Pensamismo y miseria, por Enrique Ramón Díaz
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La historia muestra que las desdichas de los países, en el fondo, tienen un punto común: el pensamismo político, presente en quienes se aferran a una idea cerrada, a un pensamiento único, en quienes hablan siempre de lo mismo y muestran ser más boca que mente, más bocaza que corazón.
Son simples habladores que persisten sobre una idea y no de lo que padece una sociedad, quizás, por incapacidad o no conveniencia de reinterpretar la realidad.
Así, sin ningún razonamiento, se repetía en Venezuela que la «revolución socialista» representaba la suprema felicidad de la familia, la salvación de la patria y del mundo, y que el capitalismo es lo más salvaje y perverso.
Y quien pensara distinto debía saber lo peligroso que era criticar a un socialismo que protegía sus desmanes: bien culpando a un país extranjero (como EEUU) o atacando la moral, encarcelando e incluso desviviendo a quienes expresaran una razón distinta; los cuales eran tachados como «traidores de la patria» o «enemigo de la revolución»; realidad esta que, al parecer, estaría cambiando luego del 3 de enero de 2026.
En consecuencia, el pensamista revolucionario, sí, el que ha sido condicionado o cercada su mente para que repita ciegamente una idea, en nuestro caso un credo político, jamás pensará distinto por temor a ser considerado como un enemigo aunque muy dentro de sí tal vez se pregunte:
¿Para qué sirve una revolución que ha despachado de su propio país a más de ocho millones de paisanos incluyendo científicos, médicos, docentes, ingenieros, arquitectos, empresarios?
Más aún, viendo la crisis generalizada (gasolina, electricidad, gas doméstico, desabastecimiento, salario a menos de un dólar mensual, etc.) y después de los cinco motores propuestos por Chávez y de otros 13 por Maduro, dizque para arreglar una economía que sigue fracasada, ¿no será tiempo de declarar al socialismo en Venezuela como sinónimo de miseria?
Pues, sí, dado que, entre el mensaje socialista y la miseria mental, como forma de vida, hay evidencia de ciertos discursos emblemáticos de su principal líder (Hugo Chávez) quien decía que «ser rico es malo»; y «no importa que andemos desnudos, que no tengamos ni para comer, aquí se trata es de salvar la revolución»; limitaciones estas que no aplicaban a los jerarcas del gobierno, hoy, enriquecidos con los dineros públicos.
Una mente mísera potencia la pobreza material, pero, antes, degrada la visión de la propia prosperidad; es un freno que impide al sujeto pensarse, imaginarse, soñarse, en la abundancia al tiempo que induce a conformarse con lo poco.
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Y, así, se hace presa fácil de cualquier ideología que enmascara la superación personal en tanto celebra la pobreza destruyendo la dignidad del inversor privado. Hay al respecto una palabra que en su momento fue muy aplaudida: ¡exprópiese! y por la cual el país se quedó sin sus empresas fundamentales.
A Dios gracias todo tiene su final y, ahora, Venezuela se prepara para recuperar las libertades democráticas. Y, de ahí, todo el progreso posible. Amén.
Enrique R. Díaz es doctor en Educación y autor del libro, “Bio-Eco-docencia: Dialógica, Pedagogía y Política”.
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