¿Posmadurismo o poschavismo?, por Gonzalo González
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Lo ocurrido el 3 de enero del presente año supone un punto de inflexión, un parteaguas en la vida de Venezuela. Lo es por el hecho en sí, su formato, contundencia, resultado y consecuencias que trascienden la defenestración del gobierno de Maduro.
El país está ante una nueva situación que empezó a conformarse con el fraude del 28 de julio de 2024 y que pareciera haber cristalizado con los sucesos del 3 de enero, el de la evidente amortización del régimen chavista y de la precaria sostenibilidad de su gobernanza. Escenario que pone de bulto el interrogante que titula estas notas.
La caída de Maduro no es cualquier acontecimiento; él no era un simple mascarón de proa o el producto de una acción de maquillaje para tratar de relativizar el militarismo del régimen. Era un cuadro fundamental del chavismo.
Chávez lo ungió sucesor en vez de decantarse por Diosdado —quien se veía y veían algunos como sustituto porque tenía mayor pedigrí por militar y ser de los originarios del 4 de febrero—. Sin embargo, pudo gobernar casi tanto tiempo como Chávez porque supo ejercer con habilidad —sin escrúpulos de ningún tipo— su condición de primus inter pares y punto de convergencia y arbitraje entre las diversas facciones integrantes de la coalición en el poder.
Maduro fue negociado porque seguramente algunos de la cúpula —incluido, por razones obvias, el representante de la FAN—, lo consideraron un obstáculo para preservarse ante lo que sabían o intuían estaba por suceder.
En el mundo chavista: PSUV, aliados y base sociopolítica hay sorpresa, frustración, sensación de haber sido engañados, traicionados y preocupación por un futuro que ven nada claro. En ellos cunde la desmoralización. La cúpula siempre les dijo que estaban en capacidad de resistir, que contaban con los instrumentos y recursos para enfrentar cualquier amenaza y voluntad política para hacerlo.
En todo esto hay un agravante: la creciente sospecha de que el éxito del operativo militar de los Estados Unidos (EEUU) el 3/1/26 fue posible no solo por la capacidad del enemigo, sino porque fue potenciado por informaciones que solo podían provenir de integrantes de la cúpula del régimen.
En ese sector hay una sensación de derrota cuasi-definitiva porque a la evidencia de que experimenta un enorme rechazo nacional se le agrega que sus recursos defensivos no sirven para resistirle a un enemigo al cual no pueden intimidar, reprimir o derrotar.
Alguien podría argumentar contra lo que he expresado que es Delcy Rodríguez quien ejerce la Presidencia de la República por decisión de la Asamblea Nacional avalada por el Tribunal Supremo de Justicia. Es decir, que los mecanismos institucionales del sistema han funcionado. Por tanto, hay continuidad del statu quo.
Pero las apariencias engañan: la presidencia de Delcy Rodríguez está supeditada y condicionada por las condiciones impuestas por EEUU. Quien actúa como todas las potencias —en este caso aderezada con los intereses, modos y métodos trumpianos— cuyas intervenciones han sido decisivas para crear nuevas realidades y escenarios.
El gobierno de EEUU cada tanto les recuerda que el perro —que sí ladró y mordió, aunque algunos dijeron que todo eran «potes de humo»— lo volvería a hacer si no se cumplen sus instrucciones.
El Gobierno Delcy existe para evitar un inconveniente vacío de poder —por sus esperables consecuencias— y para desmontar el sistema chavista y aceitar las condiciones para una transición hacia la vigencia efectiva de la Constitución. Por tanto, no estamos en presencia de una operación política gatopardiana. En consecuencia, es correcto y ajustado a la realidad caracterizar el nuevo momento como el poschavismo.
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El chavismo no tiene capacidad de imponer una regresión al anterior statu quo, de reinstaurar la gobernanza dictatorial. Pero sí de ralentizar los cambios, de intentar sabotearlos, de poner piedras en el rumbo de la transición, de condicionarla.
La etapa que está empezando a transitar el país requiere, para que no se tuerzan ni distorsionen sus fines y objetivos, de una participación activa y firme de la sociedad, de los partidos y fuerzas democráticas. Es hora de presionar con insistencia para que la transición nos conduzca a los cambios ansiados y necesarios para superar la crisis humanitaria y comenzar a construir un futuro de libertad, justicia y prosperidad.
Gonzalo González es politólogo. Fue diputado al Congreso Nacional.
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