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Reglas de diamante, por Américo Martín



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reglas de diamante
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Américo Martín | @AmericoMartin | marzo 7, 2021

Twitter: @AmericoMartin


Cuando el pacificador, general Pablo Morillo, tocó costa firme en Venezuela estaba al frente de un ejército impresionante. Parecía no haber duda de que la corona española recuperaría en poco tiempo lo que había perdido en las guerras emancipadoras de Hispanoamérica. Cuatro años después, tras una sucesión de derrotas y, luego de masacrar pueblos enteros, aquel ejército omnipotente, según confesó por sí mismo a las autoridades monárquicas, se había reducido a una tercera o cuarta parte.

¿A qué se debió aquella merma tan pronunciada? ¿Y por qué no vaciló en transmitir fielmente tan duro retroceso que, seguramente, le acarrearía hasta la posibilidad de ser enjuiciado por traición a la patria, como en efecto intentaron algunos?

*Lea también: Los bolivianos vuelven a las urnas entre luces y sombras, por Mauricio Blanco Cossío

La revelación de aquella severa verdad obedeció, a mi juicio, a un deseo de adelantarse a la posible reacción en su contra, anunciando lo que pronto sabrían todos. Pero en el marco de una interpretación que lo librara de responsabilidades, dijo que las deserciones estaban proliferando por la efectiva campaña de las huestes de Bolívar, con el fin de atraer a los españoles nacidos en tierras de la Capitanía General de Venezuela. Lo cierto es que Morillo estaba reconociendo una verdad decisiva, el grueso de los soldados realistas ostentaba semejante condición, por lo que, como dirá en 1911 Laureano Vallenilla Lanz, en Venezuela, la guerra de independencia había sido una guerra civil y no propiamente una confrontación entre países distintos.

Mientras los venezolanos no tomaran conciencia de tal realidad, difícilmente podrían derrotar a la monarquía.

Uno de los que pronto se percató de tan importante realidad fue el Libertador, quien ya venía haciendo esfuerzos por tender la mano y declarar el derecho de los desertores de reconocerse como defensores de su patria de origen. Ese justificado viraje en la conducción de la causa patriótica demostró, una vez más, que el desenlace victorioso pasaba a cargo de la política, en tanto que ciencia y arte, más que de las armas y mucho, mucho más de los desplantes vengativos, la persecución, las torturas y las muertes salvajes provocadas para asustar a los luchadores por la emancipación.

Quizás, un famoso desertor de las tropas realistas de Boves y Morales, nos proporciona el mejor ejemplo para justificar el indicado viraje. Muy pocos días antes del célebre encuentro entre Bolívar y Páez, después del Congreso de Angostura, reinaban sentimientos de curiosidad y emoción entre los llaneros de Páez. Los dos hombres más importantes, en ese momento, en el ejército patriota, fundirían con lazos de acero la anhelada unidad, pero Pedro Camejo debió ser el único inquieto y nervioso. Se acercó al mayordomo, nombre que sus leales le daban a José Antonio Páez, para implorar que no le dijera al Libertador que él había sido un ardoroso militante de la causa realista, específicamente de Boves y Morales, aquellos dos hienas sanguinarias. El heroico catire, seguramente con una sonrisa, le dio afectuosas seguridades al respecto.

Se produce el encuentro, los llaneros saludan vehementes a los dos grandes hombres y, en medio de la fiesta, el catire llama a Bolívar para presentarle a Pedro Camejo, diciéndole:

—Te presento al mejor de mis hombres a caballo. Imbatible con una lanza, fue un bravo luchador al servicio del asturiano Boves.

Tal como lo había previsto el gran catire, Bolívar se alegró y se interesó en saber qué lo había llevado a unirse a los patriotas. Al Negro Primero se le helaría la sangre, los nervios le arrancaron una verdad que luego se empeñó en ocultar.

—¡La codicia! —dijo—–, yo había notado que los patriotas muertos o heridos vestían uniforme y botas nuevas y tenían una reserva de dinero en los bolsillos.

Posiblemente aconsejado por alguno de sus nuevos jefes, cambió el discurso, asegurando que el General Páez lo convenció de las bondades de la independencia y la importancia de la patria. Probablemente la verdad haya sido que, atraído por la codicia, predominó en su ánimo el entusiasmo de sus compañeros y su audacia guerrera. Es decir, la fraternidad de las trincheras.

Digamos que con su sangre y su vida, el célebre Negro Primero se ganó un puesto de honor en el ejército de Bolívar, después de haber acompañado a Boves y Morales en sus ominosas tropelías contra ancianos, mujeres y niños.

Este relato puede ilustrar la enorme importancia de aplicar las diamantíferas reglas de la política, que resumo así: primera, no confundir la justicia con la venganza; segunda, no abusar de la libreta de cuentas por cobrar ni despreciar recursos como la amnistía, el perdón y la clemencia, que son poderosos estímulos al reencuentro y la unidad; tercera, sumar y sumar, incluso del campo adversario; cuarta, maximizar el estilo y el arte de la política en las labores de persuasión a los del campo contrario y quinta, si contra lo aconsejable se extreman las confrontaciones violentas o la guerra, el objetivo de todas ellas no es aniquilar al adversario sino colocarlo en posición que lo lleve por sí mismo a entender que ya no puede seguir haciendo lo que tanto se le reprochaba.

Américo Martín es Abogado y escritor.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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