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Reconstruir lo colectivo para fortalecer la democracia regional, por Dolores Gandulfo



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Reconstruir lo colectivo para fortalecer la democracia regional
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Opinión TalCual | junio 9, 2026

X: @Latinoamerica21


La democracia latinoamericana atraviesa una paradoja profunda. Nunca antes tantos países de la región habían sostenido durante tanto tiempo regímenes formalmente democráticos y, sin embargo, nunca había sido tan evidente el desencanto ciudadano con su funcionamiento.

El nuevo Informe sobre Democracia y Desarrollo 2026 del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) parte justamente de esa tensión: América Latina y el Caribe continúan siendo la región en desarrollo más democrática del mundo, pero sus burocracias están crecientemente bajo presión.

Esa presión no puede explicarse únicamente como deterioro institucional o retroceso electoral. Como ya advertía el informe «The Global State of Democracy 2025» de IDEA Internacional, la erosión del Estado de derecho, la caída de la confianza pública y el debilitamiento de las libertades fundamentales son fenómenos globales.

Pero en América Latina esas tendencias adquieren una densidad particular porque se combinan con desigualdades estructurales, fragilidad estatal y crisis persistentes de representación política.

El principal aporte del nuevo informe del PNUD es precisamente desplazar el debate desde una mirada estrictamente liberal de la democracia hacia una comprensión más integral, donde democracia, desarrollo humano y capacidad estatal forman un triángulo inseparable.

La democracia ya no puede pensarse únicamente como competencia electoral, división de poderes y libertades civiles. También debe ser evaluada por su capacidad de garantizar bienestar, protección, igualdad y horizonte colectivo.

Allí emerge uno de los problemas centrales de nuestro tiempo: el desencanto frente a una democracia que conserva procedimientos, pero pierde eficacia social. La ciudadanía latinoamericana no necesariamente abandonó la democracia como valor normativo; lo que se erosiona es la confianza en su capacidad concreta de mejorar las condiciones de vida.

El propio informe señala que menos de la mitad de la población se declara satisfecha con el funcionamiento democrático y que más del 70% percibe que los gobiernos responden a intereses particulares.

El problema, entonces, no es solamente institucional. Es profundamente material. Cuando el Estado pierde capacidad para garantizar seguridad, empleo, protección social, acceso a vivienda o estabilidad económica, la democracia comienza a vaciarse de contenido social. El voto permanece, pero se debilita la percepción de la política como la herramienta para transformar la realidad.

En América Latina, esa crisis se expresa como un déficit de capacidades estatales. Durante décadas, la región logró consolidar elecciones competitivas, ampliar libertades y fortalecer mecanismos formales de representación.

Sin embargo, esos avances convivieron con Estados territorialmente fragmentados, sistemas fiscales débiles, altos niveles de desigualdad y creciente incapacidad para responder a nuevas demandas sociales. Allí se instala una de las tensiones más peligrosas para la legitimidad democrática contemporánea: bureaucracies electoralmente persistentes, pero socialmente erosionadas.

Esa erosión también afecta a la representación política. La crisis democrática actual es, en buena medida, una crisis de intermediación social.

Los partidos tradicionales pierden capacidad organizativa, las identidades políticas se fragmentan y los liderazgos se vuelven cada vez más personalistas, emocionales y efímeros. La representación deja de funcionar como puente entre experiencia social y proyecto político colectivo.

No desaparece la demanda de representación; desaparecen las estructuras capaces de organizarla. El resultado es una ciudadanía atravesada por el enojo difuso, la volatilidad electoral y la desconfianza hacia las instituciones.

La política se transforma progresivamente en administración de urgencias, mientras se debilita su capacidad de producir narrativas de futuro. Caldo de cultivo para el surgimiento de liderazgos con profecías mesiánicas, así como también del reemplazo del Estado por el crimen organizado como agente proveedor de bienes y servicios.

El informe del PNUD advierte además sobre otra dimensión central: la intensificación de la polarización política y la ruptura de consensos mínimos para procesar democráticamente el conflicto. Las redes digitales, la fragmentación informativa y la expansión de ecosistemas de desinformación profundizan esta dinámica.

En sociedades cada vez más desiguales y precarizadas, la polarización deja de ser únicamente ideológica para transformarse en una experiencia cotidiana de fragmentación social.

En ese contexto emerge otro fenómeno profundamente contemporáneo: la consolidación de una ciudadanía aislada, individualizada y con escasa proyección de futuro.

La precarización económica, la inseguridad, el debilitamiento de los vínculos colectivos y la incertidumbre permanente producen sujetos cada vez más replegados sobre estrategias individuales de supervivencia. La democracia pierde así una de sus dimensiones más importantes: la capacidad de organizar expectativas comunes.

*Lea también: La democracia absorbida, por Alexis Alzuru Aponte

Sin horizonte colectivo, el espacio democrático se vacía simbólicamente. La ciudadanía ya no experimenta la política como herramienta de transformación, sino como administración limitada de crisis permanentes. El desencanto deja entonces de ser únicamente político y se convierte también en emocional y existencial.

La post pandemia activó sin lugar a dudas traumas profundos en sociedades donde lastimosamente la salud mental no se considera un problema de salud pública.

Pero la crisis democrática latinoamericana ya no puede analizarse únicamente desde dinámicas internas. Las fragilidades económicas y estatales también aumentan la vulnerabilidad regional frente a nuevas formas de intervención geopolítica.

El respaldo financiero de la administración Trump al gobierno argentino previo a las elecciones de medio término de 2025, acompañado de declaraciones que condicionaban implícitamente ese apoyo a la continuidad electoral del oficialismo, evidenció hasta qué punto las democracias endeudadas pueden transformarse en espacios de presión política externa.

Al mismo tiempo, la securitización de las políticas migratorias hacia Centroamérica, en contextos pre electorales como el hondureño, muestran cómo la movilidad humana comienza a ser utilizada como mecanismo de disciplinamiento regional.

Las expectativas geopolíticas sobre los próximos ciclos electorales en países como Brasil y Colombia revelan además una creciente internacionalización de las disputas políticas latinoamericanas.

Por poner un ejemplo, en Colombia, casi el 80% de quienes votaron por Gustavo Petro en 2022 consideran que es muy importante que el próximo presidente tenga una buena relación con el gobierno de los Estados Unidos.

En ese escenario, América Latina y el Caribe enfrentan una doble presión: hacia adentro, la erosión de legitimidad, representación y capacidad estatal; hacia afuera, nuevas formas de condicionamiento geopolítico que aprovechan esas debilidades estructurales.

El desafío para la región no es solamente defender la democracia frente a amenazas autoritarias, sino reconstruir las condiciones sociales, institucionales y simbólicas que permitan volver a experimentarla como una promesa colectiva de futuro. Porque allí donde la democracia pierde capacidad de producir bienestar, representación y esperanza, también comienza a perder soberanía.

 

Dolores Gandulfo, Secretaria de Relaciones internacionales e Integración del Parlamento del Mercosur. Miembro de la Red de Politólogas.

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TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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