas directas con el trabajo silencioso de Neomar y los Teixeira.

Abandonar Anare y retomar el camino de regreso es sentir que el polvo de los vericuetos ya no ciega de la misma forma. Este encuentro causal, casi místico, ha funcionado como un colirio potente sobre nuestra vista borrosa.

Lo vivido en el «pueblo bendito» no se agota en una entrega puntual de insumos. Es el nacimiento de un compromiso de trabajo sostenido y orgánico. La nítida «señal» recibida en esa plaza, entre piedras de colores y sombras de árboles centenarios, nos confirma que estamos en el lugar correcto.

Regresamos con la certeza de que el horizonte inmediato, aunque todavía herido por el sismo, se puede reconstruir si lo hacemos hombro con hombro, inspirados por la luz de una comunidad que se negó a ser vencida por la tierra.

Nelson Oyarzabal P., es Antropólogo (UCV). Consultor de Programas sociales y culturales. Profesor Universitario.

 TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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