Paseo bucólico, por Marcial Fonseca
Agradecimientos al colega y amigo Jesús Edgardo Belandria por la información suministrada.
En verdad pensaba el muchacho que hay palabras que a veces presentan una dualidad de acepciones, y estas no pueden ser más diferentes. Un ejemplo es escatológico.
En su significado primario se relaciona con santos, con gente que sufrió por su religión en las catacumbas o con lo que pasaría después en el más allá; en el secundario, nos pasea por el mundo de lo inmundo, de los excrementos.
Que por cierto, se dijo él, la Semana Mayor ya se está acercando y eso significa un asueto de nueve días. Sus condiscípulos hablaban de los sitios que visitarían; unos estaban muy emocionados porque al fin conocerían Acarigua.
Otros, los más afortunados, no dejaban de presumir de lo bronceados que vendrían de Tucacas. Su padre le había dicho que este año irían a pernoctar tres días en la quebrada Higuerones para pescar; y serían puros hombres.
La cuerda estaba conformada por su padre, un tío, un cuñado novio de su hermana y él, por supuesto. En los preparativos, encargaron al tío y al sobrino adquirir la comida que llevarían.
El padre sería responsable de la parte espirituosa, que resultaría en tres botellas de cocuy y una de anís; y para los muchachos, cuatro litros de cola Marbel (así, pronunciación grave, pero con acentuación aguda).
En la víspera se reunieron en la casa del progenitor para los detalles finales. Chequeadas las hamacas, una de ellas estaba rota; pero la vecina, que siempre los visitaba a principio de la tarde, les prestó una.
Salieron bien temprano para conseguir un buen árbol adonde arrimar el vehículo para usar como centro de soporte de los cuatro chinchorros. Ahí tendrían una buena sombra y buscarían estar a menos de cincuenta metros del río.
Se tomaron cuatro horas en montar la estructura para dormir, luego lanzaron diez sedales y los sujetaron a sendas ramas de un árbol con el cual tenían línea de vista con el yip y así detectar cuando una caña de pescar se tensaba, aviso de pez cogido.
Como siempre, apenas capturaron tres bagres pequeños y dos esbeltas guabinas; pero por ser pescadores conscientes y ecológicos, regresaron los cinco pescados al agua del río.
Por lo exiguo de la pesca, no les quedó más remedio que hacer un sancocho con el osobuco que habían traído, por si acaso. El hijo fue el encargado de preparar el hervido y se puso manos a la obra. Gracias a las enseñanzas de mi madre, corté las vituallas, seleccioné el agua del río en un lugar lejos de los bañistas e hice un sabroso sofrito.
Mi padre se sentó a mi lado mientras yo cuidaba la sazón del condumio. En eso una mosca, mejor dicho un moscardón de los verdes, cayó en la olla. De inmediato murió, inclusive las patitas, desprendidas, flotaban en el caldo.
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Rápidamente tomé un cucharón y la saqué, y a sus desparramados miembros también. Mi padre, asquiento siempre, me dijo que él no iba a comer eso. «Pero papá», me disculpé yo mientras sacaba lo que pudiera haber quedado del animalejo en la olla, «vea, estoy sacando todo, hasta el agua que la rodea».
«No, hijo», insistió, «yo no voy a comer eso». «Papá», dije yo con una piedra salvadora, «la candela mata todo». Mi padre, pensativo y también buen jugador de dominó me espetó: «¿Hijo, usted se comería un mojón frito?». Se me quitaron a mí también las ganas de comer el sancocho.
Marcial Fonseca es ingeniero y escritor
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