Por allá en los sesenta, por Marcial fonseca
Esta década llegó cuando él terminaba la primaria e ingresaba en el Colegio del pueblo al mismo tiempo que la televisión hacía la entrada en su casa. Acostumbrado al cine como estaba; fue sorprendido por Popeye el marino y Tom y Jerry de la pequeña pantalla.
Antes sus diversiones eran las series de cine, por cierto, solo los martes; y por las buenas películas los jueves, sábado y domingo. Asistir al cine le salía por tres reales a la semana.
Algo que hacía frecuentemente era escudriñar los libros de la biblioteca de su padre. En esa época llegaban a su casa muchos libros donados por el Gobierno Nacional gracias a la actividad edilicia del progenitor.
Recuerda su primera lectura rondando los once años: Ana Isabel, una niña decente, de Antonia Palacios; le gustó tanto que se consideraba pastoreño; luego incursionó en los libros de editoriales argentinas de páginas ocres y de maquetado a doble columna.
De estos, le vienen a la memoria El Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas; por supuesto, también llegaron Los tres mosqueteros y la sangrienta velada de La noche de San Bartolomé, de Alexis Ponson du Terrail; ya más adolescente, lo impactó El hombre mediocre, de José Ingenieros.
El bachillerato también lo sumergió en autores locales; largo años mantuvo en su memoria a Presentación Campo; y no olvidaría nunca lo filósofo que nos puede hacer un diente roto, como le sucedió a Juan Peña
De la pantalla chica lo sorprendieron las series. Cómo olvidar Cita con la muerte, Mike Hammer o la Cuerda floja.
También sirvió para aprender, además de entretenerse, nuevas actividades no vistas antes, una de ellas fueron los juegos de béisbol por televisión, en su pueblo había caimaneras rara veces.
No se perdía ningún programa de la Cabalgata Deportiva Gillette, presentada por Marco Antonio Lacavalerie; éste, aparte de conocer de pelota, era muy bueno con los calambures que hacía al describir las jugadas; realmente era amenas sus narraciones.
Famosas eran «El partido está con la capacidad exacta de una maltín Polar: doscientos veintidós: dos bolas, dos strikes, dos outs». O «Ese pitcher es como novio pavoso, no entiende las señas que le envía la chica», en este caso con las que enviaba el receptor.
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Aunque a veces el aprendizaje no era tan directo. Recuerda cuando el Musiú dijo «out por la vía sesenta y tres». Se acercó más al televisor y no fue capaz de distinguir ningunas líneas entre las bases.
Decidió consultar la calle; y el domingo siguiente asistió, por primera vez, a un juego en el estadio de Duaca; aunque era más bien una caimanera. Se sentó cerca de un amigo que sí sabía del juego de pelota, o al menos, era un asiduo espectador de los juegos locales.
Hicieron el primer out, y se dirigió a su conocido:
– ¿Por qué vía lo hicieron?
–¿Cómo?
–¿Que por qué vía hicieron el out?
–No te entiendo
–Está bien, gracias –y se cambió de asiento buscando a alguien que sí supiera de béisbol o que al menos viera la Cabalgata Deportiva.
Marcial Fonseca es ingeniero y escritor
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