Llegando a la casa de los abuelos, por Marcial Fonseca
Agradecido a Joel Pérez por la información suministrada.
El padre, acompañado de su hijo menor, tomó la Pedro León Torres para ir a visitar a los viejos. Al pasar por el Obelisco, aceleró porque la vía estaba despejada, llegando a Pate’e palo se consiguieron con la acostumbrada congestión producida por los autobuses de la línea duaqueña recogiendo sus pasajeros; pero en minutos cogieron la carretera Barquisimeto Duaca.
–Hijo, estamos llegando al polígono de tiro
El muchacho, sin saber de qué le hablaban, miró hacia donde le indicaban, vio dos soldados y regresó su atención a la carretera. Inmediatamente divisaron a Cementos Vencemos, y el progenitor explicó que ahí hacían lo que se necesitaba para construir una vivienda; el hijo se limitó a ver las torres y la pesada actividad de volteos, y luego se dedicó a jugar con su Nintendo.
Pasado veinticinco minutos, preguntó:
–Papá, ¿ya vamos llegando?
–No, apenas hemos andado media hora.
El carajito no entendió. A la altura de Pampero se consiguieron con un choque en la vía. Tuvieron suerte, les ocasionó apenas un retraso de unos cuarenta minutos. En Tamaca tuvo la tentación de meterse en el pueblo para comerse la especialidad del lugar, empanadas de conejo; pero recordó que como era Semana Santa, su madre tendría la exquisitez de la casa en esos días: chigüire esmechado, plato obligado cuando el pescado escaseaba o se encarecía.
Llegó a la Cuesta de la Vieja, y aquí decidió detenerse, dejaría la comida casera de su vieja para la cena, no podía perderse esas arepas con chicharrones; y seguro que las habría en las dos versiones: con el cochino frito rellenando las arepas o mezclado directamente con la masa; y esta no podía ser de la precocida, eso le quitaba el sabor tradicional. Se comió dos arepas con su consabida cola Márbel. El vástago no tuvo apetito; ya satisfecho el padre, pidió media docena para llevar, tres rellenas y tres mezcladas.
Continuó su camino; cerca de la escuela del Consejo Venezolano del Niño, el hijo, ya fastidiado de su juguete y del paisaje, se puso a jugar con su Nintendo y se olvidó del viaje.
Pasaron El Eneal, luego Rey Dormido, que es la entrada del pueblo y que consta de dos carreras, la cuatro y la cinco; y una calle, la seis, perpendicular a las dos primeras. La segunda, que era la de la casa de sus padres, la habían cerrado porque la estaban adornando para el día de San Juan Bautista, patrono del pueblo, y tomó un desvío por la carrera cuatro. El niño, entretenido con su juguete, no se percató del cambio de rumbo.
*Aficiones de campo, por Marcial Fonseca
El padre le avisó:
–Hijo, ya estamos llegando, recoja sus corotos.
El niño se sienta rápidamente y al no reconocer nada de la calle en que andaban, exclamó:
–¡Ah carajo!, papá, nos perdimos.
Marcial Fonseca es ingeniero y escritor
TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo





