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Mundial de Fútbol: «El gran negocio», por Jesús Elorza



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Mundial de Fútbol: "El gran negocio"
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Jesús Elorza | @jesuselorza | junio 10, 2026

X: @jesuselorza


En su ensayo, La civilización del espectáculo, Mario Vargas Llosa plantea una tesis demoledora: la cultura actual prioriza el entretenimiento sobre los valores intelectuales, transformando la política, la religión y el arte en meras formas de diversión superficial.

El fútbol profesional no escapa a esta metamorfosis. Lo que nació como una manifestación deportiva y social de arraigo popular ha sido devorado por una voraz maquinaria corporativa y mediática.

La reciente evolución del negocio de la FIFA –con sus ingresos proyectados de 11.000 millones de dólares para el ciclo actual y la expansión del Mundial a 48 selecciones y 104 partidos– es el reflejo exacto de esta mutación.

El deporte ya no se justifica por el juego en sí, sino por su capacidad para generar un show permanente que mantenga cautiva a la audiencia global.

Esta obsesión por maximizar el inventario comercial –más minutos de publicidad, más vallas, más productos bajo licencia– demuestra que en la civilización del espectáculo todo activo es vendible si garantiza entretenimiento.

Sin embargo, detrás de la brillante escenografía de las transmisiones en alta definición, las zonas de aficionados y el lujo corporativo de los paquetes de hospitalidad, se esconde una realidad mucho más sombría: una profunda degradación ética institucional que operó con impunidad durante décadas.

El terremoto judicial del «FIFA-Gate» en 2015 desnudó cómo la corrupción se convirtió en el mecanismo sistemático de gestión en todas las confederaciones regionales del planeta.

Desde Sudamérica con la Conmebol hasta el Caribe con la Concacaf, pasando por los feudos federativos de África, Asia y Oceanía, los derechos de transmisión televisiva y la asignación de las sedes mundialistas se convirtieron en mercancías al mejor postor.

Presidentes de federaciones y altos directivos vendían sus votos y adjudicaban contratos a cambio de sobornos millonarios ocultos en paraísos fiscales.

Dirigentes extravagantes utilizaron los fondos destinados al desarrollo del fútbol base para financiar estilos de vida suntuosos, mientras los países sedes asumían deudas públicas colosales construyendo estadios condenados a convertirse en «elefantes blancos».

Aquí es donde la investigación económica del fútbol conecta perfectamente con la crítica de Vargas Llosa. En una sociedad donde el valor supremo es la diversión, la estética desplaza por completo a la ética.

Mientras el balón ruede y el espectáculo sea lo suficientemente atractivo, los aficionados y los grandes patrocinadores tienden a apartar la mirada de las dinámicas criminales subyacentes.

*Lea también: El «engorde» de atletas, por Jesús Elorza

El escándalo de los sobornos, la malversación de fondos institucionales y la impunidad de los dirigentes fueron tolerados durante años porque la maquinaria del show no podía detenerse.

Aunque tras las intervenciones del Departamento de Justicia de los Estados Unidos la FIFA se vio obligada a implementar reformas estructurales –como auditorías estrictas a través de los programas FIFA Forward y la limitación de mandatos–, el fútbol profesional sigue bajo constante sospecha.

El modelo actual no ha renunciado a la espectacularidad; al contrario, la ha profundizado.

El negocio del Mundial de fútbol nos demuestra que, en el siglo XXI, la pasión de miles de millones de personas ha sido perfectamente canalizada para sostener un entramado donde la geopolítica y el marketing corporativo transforman cada gol en dividendos económicos, confirmando que, en el gran teatro del mundo, la ética siempre corre el riesgo de quedar fuera de juego si el espectáculo garantiza rentabilidad.

 

Jesús Elorza es portavoz de la realidad universitaria y profesor titular excluido por decreto del descaro
TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo.
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