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Nosotros, ¿que nos queremos tanto?, por Carolina Espada



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Opinión TalCual | mayo 16, 2020

@carolinaespada


Para Abdel

Antes de que alguien salga con el chisme, sí, es un hecho, Rodolfo y yo estamos a punto de terminar por culpa del covid-19. Ninguno de los dos ha dado positivo (por ahora), pero no podemos seguir padeciendo esta distancia social. Y es que no hay relación amorosa que aguante un tapabocas y un pañito con alcohol.

A nosotros nos iba muy bien hasta que llegó la cuarentena. Él y yo, con sendos divorcios a cuestas, teníamos la relación perfecta. Mejor que baños separados, tenemos domicilios separados. Ése es el secreto de la máxima felicidad.

Tomemos las neveras, por ejemplo: en la mía siempre hay queso bajo en sal, frutas y leche descremada; en la de él, laticas de Red Bull que le trae la ex esposa cada vez que viene de El imperio. Rodolfo sabe que eso está contraindicado, su cardiólogo se lo prohibió, pero él tiene su nevera atiborrada de bebida energizante que le sube la tensión. Si osara poner una aquí sería catalogado de pasivo-agresivo, pero como no lo hace y yo no me entero, que se apipe y se le acelere el pulso. En mi casa no le va a dar ningún infarto. No voy a tener que llamar a los bomberos ni darle explicaciones a sus hijos.

Y está el baño. Rodolfo usa un solo shampoo. Increíble, pero verídico. Yo tengo para el pelito normal; para el grasoso; para el dañado o reseco; con camomila y té verde; para blanquear las canas que da caspa; medicado que la cura; envasado en la república bolivariana; importado de Alemania (regalo de mi vecina); enjuague sin olor; enjuague con olor a templo budista; baño de crema líquida; baño de crema pomada; cera para las puntas del cabello; tónico para las raíces. Y tengo un sinfín de potes vacíos, porque no quiero olvidar las marcas que ya no están en existencia.

¿Y qué hace él? Se lava el pelo con enjuague, después se echa shampoo y si está distraído, agarra la panela de jabón que tengo para lavar mi ropita interior y se la pasa por la cabeza. Y eso no es todo, él es incapaz de enroscar una tapa. Nunca lo hizo en su infancia –que es cuando se perfeccionan esas destrezas– y no lo va a hacer ahora.

*Lea también: Gestión Humana: empleados satisfechos y empresas productivas, por David Somoza Mosquera

Del control remoto, mejor no digo nada, pues cualquiera que tiene un hombre, un televisor y un control sabe muy bien el nivel de estrés. Pero está Netflix y eso es tema aparte. Quiero ver una película; elijo “comedy” (nada intenso ni angustiante de noche) y me brindan unas cuantas opciones; escojo la que tiene la imagen promocional más bonita. ¡Y entonces llega Rodolfo y se pone a ver tooodo lo que Netflix ofrece, los géneros y subgéneros, lo nuevo y lo viejo y los clásicos sempiternos! Cine y series de televisión. ¿Y yo? A la media hora de eso ya me quedo profundamente dormida. Me dice que ronco. Me sabe a chayota.

Pero nos separamos por un par de días y nos extrañamos, nos mandamos wasaps y corazoncitos, nos llamamos a cada rato. Al tiempo él vuelve trayendo naranjas y chocolates, y yo le hago una omelette y una arepa matabudare. De nuevo los bailes, los besos y las lecturas compartidas. Nos queremos hasta que se nos pasa y nos replegamos. Vamos y venimos como la marea sin causales de divorcio.

Y entonces llegó el covid-19 y nos agarró a él por allá con su Red Bull y a mí por acá con mi constelación de patuques. Y pasaron las semanas. Rodolfo trabajando –porque no se puede dar el lujo de encuarentenarse– y yo afanada con mi escritura. Él sale todos los días y se expone sin mayor protección, y segurito que la gente se le acerca y le respira en el cogote. Lo sé, está en su oficina y no, en una cápsula espacial esterilizada. Dudo que se lave las manos cada cinco minutos como lo hago yo con manía compulsiva. Y así, él pretende venir mansamente a mí, que me estoy cuidando tanto y que si me cuido más, me meto en formol.

Hace un par de noches tuvimos una conversación con video. Él quiere volver. Yo no quiero que vuelva. Él me dice que esto de la pandemia va para largo y que no podemos seguir así: queriéndonos tanto, pero separados. Yo le digo que tenemos que esperar, que de repente en agosto para mi cumpleaños o en septiembre, para el suyo… pero que mejor lo dejamos para recibir juntos el Año Nuevo.

Él intenta manipularme, que no sabe si podrá estar solo todo ese tiempo. Yo no me dejo manipular: si no puedes, mejor terminamos y consíguete a una que ame el peligro.

Todavía no hemos llegado a una conclusión. Estamos en conversaciones, porque son demasiados años de relación disfuncional. Lo que quiero es encargar unos mangos y unas laticas de atún en agua para que venga el muchacho de Werelivery. Él se me instala en la planta baja del edificio, me entrega la comprita y me hace una visita de cuatro horas. Horario relajado. Bien bello con su mascarilla y sus guantes, y los tres metros de distancia social. Y después se va. Lo confieso: se me está convirtiendo en alguien irresistible; tiene su encanto. Me puede gustar.

Escritora

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