Pequeña crónica diaria de un médico católico, por Gustavo J. Villasmil Prieto
«¡Viva Cristo Rey!» Miguel Agustín Pro, SJ. patio de la Penitenciaría de Ciudad de México, 23 de noviembre de 1927
Amanece y me preparo para la jornada haciendo un poco de oración. Orar es ponerse uno en presencia de Dios. Juntar las manos cada mañana glosando un rezo no es para mí un gesto rutinario; es el recordatorio diario de que mi oficio no se reduce a una operación técnica, sino que entraña el desafío cotidiano contra lo peor del mundo: el dolor.
Estos treinta y pico años de ejercicio han sido un encuentro frontal y «a mano pelada» con ese hierro candente que es el misterio del dolor humano; años en los que la pregunta aquella de Leibniz, la de la Teodicea, me ha golpeado en la cabeza cada día cuan el más tenaz de los martillos: «si Dios es bueno, ¿por qué lo permite?». En un tiempo marcado por la impiedad y el cientificismo, hacer oración, esa pequeña disciplina espiritual mía de todos los días, se ha convertido en mi forma silenciosa de resistir.
A ningún congreso médico lo invitan a uno a disertar sobre el hombre que sufre, lo tengo clarísimo. El tema no es precisamente «taquillero». Hablar del dolor humano en los ambientes médicos venezolanos hoy pareciera no ser bien visto.
Curiosamente, sí lo es disertar sobre las más costosas terapéuticas contra la obesidad en un país con 90 por ciento de pobres en el que siete de cada 10 «resuelve» el plato diario con carbohidratos procesados que solo le sirven para aplacar el tormento del hambre.
Pero el biologicismo médico —esa necia reducción del ser humano a cifras, algoritmos, protocolos y «guías de actuación»— siempre fue así: corto de miras, moralmente estólido, teóricamente débil. Pero aún así, ¡mira si ha logrado colonizar salas y consultas!
Ahora se han puesto de moda las series de casos presentados como de «la vida real», ¡como si los demás estuvieran en un guion de Delia Fiallo!
Un intenso desprecio por lo trascendente se manifiesta en la indiferencia de las élites médicas hacia la dimensión espiritual del enfermo. Se atiende el cuerpo —si es que se sabe y se tiene cómo—, pero se soslaya el espíritu.
A nadie lo gradúan con honores por narrar las penurias de los enfermos que cuidó porque las lágrimas de un desesperanzado enfermo venezolano no entran en las métricas de los que sostienen que el único discurso médico que puede reclamar derecho a serlo es el que cabe —aunque sea a empujones— bajo de la campana de Gauss.
La frivolidad médica revestida de ciencia se ha instalado como una sombra sobre la Venezuela que sufre: hay quien se enorgullece de la tecnología que maneja y del «summit» al que lo invitaron, pero ha perdido toda capacidad de mirar a los ojos y de escuchar al que tiene enfrente.
Como hay también quien encuentra más productivo el tiempo que dedica cada día a acicalarse o «crear contenido» que a hacer un poco de oración antes de iniciar la jornada diaria en un país que optó por echar a sus enfermos al olvido. Así estamos.
En la medicina de hoy la fe es un estorbo, una superstición incompatible con la practicidad y la ciencia. Pero la historia de la medicina está llena del testimonio de hombres y mujeres que inspirados por ella fundaron hospitales, gastaron sus vidas cuidando enfermos y acompañando en su agonía los moribundos.
El hospital mismo, como concepto organizacional, es una creación de la civilización cristiana occidental. Los primeros hospitales en Europa los organizaron y operaron hombres y mujeres de fe.
Sumerios, egipcios, romanos, chinos ni indios: ninguna de tan grandes civilizaciones hizo del cuidado de sus enfermos un deber más allá de lo estrictamente privado, incluidos mis admirados griegos.
La «eusebia» griega y la «pietas» romana están todavía muy lejos de la «chesed», que es como los judíos llamaban a la misericordia. Con tan potente concepto es que entroncamos nosotros.
La impiedad médica de estos tiempos se manifiesta también en la prisa cotidiana con la que vivimos. Confieso que también a mí «come» la lista diaria de enfermos por ver.
El tiempo del médico se mide en minutos y cada otro paciente es un obstáculo cuando se trata de cumplir con la agenda del día.
Con frecuencia ocurre que son personas que han esperado meses para verme, muchos de ellos viniendo de muy lejos: ¿cómo les vengo ahora con que «hoy no»?
Y no es que la tenga fácil: a mediodía ya llevo seis o siete horas a cuestas y la tarde promete por lo menos otras seis más si es que todo va bien. Y los años que pegan. Y el agobio. Y el hastío de las cosas, el cansancio. ¿Cómo negarlo?
Pero, como decía San Josemaría Escrivá de Balaguer: «¡ese que te carga es quien te guía! –medita bien esto– ¿No es para que bendigas tu Cruz? Te la ha cargado, no para que tu desesperes, sino para que triunfes».
Son las tres de la tarde, la Hora de la Misericordia. Todavía queda faena: «Jesús, en ti confío».
La enfermedad no es solo desequilibrio fisiológico: es también una narrativa trunca, un proyecto vital frustrado puesto a girar de repente alrededor de un tumor, de una víscera enferma, de un vaso obstruido, de una ruta metabólica trastocada o de un microrganismo patógeno.
No se niegan los avances de la ciencia. Sería absurdo. Lo malo es cuando ese aprecio deriva en idolatría y la tecnología se convierte en fin en sí misma.
El cientificismo promete el control absoluto sobre la vida y la muerte, pero olvida que la medicina nunca podrá vencerla en tanto que la muerte es el límite radical de la existencia.
La frivolidad médica, disfrazándose de eufemismos, habla de «longevidad» para no reconocer el arribo indefectible de la senescencia, de «estilo de vida» para edulcorar las grandes realidades sociales tras la enfermedad y de «protocolos de final de la vida» como si morir fuera un mero trámite administrativo y no el misterio más profundo del ser humano.
En el trayecto entre mi casa y la Plaza Venezuela caben los cinco misterios del Santo Rosario, letanías cantadas por la hermana Glenda incluidas. De tanto repetirlo a diario tengo el «timming» medido. Mientras recorro la camándula cuenta a cuenta voy preguntándome cómo resistir a una cultura que desprecia lo trascendente. Mi única respuesta posible es vivir la medicina como testimonio de fe.
Al cerrar la jornada, regreso con cansancio y, si el tráfico lo permite, llego a misa de seis; de lo contrario, mis amigos Franciscanos de María la trasmiten sin falta por la red desde una parroquia madrileña.
Se hace tarde. La crónica diaria de un médico católico no pretende pasar épica ni espectacular. Es la narrativa sin vanidad de quien intenta ser fiel a su fe en medio del mundo que le tocó vivir.
Hace exactamente un siglo, Pío XI dictó «Qua Primas», la encíclica que decretó la Solemnidad de Cristo Rey en contestación al laicismo triunfante en Rusia y Europa y que entre nosotros mataba sin piedad en la Guerra Cristera de México. De aquel tiempo terrible no puede uno sino evocar la heroica proclama del padre Pro —por estos mismos días, pero en 1927— ante el pelotón que lo iba a fusilar y cerrar el día exclamando: «¡Viva Cristo Rey!».
Gustavo Villasmil-Prieto es médico, politólogo y profesor universitario.
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