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Mi arbolito es el grinch, por Reuben Morales



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Opinión TalCual | noviembre 29, 2018

@ReubenMoralesYa


Toca montar el arbolito. Es noviembre y ya se escucha en la casa: “¿Cuándo montamos el arbolito?”. “Este fin trabajo”, dice uno. “Yo quiero descansar”, dice otro. Entonces se escucha el grito de la jefa del hogar: “¡Si nadie puede, entonces no hay arbolito!”. Mágicamente, ahora todos pueden.

Toca buscar el arbolito. Siempre está guardado en un depósito, bajo un montón de maletas. Eso significa algo: mucho polvo. Por tanto uno se amarra un trapo húmedo a la cara para ir a sacarlo. Menos mal el arbolito está dentro de la vivienda. Si tocara buscarlo afuera, nos confundirían con un manifestante y acabaríamos presos.

Toca agarrar el arbolito. El depósito es un escenario de oscuridad, telarañas y polvo. No parece navidad, sino halloween. Apenas agarras el arbolito, éste se venga por tantos meses de claustro. Te pincha con una rama. Sin embargo lo sometes y te lo llevas. Al llegar a casa, estás tan sucio como si hubieses ido tú mismo a cortarlo en el bosque.

Toca sacar el arbolito de la caja. Uno de inocente se quita el trapo de la cara, como si ya pasó lo peor. Lo sacas y una estela de polvo invisible se esparce por toda la sala (y por nuestras fosas nasales). Si alguien presenciara la escena desde afuera, juraría ver una emotiva y sentida tradición familiar. Adentro todos estamos claros: moqueamos y lagrimeamos es de alergia.

Toca armar el arbolito. Éste nos lanza el primer regalito. Le faltan ramas y una pata de la base. Parece un arbolito digno de pedir la silla azul en el metro. Ante esto, los hombres de la casa siempre tenemos una gran solución basada en la ingeniería: “Si lo giras y lo recuestas de la pared, no se nota”. Pero sale la jefa de hogar: “¡Me encuentran la rama y la pata ya!”. Uno no es tonto. Uno las busca de inmediato. Uno prefiere un regaño único ese día a todo un diciembre escuchando que la navidad no es lo mismo porque el arbolito está choreto.

Toca buscar las piezas perdidas. Mágicamente aparecen dentro de un pliegue de la caja del arbolito que nadie quiso revisar por evitarse otro ataque de alergia. ¡Finalmente el arbolito está de pie!

Toca decorarlo. Todos nos ponemos a guindar los adornos, cual familia feliz de comercial de TV. De repente se escucha a la Decoradora de Interiores graduada summa cumme laude en Pinterest: “¡Distribuyan bien esos adornos, que se ve feo!”. Dos minutos después dice: “¡Ay, quítense! ¡Lo hago yo! ¡Para que las cosas salgan bien, tiene que hacerlas una!”. El arbolito queda femeninamente bello.

Toca montarle las luces. Al hacerlo, el arbolito se tambalea varias veces. Uno aprieta el esfínter para que no se caiga. Uno jura que cuanto más lo apriete, más se endereza el árbol. ¡Lo peor es que funciona! Luego enchufamos las luces y el arbolito se enciende, pero cual mapa de Venezuela: luz en una parte y apagón en otra.

Toca comprar un juego de luces. Déjele eso a la Decoradora de Interiores con PhD en Discovery Home and Health. La variedad de luces de arbolitos es tan grande como los tonos de maquillaje de un catálogo. Las hay led de colores, led blancas, led sin patrones, led con patrones, led sin patrones y musiquita, led con patrones y musiquita, de 3 metros, de 10 metros… El tiempo que tardas en escoger el juego de luces es el mismo que tardas en cazar luciérnagas, meterlas en frascos de compota y guindarlas en el arbolito. Afortunadamente, las luces llegan.

Toca vigilar el arbolito. Ahora debemos estar toda la navidad pendientes: que el gato no se encarame en el arbolito, que los niños no jueguen pelota cerca del arbolito, que nadie fume cerca del arbolito, que no dejes las luces prendidas toda la noche porque se queman… Una vez internalizadas estas normas, finalmente llegan las anheladas noches de paz… noches de amor… hasta que termina la navidad.

Toca guardar el arbolito. Él lo sabe y desde ya comienza a defenderse. Vas a guardarlo en la misma caja donde lo trajiste, pero no cabe. Ahora se repite la misma historia, pero a la inversa

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