Pretendiendo al dictador, por Luis Ernesto Aparicio M.
En lo personal me cuesta imaginar –y más aún presenciar– que después de experiencias tan traumáticas como las de Augusto Pinochet, Jorge Rafael Videla, Fidel Castro, Raúl Castro, Hugo Chávez, Nicolás Maduro o Daniel Ortega, una parte importante de las sociedades actuales vuelva a mirar con simpatía opciones personalistas, parecidas a cualesquiera de los nombrados, con lo cual muchas coquetean abiertamente con el autoritarismo.
Pero a pesar de todo, eso es precisamente lo que está ocurriendo, ante la mirada atónita de muchos promotores y defensores de la democracia. Incluyendo a ciertos dirigentes que decidían tomar distancia de este tipo de figuras, y hoy aparecen a su lado y apostando a ese tipo de liderazgo.
Las protestas sociales, las crisis económicas, el agotamiento institucional y la decepción hacia viejas estructuras políticas están empujando a muchos ciudadanos hacia la búsqueda de figuras fuertes, capaces –según la narrativa que construyen– de ser los llamados a «poner orden», castigar a los responsables de los problemas y ofrecer soluciones rápidas frente a escenarios cada vez más complejos.
Y es allí donde aparece uno de los mayores riesgos de este tiempo.
Muchos jóvenes, frustrados por el mundo que están heredando y por la incapacidad de buena parte de la política tradicional para responder a sus demandas, comienzan a sentirse atraídos por líderes que se presentan como ajenos a partidos, ideologías u organizaciones políticas.
Figuras que venden la idea de ser «limpias», libres de los vicios tradicionales de la política y supuestamente preparadas para gobernar sin compromisos ni obstáculos institucionales. El problema es que detrás de esa imagen antisistema suele esconderse otra cosa: una creciente normalización del liderazgo autoritario.
El analista político Franco Delle Donne ha descrito este fenómeno como una especie de «epidemia ultra», caracterizada por discursos simples, emocionalmente efectivos y cargados de promesas inmediatas para sociedades agotadas de esperar soluciones.
La fórmula suele repetirse: identificar enemigos internos o externos, desacreditar instituciones democráticas, despreciar a los partidos tradicionales y construir la figura de un líder fuerte capaz de resolverlo todo desde la voluntad personal.
Lo preocupante es que muchas de estas propuestas resultan especialmente atractivas para generaciones que no vivieron directamente las consecuencias de gobiernos autoritarios y que, además, crecieron observando democracias incapaces de resolver problemas fundamentales como desigualdad, corrupción, inseguridad o falta de oportunidades.
En medio de esa frustración, la oferta más radical comienza a parecer también la más efectiva.
Así, el voto empieza a desplazarse hacia los extremos, dejando cada vez menos espacio para proyectos de centralidad política capaces de construir consensos y soluciones más amplias. El equilibrio pierde atractivo frente al castigo; la moderación parece debilidad frente al discurso de confrontación.
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Y allí aparece otra idea peligrosa: creer que el éxito empresarial es suficiente para gobernar un país.
Comienza entonces la fascinación por figuras que se presentan como empresarios exitosos, «emprendedores» o gerentes eficientes, bajo la promesa de administrar un Estado como si fuese una compañía privada.
Pero la política democrática no funciona bajo la lógica empresarial. Una empresa responde a accionistas; un país debe responder a ciudadanos profundamente distintos entre sí, con necesidades, derechos y realidades muchas veces contradictorias.
Por eso resulta tan preocupante observar cómo, en distintos países, crecen candidaturas construidas precisamente sobre esa narrativa antipolítica. En Colombia, por ejemplo, ya comienza a ganar espacio el discurso de quienes insisten en definirse no como políticos, sino como «emprendedores» que prometen convertir al país entero en una nación de emprendedores.
La historia demuestra, sin embargo, que muchas veces los autoritarismos no llegan destruyendo la democracia desde afuera, sino aprovechándose de sus debilidades internas y del cansancio de quienes terminan creyendo que cualquier alternativa, por radical que sea, resulta preferible al desencanto democrático.
Y es precisamente allí donde comienza el verdadero peligro.
Luis Ernesto Aparicio M. es periodista, exjefe de prensa de la MUD
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