Recordando a Pedro Nikken, a seis años de su partida, por Claudia Nikken
Su discurso, que se sostuvo siempre en la defensa de los derechos humanos y de la democracia, fue por supuesto crítico con la autoridad; sin embargo, también fue crítico con la oposición, cuidándose —en su contexto— de equiparar responsabilidades.
Hoy, Día Internacional de las Personas Defensoras de los Derechos Humanos, además se cumplen seis años de la partida de Pedro Nikken, un hombre que dedicó la mayor parte de su vida a la promoción y defensa de los derechos humanos y, desde ese lugar, a buscar caminos de entendimiento y de paz en Latinoamérica, particularmente en Venezuela.
He querido rendir homenaje a quien fuera mi padre, mediante una invitación a mirar, más que su trayectoria, la utilidad y pertinencia de su mensaje, pues es obvio que hoy más que nunca necesitamos un entendimiento para encontrar, juntos y sin exclusiones, la salida del laberinto en que nos encontramos. No en balde, desde su fallecimiento y hasta hoy mismo, muchos se acercan y exclaman: ¡qué falta hace!
De hecho, un querido amigo —suyo y mío también—, reflexionando tras la elección presidencial, confesó que lo que querría es poder preguntarle: ¿qué hacemos? En cierto modo, es fácil imaginar cuál sería su respuesta indagando en su obra, incluidas las varias entrevistas que se le hicieron, relacionadas más directamente con el conflicto venezolano.
Su discurso, que se sostuvo siempre en la defensa de los derechos humanos y de la democracia, fue por supuesto crítico con la autoridad; sin embargo, también fue crítico con la oposición, cuidándose —en su contexto— de equiparar responsabilidades.
Hoy resuena lo que expresó en una entrevista publicada en noviembre de 2019: «Debemos buscar esos caminos de entendimiento. Nosotros ya no tenemos más tiempo, el país está destruido y necesitamos detener ese proceso para revertirlo». Relacionaba esa reflexión con lo dicho en El Salvador por Schafik Handal —líder del FMLN— al sentarse a negociar con el gobierno el término de la guerra civil: «[n]osotros no estamos aquí para capitular, sino porque ustedes no pudieron ganarnos la guerra y porque nosotros tampoco pudimos ganársela a ustedes».
En otra entrevista publicada en diciembre de 2017, advirtió que «Venezuela necesita, clama, por una esperanza». Allí formuló recomendaciones que siguen estando muy lamentablemente vigentes, a comenzar por un llamado de atención, con ánimo constructivo, advirtiendo que «[e]sa idea de que una fuerza puede aplastar a otra es una ilusión».
En ese sentido, entre otras cosas, Nikken subrayó que «hay que ser muy cuidadosos con el juego de mayorías y minorías, que son necesariamente fluctuantes»; que, aun existiendo una gran mayoría de venezolanos que apoye una u otra opción política, «de todas maneras son dos polos. ¿O es que el 20% de la población venezolana es despreciable?». «Tenemos que encontrar una forma de romper la polarización haciendo balances y encontrando puntos de convergencia».
Al hilo de lo anterior, escondida entre las páginas de un libro, por azar o por «causalidad», encontré hace más o menos un año una nota manuscrita de mi padre en la que advierte que «si hay actores que se perciben como perdedores, el momentum de acuerdo puede frustrarse. Sentirse ganadores no podrá salvar a Venezuela de esta situación».
Su testimonio y reflexiones sobre el conflicto venezolano llegaron hasta el 8 de diciembre de 2019, cuando escribía el Prólogo —que dejó inconcluso— del libro posteriormente publicado por el Instituto para las Transiciones Integrales (IFIT), Elementos de una transición integral e incluyente en Venezuela: una visión desde lo local.
En el borrador inconcluso de ese Prólogo escribió que «[t]ransición es una palabra que se repite sin definir su contenido» y, como parece que cada quien tiene su idea, «nadie sabe qué es y todos pueden estar en acuerdo o desacuerdo, según quien la pronuncie». Para tratar de aclarar el concepto, afirmó que, aunque «el presupuesto de la transición se percibe como un cambio en la Presidencia de la República»; «la transición puede significar mucho más (…). Transición también puede significar y significa pasar de la catástrofe económico-social a una etapa de reconstrucción nacional colectiva, de una etapa de mengua de valores democráticos fundamentales a otra de plenitud de esos valores, con garantía para todos. ¿Qué es difícil? Difícil es y por eso mismo convoca a lo mejor de nuestra inteligencia y de nuestro esfuerzo común».
Resulta así que el mensaje que nos dejó Pedro Nikken, reiterado, repetido hasta el hartazgo, hasta la muerte, es el de la imperiosa necesidad de que las partes del conflicto reconozcan que ninguna tiene el poder suficiente para vencer a la otra y que, por eso, solo les queda negociar y llegar a acuerdos, entendiendo que, mientras eso no ocurra, el país se desmorona y, con ello, se profundiza el sufrimiento de quienes vivimos aquí y de quienes han tenido que irse, huyendo en tantos casos, en búsqueda de la posibilidad de una vida mejor. Por eso, en sus palabras, para salir de la crisis en Venezuela, la negociación no es la mejor alternativa, es la única alternativa, de modo que el diálogo sigue siendo inevitable.
Es verdad que, para el momento de su fallecimiento, la situación política del país era otra. Entonces reinaba la crisis institucional que ya conocemos tras la elección presidencial de 2018, que no condujo a ninguna transición. Hoy, como también sabemos, el 28 de julio de 2024 se produjo una elección presidencial enmarcada en un complejo proceso de negociación; pero por razones que no voy a detallar aquí, no fue una elección auténtica conforme a la Constitución, como Nikken lo había aconsejado en su momento, como posible punto de partida de la transición.
Hubiéramos podido tener esa elección auténtica, de haberse honrado el llamado Acuerdo de Barbados y el denominado Acuerdo de Doha, pero no se honraron, denuncian las partes de ambos acuerdos. ¿Habría sido suficiente? Los hechos posteriores a la elección dicen que no.
Es más que evidente que hoy, como entonces, ninguna de las partes, ni un tercero, pueden resolver efectivamente las diferencias que las mantienen en conflicto. Eso hace indispensable traer lo que dejó Pedro Nikken en su borrador de 2019: «La transición ante todo debe ser por medios democráticos y conducir a la democracia».
El pueblo venezolano ha hablado y lo ha hecho en lenguaje de democracia, que no implica solo contar personas, sino que las personas cuenten. Las partes del conflicto tienen que escucharlo y entenderlo. El pueblo venezolano eligió tener esperanza y, desde hace demasiados años, en palabras de Nikken, ¡Venezuela clama por una esperanza!
Pero esperanza no es sinónimo de idealismo. Esa esperanza apela al sentido de responsabilidad. Hoy estamos en el punto más álgido de nuestro conflicto: el mal manejo del resultado de la elección presidencial —como algunos lo han calificado— y, en general, de todo el proceso político anterior y posterior a la elección, reflejan la muy peligrosa precariedad de nuestro contrato social, lo que comprende, excediéndolo con creces, el tema electoral.
Ya lo había expresado Nikken en una entrevista publicada el 10 de diciembre de 2018, con motivo del 70º aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos: «Acá se perdió todo concepto de ejercicio democrático y de Estado de derecho. Para el restablecimiento de una atmósfera, de un entorno, que permita la garantía al respeto de los Derechos Humanos, hay que resolver otros problemas».
Por eso y para eso se inició un proceso de negociación, con base en el Memorando de Entendimiento suscrito en Ciudad de México el 13 de agosto de 2021 por el Gobierno de la República Bolivariana de Venezuela y la Plataforma Unitaria de Venezuela, quienes expresaron la decisión de instaurar «un proceso de diálogo y negociación integral e incremental basados en una agenda, formato y pautas» con el objetivo de llegar a un acuerdo «para establecer reglas claras de convivencia política y social, con respeto absoluto a la Constitución Nacional».
En ese acuerdo inicial, es muy elocuente el reconocimiento que hacen ambas partes de «la necesidad de construir una visión de un futuro conjunto para todas las venezolanas y todos los venezolanos»; una necesidad que —insisto— es hoy más urgente que entonces.
Para alcanzar ese objetivo fundamental, en el documento se destacan los dos grandes ejes del proceso —que son los del conflicto—: el quebrantamiento de los principios fundamentales de un Estado democrático de derecho y el sufrimiento del pueblo venezolano en virtud del descalabro de la economía. Subrayando que esos ejes siguen marcando el fondo del problema y que ese problema se ha profundizado hoy a niveles impensables entonces, es ineludible volver a la mesa, y así evitar la tragedia que se ve venir: no puede olvidarse que siempre se puede estar peor.
Ahora bien, para que un proceso de negociación como el planteado en 2021 funcione, todas las partes deben tener un lugar en la mesa y todas, sin excepción, superando sus diferencias internas, deben tener por objetivo la consecución de un acuerdo (no «ganar tiempo», reponer fuerzas o reagruparse para mantener y profundizar el conflicto, ni mucho menos para «aplastar» al adversario).
Además, como por cierto está previsto en el Memorando, el proceso debe estar arraigado en la sociedad: «[l]os venezolanos tenemos que hacernos dolientes de lo que propone el diálogo (…). Lo que está en conversación ahí es la salida a la gran crisis venezolana». Por último, como también se previó en México, tiene que existir un mecanismo robusto para la verificación de la implementación y el cumplimiento de lo acordado. En esto es fundamental el acompañamiento internacional comprometido con la paz, tanto como lo es el de la sociedad: si la negociación no tiene dolientes, pierde precisamente como instrumento de paz.
Por cierto que la paz no se trae aquí como término vacuo o ingenuo, sino partiendo, entre otros instrumentos, de la Declaración sobre el Derecho a la Paz de la ONU, cuyo artículo 1 expresa lo siguiente: «Toda persona tiene derecho a disfrutar de la paz de tal manera que se promuevan y protejan todos los derechos humanos y se alcance plenamente el desarrollo»; en el entendido —como se reconoce en el mismo texto— de que «la paz no solo es la ausencia de conflictos, sino que también requiere un proceso positivo, dinámico y participativo en que se promueva el diálogo y se solucionen los conflictos en un espíritu de entendimiento y cooperación mutuos, y se garantice el desarrollo socioeconómico».
*Lea también: Corte Penal, diálogos y acuerdos, por Rafael Uzcátegui
En el Día Internacional de las Personas Defensoras de los Derechos Humanos, que es hoy «causalmente», recordar a Pedro Nikken —»un defensor irrepetible» —obliga a dirigir unas palabras a las víctimas individualizadas, que son demasiadas para nombrarlas— y, a la población civil, que sufren las consecuencias del desconocimiento de sus derechos civiles y políticos y, también, de sus derechos económicos sociales y culturales; a los venezolanos y venezolanas que, dentro y fuera del país, se sienten de muchas maneras despojados de su derecho a «establece[r] libremente su condición política y provee[r] asimismo a su desarrollo económico, social y cultural»: ser víctima no es una decisión y por supuesto que no es un delito; reclamar justicia es un derecho y, seguro, no es un delito; defender a las víctimas de violaciones de derechos humanos, de todos los derechos humanos, no es un delito, tampoco un acto insurreccional o de traición; es, al contrario, un deber ciudadano.
Pretender otra cosa contradice la obligación estatal de garantizar «a toda persona, conforme al principio de progresividad y sin discriminación alguna, el goce y ejercicio irrenunciable, indivisible e interdependiente de los derechos humanos» y; por supuesto, la finalidad de «[g]arantizar el pleno disfrute de los derechos humanos del pueblo venezolano y todos los derechos, incluido el derecho a la paz».
Desde lo último traigo nuevamente a Pedro Nikken, quien expresó lo siguiente en su discurso de incorporación, en 1997, a la Academia de Ciencias Políticas y Sociales:
¿Por qué las materias resueltas por enemigos militares para poner fin a su confrontación no pueden ser objeto de acuerdo por quienes tienen la responsabilidad de decidir, en paz y en democracia, sobre las transformaciones del Estado venezolano? (…) Dice el refrán que nadie aprende por cabeza ajena, pero yo rehúso a aceptar esa sentencia, negativa de todo sentido constructivo y esperanzado de la Historia. Los hombres de pensamiento, quienes reflexionan con seriedad sobre su entorno, sí aprovechan la experiencia ajena. Lamentablemente, la mayor parte de los actores a quienes ha correspondido y corresponde acometer la puesta en práctica de los cambios cuya necesidad todos conocemos, son más bien hombres de pensamientos que cambian, se acomodan, se olvidan, se apagan o se los lleva el viento.
Ojalá se entienda que, en Venezuela, nunca como hoy, es urgente pasar a la construcción de paz, en palabras de Nikken, de «[una] paz que no es apaciguamiento sino genuina conquista de la esperanza»; «de una conquista que se edifi[que] sobre [el] propósito mancomunado de recuperar para un pueblo la justicia, la libertad y, sobre todo, la dignidad». Es la hora de «la paz [como] paradigma de la política».
Como dijo Mandela, «debemos usar el tiempo sabiamente y darnos cuenta de que siempre es el momento oportuno para hacer las cosas bien».
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