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Mirar más adentro, por Fernando Rodríguez



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Fernando Rodríguez | noviembre 8, 2020

Mail: [email protected]


¿Recuerdan los tiempos menos infelices en los que hablábamos de política todo el día y éramos analistas y conocíamos datos muy ocultos y calculábamos con precisión de buen cazador el día en que los usurpadores se irían corriendo y Cabello le diría a Maduro, púyalo que el pescuezo no retoña? Es posible que hasta lo hayamos olvidado. Ahora casi nadie habla de política y si lo hacen es con el desgano con que parloteamos de la salud de la tía abuela Carlota, que ya llegó a los cien y quiere ir a votar, ella tan cristiana, por Rafael Caldera en las próximas parlamentarias.

Por ejemplo, hemos recibido tantos y tan bajos golpes que algo de trascendencia ha ocurrido. Han sido tan graves que la fiscal de la Corte Penal Internacional, la muy injuriada Fatou Bensouda, ha puesto en marcha su nutrida humanidad para dictaminar que hay serios indicios de que aquí se han cometido atropellos graves contra los derechos humanos, o sea, crímenes de lesa humanidad. Además, promete prontitud en sus gestiones. (Yo, por mi parte, si bien pienso que es un triunfo el demostrar una vez más ante el mundo la naturaleza perversa del régimen usurpador, me temo que estos asuntos, por lo poco que he leído, duran muchísimo tiempo. Los escuálidos resultados reales de un par de décadas de actividad de la Corte lo demuestran fehacientemente).

Pero, lo que quiero decir es que dudo mucho que demasiados venezolanos se hayan enterado del asunto que algo significa y al cual se le ha dedicado no poco esfuerzo y mucho menos entusiasmado por sus significados reales o simbólicos. La apatía y el desencanto son ciertamente muy grandes.

Nos ha hecho de todo el déspota, no solo políticamente, sino en nuestra vida de todos los días y nuestras necesidades más primarias. Nuestras respuestas son el silencio y la búsqueda de la sobrevivencia personal.

*Lea también: La peligrosidad revolucionaria, por Luis Alberto Buttó

Creo que vivimos en un mundo en el que la cultura liberal, individualista y consumista ha debilitado hasta los límites nuestro sentido colectivo, la presencia y la necesidad de la manada: somos animales políticos y en nuestro ser está ya la presencia del otro como parte integral suya.

Dicen los filósofos del más vario pelaje que esta hipérbole del individualismo hedonista no parece ser camino fértil para la humanidad. El papa Francisco acaba de decirlo en una encíclica: la salud y el bienestar colectivos privan moralmente sobre el individuo y sus intereses. Lo cual es lugar común para todos aquellos que guardan un mínimo de ese paradójico —a lo mejor desmesurado— “ama a tu prójimo como a ti mismo”. Esto es un fenómeno en el mundo que han adoptado el liberalismo y un individualismo consumista que, es probable, sea único en la historia, como dice Gilles Lipovetsky.

Si esto es así, —y debe serlo más todavía en un país que ha padecido mucho tiempo la enfermedad holandesa y la borrachera petrolera— se pueden comprender muchas cosas sin necesidad de inculpar, por ejemplo, al digno presidente interino y comprender sus límites y ser más benevolente con sus flagrantes errores. Es una mala costumbre apolítica hacer recaer todos los pecados del mundo en las faltas de los dirigentes y no por la abulia o la complicidad de los dirigidos, quienes, al fin y al cabo, son al menos teóricamente los dueños del poder, el soberano. Aunque claro que pecan los políticos.

Yo creo que una tarea urgente es comenzar a revisar esa imagen lírica y falsa de que éramos un país muy feliz que quién sabe por qué artero designio de los dioses cayó en manos de una banda de truhanes que se dedicó a derruirlo hasta los tuétanos con el fin de enriquecerse y liberar sus sádicos impulsos.

No éramos muy felices, teníamos en los noventa y tantos del siglo XX un 60% de pobreza (A. Baptista); elegimos libremente a un gorila y durante mucho tiempo fue reverenciado. Luego, hemos dejado que una crisis sin antecedentes nos arranque hasta el pellejo.

Algo malo nos sucede como país que nos postramos ante quienes nos han destrozado la vida y lo siguen haciendo cada día. Si tocamos esa fibra quizás comencemos a levantar la cabeza.

 

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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