Menos discurso y más atención al sistema educativo, por Stalin González
El pasado 15 de enero se conmemoró en Venezuela el Día del Maestro, una fecha que debería servir para honrar una de las profesiones más nobles y determinantes para el futuro de cualquier nación.
Sin embargo, la realidad del sector educativo convierte esta efeméride en un recordatorio doloroso del abandono sistemático al que han sido sometidos quienes tienen en sus manos la formación de nuestros niños y jóvenes. Hoy, ser maestro es casi un acto de sacrificio, sostenido más por vocación que por condiciones dignas.
La situación política es sumamente compleja, en especial después del 3 de enero. No obstante, no podemos dejar de lado uno de los sectores más golpeados por la crisis nacional. Un sector descuidado por décadas.
Los docentes venezolanos perciben salarios que rondan, en promedio, los dos dólares mensuales, una cifra que no cubre ni una mínima fracción de las necesidades básicas. En ocasiones, no cubre ni el pasaje del transporte para ir y venir del trabajo.
A esto se suma la pérdida progresiva de beneficios laborales: desde 2018 ya no cuentan con un seguro médico funcional, las prestaciones sociales son irrisorias y el Ipasme, que debería ser un pilar de protección, ofrece una atención limitada, precaria y muchas veces inexistente.
El mensaje es claro: se les exige compromiso absoluto mientras se les niega cualquier forma de protección social. Las condiciones materiales en las que se imparte la educación agravan aún más el panorama.
Las escuelas carecen de insumos básicos, los planteles presentan deterioro estructural y los docentes trabajan «con las uñas», improvisando materiales y asumiendo gastos de su propio bolsillo. Ante un salario que no alcanza para sobrevivir, muchos maestros se ven obligados a buscar otros empleos o, en el peor de los casos, abandonar por completo la docencia.
Esto no solo afecta a los educadores, sino que debilita profundamente la continuidad y la calidad del proceso educativo. Las cifras son evidencia de esta tendencia.
De acuerdo a Fundaredes, en 2024 se experimentó un alza en la deserción docente, que alcanza el 72%, una disminución del 46% en la matrícula escolar, mientras el 52% de las escuelas presentan condiciones físicas deterioradas.
Lejos de aliviar esta situación, las decisiones administrativas recientes parecen profundizarla. El calendario académico de este año contempla actividades escolares durante los primeros días de Semana Santa, lo que implica una nueva pérdida de beneficios y de tiempo de descanso.
Se exige más presencia, más horas y más responsabilidades, sin ningún tipo de compensación. Es una lógica perversa que implica más carga laboral y menos derechos. Este deterioro también se refleja en el contenido educativo.
Los pensum de estudio han sido simplificados al extremo, afectando gravemente la formación de los estudiantes. En el bachillerato, por ejemplo, materias fundamentales como Historia, Geografía y otras ciencias sociales han sido fusionadas en una sola asignatura.
Es como si fuera posible transmitir procesos históricos, pensamiento crítico y comprensión territorial en un espacio reducido y superficial. El resultado es una educación cada vez más pobre, que limita las capacidades de análisis y comprensión de nuestros jóvenes.
Al final, los más perjudicados son nuestros chamos y, con ellos, el futuro del país. No hay posibilidad real de reconstrucción nacional sin un sistema educativo sólido, sin maestros bien formados, bien remunerados y respetados.
Atender la crisis educativa no es un tema secundario ni postergable: es una urgencia nacional. Sin educación, sin una población preparada y crítica, no hay desarrollo posible, no hay democracia sostenible y no hay futuro para Venezuela.
*Lea también: El arquitecto de lo invisible: el maestro, por Rafael A. Sanabria M.
Atender la crisis nacional pasa también por formar a nuestros jóvenes y por darle una compensación justa a los docentes, no podemos seguir ignorando esta problemática porque el precio a pagar será muy alto para todos.
Stalin González es político, abogado y dirigente nacional del partido Un Nuevo Tiempo
TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo.





