Puras joyitas, por Gustavo J. Villasmil Prieto
«Veo que se rodea usted de puras joyitas»
Tío André (Jorge Palacios). Puras Joyitas (2007)
La memoria me remite a aquella vieja película venezolana, escrita y dirigida por César Oropeza y Henry Rivero, cuya trama puede que parezca ligera, pero encierra una metáfora poderosa de Venezuela como ese botín al que tantos han querido echarle mano desde siempre.
No creo exagerar, lo ha dicho Trump ayer mismo refiriéndose a Venezuela y a su «guerra de 48 minutos»: «al vencedor le pertenecen los despojos». En la película, el Tío André (Jorge Palacios) se propone robar la corona de Miss Venezuela. Se trata de un jefe criminal refinado y sin escrúpulos que extorsiona a una banda de delincuentes para obligarlos a robar la tiara del concurso de belleza más importante del país.
No estando el Tío André dispuesto a ensuciarse las manos en la tarea, sus operadores –la banda «Hampa Seria», al mando de «Kong-Kong» (Pedro Daniel «Budú» Pérez Nieto)– confían la «carpintería» del asunto a otro grupo delincuencial de menor rango: la banda de «Los Entendidos» al mando de «Sin Nombre» (Mario Cimarro), el personaje principal de la trama.
Pero la ambición del Tío André fue más allá de robar las joyas de la corona del concurso –ese Santo Grial de los venezolanos– y consiste ahora en apropiarse del control absoluto del tablero de juego. Ya no se conforma solo con las gemas: lo quiere todo.
El poder instalado en Venezuela pretende lo mismo: petróleo, oro, minerales estratégicos, todo. Como aspiran también al control de esa nueva ubre que es la renegociación de la astronómica e histórica deuda soberana venezolana de 240.000 millones de dólares, la más grande jamás registrada en los mercados globales.
Para la «vuelta» se propone entonces a un hampón «serio»: el señor Mauricio Claver-Carone, influyente abogado cubanoamericano y hasta apenas ayer enviado especial de Donald Trump. Sin cargo formal alguno, pero armado de un poder desmedido, Claver-Carone pretendió operar como filtro definitivo y «virrey» en la sombra de la política hacia Venezuela.
Sin sometimiento a ningún tipo de regulación, Claver-Carone se movió como todo un alfil entre Washington y Caracas forzando las negociaciones de tan monumental botín y bendiciendo de primera mano los planes que mejor satisfacían a los acreedores que se frotan las manos en Wall Street mientras en La Guaira la gente busca los restos de sus seres queridos bajo los escombros.
En la película, durante la noche de la transmisión en vivo del certamen y bajo el destello cegador de los reflectores de la televisión nacional, el país entero permanece hipnotizado por el ruidoso espectáculo. Sobre el escenario, los discursos oficiales, las ruedas de prensa y los debates que operaban como soporífero perfecto para una masa distraída con el show.
Mientras tanto, en la opacidad de los camerinos, la banda de «Los Entendidos» se preparaba para ejecutar el golpe.
Cosa similar pasa aquí. Los «entendidos» de Claver-Carone despliegan a su propio «Coqueto» (personificado en la pantalla por Albi De Abreu), representado aquí por la cotizada firma neoyorquina de banca de inversión Centerview Partners liderada por el banquero francés Matthieu Pigasse, cercano al «progre» Macron.
Amparados en su savoir-faire, en una oportuna Licencia General 58 de la OFAC y en el agresivo cabildeo de Claver-Carone tras bastidores, Centerview sedujo al mercado y obtuvo la adjudicación directa –»digital»– del manejo de la renegociación de la deuda sin someterse a licitación alguna. «A dedo», pues.
Esta designación «digital» desató un optimismo agresivo en Wall Street y provocó que los bonos soberanos venezolanos en default saltaran de 15 a casi 50 centavos por dólar, activando de inmediato al poderoso Venezuela Creditor Committee liderado por firmas como Greylock Capital Management.
Pero la euforia inicial de los fondos de inversión extranjeros se vio pronto empañada por serias críticas: los exorbitantes costos del contrato de Centerview, fijados en una comisión estimada de 150 millones de dólares, generaron fuerte escepticismo entre los acreedores luego de que el gigante rival Lazard intentara arrebatarles el mandato ofreciendo hacer exactamente el mismo trabajo por apenas 25 millones de dólares.
Pero como esas no son sino «minucias» tratándose de tan buen negocio, aparece entonces la señora Jessica Bedoya –socia de confianza de Claver-Carone en el fondo privado LARA Fund y su antigua jefa de Gabinete durante su cuestionada y fulminante gestión al frente del BID– operando ahora como cerebro técnico (el «Funboy» de esta historia, que en la película interpreta Erich Wildpret).
La dama sabe moverse. Lo demostró –y muy bien– tras su paso por el BID, tal y como lo certificara en su día la auditoría llevada a cabo por la firma de abogados Davis Polk. Dando y dando, pues.
Y por si alguien osara romper el bien tramado pacto, allí están los legisladores de línea dura en Washington vinculados a la facción presidencial, listos para entrar en acción como «Kong-Kong», el temido brazo de fuerza a las órdenes de ese Tío André instalado en la Oficina Oval, con su abanico de leyes migratorias, sanciones y presiones siempre a mano, a la manera de una fuerza de choque indispensable para obligar a todos a cooperar «sí o sí».
Pero la mencionada caterva de bandidos aquí descrita cree que los venezolanos somos pendejos. Pensaron que su coreografía financiera y geopolítica iba a pasar desapercibida para quienes de esto saben: le salió al paso el exministro de CORDIPLAN Miguel Rodríguez Fandeo, cerebro de la histórica renegociación de la deuda soberana venezolana llevada a cabo en el marco del Plan Brady.
Y lo hizo para calificar al proceso actual como lo que es: una vagabundería, otra estafa más a un país destruido, un flagrante despojo al patrimonio nacional a cargo de los «amigotes» de Donald Trump y su entorno político.
*Lea también: Los pedazos de lo que alguna vez fuimos, por Gustavo J. Villasmil Prieto
Como en la película, al final de la noche, mientras el público aplaude el desenlace de un nuevo show televisado, el selecto club de intermediarios de cuello blanco y operadores internacionales amparados por la administración estadounidense se queda no solo con el control real de la corona nacional, sino del país completo.
Al señor Claver-Carone lo acaban de mandar a las duchas. Su pestilencia se hacía ya contraproducente. Pero hizo el trabajo. Que nos quede ninguna duda: en Venezuela, seguimos todos en manos de «puras joyitas».
Gustavo Villasmil-Prieto es médico, politólogo y profesor universitario.
TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo





