No bastará con derrotar al chavismo, por Luis Ernesto Aparicio M.
A propósito de los constantes llamados que, dentro y fuera de Venezuela, se hacen para exigir el inicio de una transición política o incluso la convocatoria inmediata de nuevas elecciones, surge una pregunta que quizás pocos se están formulando con suficiente profundidad: ¿qué tipo de gobierno necesita la Venezuela que vendrá?
La respuesta podría parecer secundaria frente a la urgencia económica que dejó el chavismo tras más de dos décadas de deterioro institucional. Para muchos, la prioridad inmediata es recuperar la economía, estabilizar servicios y aliviar el drama social. Sin embargo, para que esa recuperación no sea apenas momentánea, hará falta algo más difícil de construir: una estabilidad política duradera. Y esa estabilidad dependerá, inevitablemente, de la capacidad de los venezolanos para elegir algo distinto a lo que está a la vista –por los momentos–.
Y cuando hablo de elegir, me refiero a las expectativas electorales para el venezolano común: al que hoy sobrevive dentro del país y también a quienes tuvieron que marcharse. Pero precisamente allí aparece una dificultad evidente: las opciones que hoy se perfilan no resultan necesariamente alentadoras.
Por un lado, permanece una versión del chavismo que intenta proyectarse como una etapa distinta, con una narrativa de aparente normalización y recuperación. Por otro, persisten sectores opositores atrapados entre el radicalismo permanente y pequeños archipiélagos políticos que continúan priorizando sus espacios particulares antes que una visión nacional compartida.
Desde esa perspectiva, el país podría volver a quedar atrapado entre la continuidad de una forma renovada del poder y una oposición fragmentada que todavía no termina de ofrecer una alternativa integral. Y en medio de ese escenario, continúa presente un viejo reflejo venezolano: la búsqueda de figuras que no prometan reconstruir, sino castigar.
Ese impulso no es nuevo. En buena parte de la historia política venezolana, una porción del electorado ha terminado inclinándose no por quien presenta la propuesta más sólida, sino por quien mejor encarna el descontento acumulado. Así ocurrió en 1998 con el ascenso de Hugo Chávez, cuando muchos vieron en él no un proyecto institucional, sino un instrumento de revancha contra un sistema agotado.
Frente a ese patrón, vale la pena volver sobre una idea política que durante años fue desarrollada con inteligencia en Europa: la tesis de la centralidad. La centralidad no significa ausencia de ideas ni renuncia a los principios. Significa comprender que los proyectos políticos con vocación de permanencia no suelen construirse desde los extremos, sino desde un espacio amplio capaz de convocar sensibilidades distintas sin convertir la política en una trinchera permanente.[cite: 1]
Muchos analistas consideran que Felipe González entendió esa lógica durante la consolidación democrática española. Su discurso no estuvo dirigido únicamente a un sector ideológico, sino al país entero. La transición no podía sostenerse sobre la confrontación eterna entre vencedores y vencidos, sino sobre una narrativa de modernización compartida.
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Eso es, en esencia, la centralidad: hablarle a toda una nación y no únicamente al propio sector. Desde allí, creo que Venezuela no necesita salir de un modelo de confrontación para entrar en otro. Superar al chavismo no consistirá únicamente en ganar unas eventuales elecciones, sino en demostrar que existe una forma distinta de ejercer la política: menos basada en la descalificación, menos sostenida en el culto personal y mucho más apoyada en instituciones capaces de sobrevivir incluso a quienes las dirigen. Porque una democracia verdadera no se construye alrededor de una sola voz, sino sobre la convivencia de muchas.
Después de tantos años de fracturas, el país podría necesitar precisamente eso: una propuesta capaz de reconocer diferencias sin convertirlas en enemistades irreconciliables. Una política que no vea al otro como un obstáculo moral ni como un adversario que deba ser anulado, sino como parte inevitable del país que habrá que reconstruir.
Porque después de tantos años de división, quizá la verdadera pregunta ya no sea solamente cómo salir del autoritarismo, sino cómo evitar que el país vuelva a caer en la tentación de los extremos que lo llevaron hasta aquí. Y tal vez allí, en esa centralidad tantas veces despreciada por parecer menos estridente, pueda comenzar a encontrarse una respuesta más seria para la Venezuela que todavía está por construirse.
Luis Ernesto Aparicio M. es periodista, exjefe de prensa de la MUD
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