Para no olvidar aquello que las hace democráticas, por Luis Ernesto Aparicio
Soy de quienes se anotan en la tesis de que durante los próximos 10 o 15 años no necesariamente veremos una sucesión de dictaduras clásicas.
Como hoy lo presenciamos, a lo largo de ese tiempo o más, podríamos ver democracias cada vez más desinfladas desde adentro, con elecciones, parlamentos y constituciones formalmente existentes, pero con menos independencia institucional, menos libertades y menos tolerancia hacia el disenso.
No es un capricho de alguien que mira el futuro político mundial como una catástrofe ni una visión reduccionista por el simple hecho de enfocar la mirada en los cambios políticos que se están produciendo.
Sin duda alguna hay otros elementos por los cuales habría que preocuparse, como la economía, la salud, el clima o los efectos de los avances tecnológicos. Pero muchos de ellos, de una u otra manera, dependerán de las políticas que terminen dominando el mundo durante los próximos años.
Basta con revisar los cambios que se intentan, si es que no se han implementado ya, en la carrera por evitar la emisión de gases producto de la combustión de vehículos o la generada por grandes empresas.
A ello se suma el, ya seguro, problema que se avecina con el consumo de grandes cantidades de agua potable por parte de los centros de procesamiento de datos, que podrían ejercer una presión cada vez mayor sobre las reservas de agua en la superficie y en la profundidad de los suelos.
En fin, un panorama que ya es complicado podría complicarse mucho más con la llegada de movimientos que ocultan, o al menos intentan ocultar, agendas proclives a restarle importancia a la atención de estos temas tan sensibles para los seres humanos en lo colectivo.
Todo por eso que Ece Temelkuran ha denominado «locura política que viene produciendo el llamado auge del populismo».
Pese a esto, los estilos que van creciendo, casi incontrolablemente, son aquellos que muestran un desprecio por esos asuntos.
No se ocupan de ellos porque son problemas de dimensión colectiva y su discurso se concentra cada vez más en la individualidad que se asoma, algunas veces tímidamente y otras de manera más clara.
El enfoque deja de ser el colaboracionismo y se concentra en el tú y yo como prioridad.
Para alcanzar esos objetivos individualistas, quienes van vendiendo la tesis de que no vale la pena mantenerse en un mundo globalizado porque, en cierta medida, no ha resuelto los problemas de cada uno por separado, comienzan a ganar seguidores.
Los ciudadanos buscan entonces figuras que ofrecen cambios de rumbo y ajustes de políticas, necesarios e inmediatos, como si los problemas de grandes dimensiones pudieran solucionarse con planes y programas mágicos y fáciles.
En esa línea, la democracia deja de ser percibida como el sistema que encuentra las formas para enfrentar los problemas con seriedad y construir soluciones duraderas, sin fracturar las instituciones que garantizan a los ciudadanos sus derechos.
Ante esto, muchos terminan inclinándose por los simplistas que para conseguir sus objetivos son capaces de reducir controles, limitar derechos o concentrar el poder.
Estos comerciantes de fantasías van arrastrando a las masas desilusionadas de una democracia que otros no han sabido administrar, para consolidar una devoción ciega e invulnerable que les permita presentarse como el autócrata necesario.
Ese que se va afianzando ante el miedo, por el cual el ciudadano puede estar dispuesto a sacrificar libertades a cambio de orden y, sobre todo, mediante la transformación del adversario en enemigo.
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Y aquí también aparece otro elemento que no puede ser ignorado: la emigración.
El temor a perder empleos, servicios públicos, identidad cultural o seguridad puede ser convertido en un poderoso instrumento político.
No necesariamente porque esos temores tengan siempre fundamento, sino porque el miedo, cuando encuentra un culpable visible, puede transformarse en una extraordinaria herramienta de movilización.
El extranjero, el diferente, el que llega desde otro lugar, puede terminar convertido en el responsable de problemas que tienen causas mucho más profundas.
Y he aquí la alerta que en estos momentos quiero dejar: el populismo, predecesor del autoritarismo no se está imponiendo únicamente porque existan políticos autoritarios. Está encontrando sociedades dispuestas a aceptarlo porque ofrece respuestas aparentemente simples a problemas extraordinariamente complejos.
Tal vez el verdadero peligro para las democracias durante los próximos años no sea que desaparezcan de un día para otro, sino que permanezcan allí, formalmente reconocibles, mientras poco a poco dejamos de exigirles aquello que las hace democráticas.
Luis Ernesto Aparicio M. es periodista, exjefe de prensa de la MUD
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